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TRIBUNA

Quasi una fantasia

lunes 28 de noviembre de 2022, 19:25h

Para los que escriben y leen diarios, y rara vez lo primero va separado de lo segundo, es normal que se dé el punto de acudir al propio y confirmar, con las cejas un poco arqueadas, que al querido diario todo le ha sido dicho ya.

No tiene que ser una constatación que requiera hincar la rodilla en tierra y haga abandonar empeños, sino lo contrario: la seguridad y calma que otorga el saber que no se ha de ser original. Al margen de lo que algunos puristas reclamen desde su vigilancia y aplicación de las normas sobre cómo debe llevarse un diario, el género se hace con el carácter de la persona y la vida que lleve. Cuanto mejor sea la atención prestada a las vivencias, más auténtico y sentido será el texto que las recoja. Es cierto que hay diarios más literarios y otros que funcionan por su tono de ingratitud bien sostenida. Son tan interesantes como atractivos, no cabe duda, pero los de Andrés Trapiello llevan escogida como preferente la senda cervantina, esa que gusta hablar de la gente sin juicios gruesos, retratando su característica, se incline por la admiración o la dureza.

Quasi una fantasia es el tomo número veintitrés del Salón de pasos perdidos. 2009 el año narrado en esta ocasión. Aunque uno no haya terminado el paseo por cada uno de los volúmenes, sí puedo decir que la naturaleza de este es realmente viajera. La profusión de giras promocionales, estancias, invitaciones a conferencias y demás requerimientos componen el grueso del libro, siendo esos capítulos, junto a los de anteriores entregas, los que revelan su maestría a la hora de recrear escenarios, trazar y caricaturizar personajes que son las habituales iniciales o nuevas o equis, u ofrecer atinadas y particulares opiniones de sujetos y temas diversos. Ya venía sucediendo, pero la voz de Trapiello ha cambiado, o quizá hayamos sido nosotros mientras le leíamos, estemos o no de acuerdo.

Otra diferencia está en la sensación de felicidad ―siempre objeto de menosprecio en la literatura― que recorre cada página, incluso en los fragmentos más predispuestos a la incurable melancolía de quien nos cuenta. La boda de R. y A. aglutina esa preocupación por la constancia que debe dejarse del suceso íntimo que tan altas cotas de alegría alcanza y en quien lo lee. Los correos que remueven cielo y tierra por unas pesquisas ornitológicas. Los bochornos protocolarios antes y después de las presentaciones y en festivales, los vodeviles que acaban siendo los pasajes de Córdoba y Granada, desternillantes. En la segunda estancia parisina del libro, a propósito de la melancolía sin fin que mencionaba, el ser testigo en los jardines de Luxemburgo de un anciano de porte militar y antiguo que cede sitio ante la colisión inminente con una joven, pues ve en ella su juventud: ‘Ese es el ímpetu que yo tuve, el paso que llevas fueron mis años, dejados hoy atrás. Un día te verás como yo me veo, ajena a los pensamientos de quienes, como tú hoy, pasen a tu lado. Mi juventud perdida va hoy contigo, tú la llevas tras de ti.’

Agradezco a Trapiello que trufe Quasi una fantasia de detalles sugestionantes que, pasados de largo, si no se permanece atento, deberían guardarse como esos pétalos cuyo destino es amarillear entre los libros con la gracia de quien aguarda para trastocarnos con su vuelta inesperada. El campo que se perfuma con la lluvia, y los líquenes y el musgo oliendo a leyenda medieval, ‘a bayas y a humo de leña.’ El cuidado de las lecturas elegidas para la mesilla de noche: si son buenas, quitarán el sueño. El librero de viejo testarudo que, aunque finge no acordarse nunca, tiene la deferencia de cambiar la música de su tienda ―Schubert por Mompou― en la última visita que le hace, sin comentarios, simplemente acompañando su beau geste con un asentimiento, sin salir del mostrador. Que el día ―y este diario― empiece cantando como los pájaros y la vida acabe igual, ‘sin que nadie lo advierta. Y no te aflijas: siempre habrá alguien que siga donde tú lo dejaste. Ese es el plan.’ Exacto. Que estos libros sean encontrados por otros. Que nosotros no dejemos de vagabundear por ellos.

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