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TRIBUNA

Sí es sí, pero menos

Juan José Vijuesca
miércoles 23 de noviembre de 2022, 19:33h

Cuando la ignorancia se empareja con la soberbia, la grosería pretende abrirse paso en el mundo de la cordura. Difícil empresa porque el conocimiento no se asocia con la incultura salvo para intentar educar a quien no sabe. Agotadas las opciones sin obtener éxito es cuando la enseñanza se pliega a los designios de lo incierto.

Digo esto porque para ser ministro o ministra en un país desarrollado como el nuestro, tan lleno de historia, sabiduría y culturas varias es cuando se requiere poner en valor el nivel profesional demostrando estar capacitado para ejercer cargos públicos de responsabilidad. El pueblo, que es soberano, tiene derecho a exigir ser gobernado por quienes avalan en sensatez, experiencia, educación y máximo conocimiento. El ejercicio de la política de altura no es algo cómodo, de ahí que ser estadista requiera tener una formación intelectual de lo más excelsa, además de ser maestros en esgrima internacional. Por si esto fuera poco, también se requiere rodearse de los mejores de cada casa.

Y ahora vienen los modales. Cosa, que como decía al principio, la soberbia da paso a la grosería y es cuando se destapa el nivel de ignorancia de las personas; así pues, en la mesura está el secreto y aquellos o aquellas que pretendan legislar desde su incompetencia lo único que consiguen es ahondar aún más en su propia ineptitud; de manera que quienes carezcan de las virtudes necesarias para ejercer cargos públicos deberían dedicarse a otras artes u oficios por simple higiene social.

Por consiguiente, nadie tiene el derecho de arrogarse de un poder tratando de establecer consignas encaminadas a cambiarlo todo por ser ministra experta en deshacer lo que a ella ni le gusta ni le interesa o que simplemente se aparte de su propia ideología. Los derechos de la mujer son siempre insuficientes y en ello estamos los que tamizamos la ordinariez y defendemos la sensatez de los tiempos. La finalidad legislativa perseguida con tanto ahínco por la señora ministra de Igualdad y su séquito ante la controvertida ley del “solo si es si”, ha resultado ser una “chapuza” para la práctica del ordenamiento jurídico. El nefasto resultado ha provocado que los magistrados estén reduciendo las condenas de algunos violadores y agresores sexuales, y lo peor, una vez abierta la caja de los truenos la ministra causante y autora del desastre tilda a los propios jueces y juezas de ser machistas o fachas con toga, mientras ella escurre el bulto (con perdón). La humillación creada a las víctimas de violencia machista, por cierto nada exenta de los nuevos miedos e inseguridades por sabedoras de que sus verdugos vuelven a la calle antes de tiempo, se antojan de una gravedad extrema.

La educación, como pieza fundamental de las relaciones humanas, lleva consigo el ponerla en práctica. No solo sirve serlo, sino también parecerlo. Y es ahí en donde la exigencia de los buenos modales te hace crecer frente a los demás. Da lo mismo ser ministra de Igualdad que domador de crustáceos, lo que impera es ser persona capaz de discernir el buen juicio de lo mero irrazonable y ponerlo como ejemplo sin necesidad de utilizar extraños modismos de patio de colegio. Un fallo garrafal puede tener doble lectura: una, que se sepa enmendar con humildad cuando alguien más lúcido y preparado te advierte del error. Otra, que el ego y la ignorancia son siempre candidatos al desastre.

Atentar contra el Estado de Derecho echándole las culpas al Poder Judicial define a la claras en manos de quienes estamos. Las líneas rojas de la democracia no están para saquearlas a capricho de cualquier diosecillo de fácil garla. ¿Y ahora qué? Nos preguntamos los que engarzamos años de experiencia sabedores de que la mujer no es un invento del Ministerio de Igualdad, sino más bien una certeza, una solidez de la naturaleza. Se podrán mejorar los derechos de la mujer, faltaría más, y un servidor se pone a la cabeza para conseguirlo, ahora bien, lejos de vacuos radicalismos porque pretender a estas alturas reinventar en España el feminismo y la democracia constitucional, se me antoja infructuosa tarea. No por imposible, sino porque la mujer española, la que no precisa del taimado neolenguaje para sentirse dueña de su propio género, se basta y se sobra para saber que la inmensa mayoría de hombres y mujeres de este país estamos educados en el mejor contexto de igualdad y de respeto.

Así pues, bienvenida sea aquello que sirva para mejorar convivencias; pero no, esta ley no es de facto propiedad de Irene Montero, sobre todo porque ahora todo el gobierno se atribuye su paternidad cuando hace unos días negaban lo contrario, y no me extraña que así sea, pues desnaturalizar en estos momentos a la principal responsable del descalabro podría fagocitarse a Pedro Sánchez y poner a la Moncloa en venta. Así pues, entre todos la mataron y entre todos lograron el haber sacado a la calle a unos cuantos violadores para mayor desgracia de las víctimas y de la sociedad en general.

En fin, curioso que para la ocasión las afectadas sean las propias mujeres a las que decían proteger y hablaban de que cada víctima importaba ¿se acuerdan? Y es que el poder es un ser vivo que se alimenta de las flaquezas humanas.

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