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TRIBUNA

Pecan las personas; no los colectivos

José María Méndez
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axiologiatelefonicanet/9/9/20
martes 29 de noviembre de 2022, 19:44h

La persona tiene un destino eterno. Le espera un más allá, sea en el cielo o en el infierno. Por el contrario, los colectivos humanos, se quedan en este mundo. No tienen sentido en el más allá. Ni en el cielo ni en el infierno habrá griegos, romanos o bárbaros. Sólo habrá bienaventurados y condenados, es decir personas.

Cada persona humana es única en la historia universal. “No hay otro yo en el mundo”, dice D. Quijote. Y nuestro gran pensador repetía “nunca antes hubo un Miguel de Unamuno, ni lo volverá a haber”. En cambio, los colectivos humanos se repiten, si tienen los mismos fines y los mismos comportamientos.

La razón última de esta capital diferencia está en que sólo la persona humana es poseedora de la libertad positiva, la capacidad de crear el bien o el mal ”ex nihilo”. Por eso es responsable única del bien o el mal que haga. A ella, y sólo a ella, cabe imputar lo bueno o lo malo de su conducta.

Los juristas romanos atribuyeron personalidad jurídica a colectivos. Pero se trata de una “fictio iuris”, un truco para que la sociedad funcione. En último término la responsabilidad moral cae siempre sobre las personas concretas, las que tomaron las decisiones en nombre del colectivo en cuestión. Ninguna sociedad humana en cuanto tal hace el bien o el mal. Sólo las personas lo hacen.

Aún cabe profundizar más en esta cuestión. Sólo la persona recibe el don supremo del lenguaje, de los operadores lógicos. Con ellos adquiere la capacidad de pensar y de decidir libremente. Y en consecuencia el privilegio de escoger su destino eterno. Pecan las personas; no los colectivos humanos.

El reflejo religioso de todo lo anterior es obvio. Jesucristo murió en la Cruz para salvar personas; no para salvar colectivos humanos. Ofreció a cada persona, única en la historia, la posibilidad de salvarse pidiendo perdón sincero por el mal que pudo existir en su vida. No murió por grupo humano alguno; ni por los pobres ni por los ricos; ni por los altos ni por los bajos; ni por los oprimidos ni por los opresores; ni por los tontos ni por los listos. Murió por las personas humanas “nominatim”, por todas ellas y por cada una de ellas.

Con una redacción, que se presta al equívoco, dice San Pablo “Encerró Dios a todos en el pecado, para compadecerse de todos” (Rom. 11,32). Mejor sería poner la frase del revés. “Dios no excluyó a nadie del perdón divino”. Las dos frases dicen lo mismo. Pero la segunda tiene la ventaja de que no da pié a una mala interpretación.

La Iglesia ha estado siempre sometida a la tentación de olvidar esta elemental verdad. Cae en ella cuando oímos hablar sin más de la “la Iglesia de los marginados”, “la Iglesia de los explotados”, “la Iglesia de los humillados”, o incluso “la Iglesia de los enfermos” o “la Iglesia de los pobres”. Son expresiones habituales y que nos parecen inocuas. Y sin embargo ocultan una peligrosa trampa. Sugerir que Jesucristo vino a salvar a colectivos en vez de a personas.

La Iglesia nunca debiera presentarse a sí misma como dedicada sin más a algún colectivo humano en concreto. Se expone al gravísimo error de partida antes aludido. Si se insiste en “´la Iglesia de los pobres”, sin las necesarias aclaraciones, se está afirmando más o menos tácitamente que los ricos están excluidos. Sin embargo, Zaqueo es expresamente mencionado en los Evangelios como “rico”. Y mereció una atención preferente y extraordinaria por parte de Cristo (Lc, 19, 1-10).

Quizá alguien objete que Jesucristo dijo también “no he venido a salvar a los justos sino a los pecadores (Mt 9, 13). Pero eso no divide a la humanidad en dos grupos disjuntos. Pecadores somos todos, y el número de los justos que no necesitan convertirse es exactamente cero. La frase es exhortativa o retórica. No es afirmativa o apofántica.

Digamos lo mismo de otra manera, y con un lenguaje más apropiado a nuestros días. Yo no puedo juzgar una persona concreta por ser homosexual, sea invertido o lesbiana. Es una persona única en la historia. Como tal, sólo Jesucristo puede juzgarla. Más aún, ha adquirido el derecho a juzgarla Él en exclusiva, pues ha muerto por ella en la Cruz.

No obstante, de ahí no se deduce que yo no pueda juzgar al colectivo de los homosexuales, los invertidos o las lesbianas. Si me refiero al colectivo de los homosexuales, estoy juzgando a la homosexualidad como idea, como concepto, como constructo mental abstraído a partir de determinadas conductas. Por eso, tras afirmar, sin duda con toda razón, que yo no soy quien para juzgar a un homosexual concreto, estoy obligado a añadir, y con el mayor énfasis del que sea capaz, que la homosexualidad libremente querida es un gran pecado contra la naturaleza.

En la medida en que mi afirmación, y sobre todo mi silencio posterior, gocen socialmente de una cierta autoridad moral, yo estoy justificando en esa misma medida la gran perversión que es la homosexualidad libremente practicada. En estas situaciones el silencio es tan elocuente como las palabras. O incluso más elocuente. “Silencio clamoroso”, se suele decir. “Silencio culpable” para ser más exactos.

Ciertamente hay homosexuales de nacimiento. Pero eso es una anomalía puntual de la naturaleza, la excepción que confirma la regla. También hay ciegos de nacimiento. Pero a nadie se le ocurre justificar la ceguera como tal, como concepto o como colectivo. En cambio ahora se intenta justificar la homosexualidad como tal, como idea o como colectivo.

El lenguaje ordinario emplea la voz “sodomía” para denotar la homosexualidad libremente practicada. Se la ha calificado de “nefanda”, para denotar su especial perversión como ofensa a la Naturaleza en cuanto obra de Dios. En todo caso, si yo censuro la sodomía como concepto, nadie puede sentirse ofendido o insultado. No hablo de personas, sino de ideas. Si alguien se rasga las vestiduras, como si fuera un ataque a su persona, lo único que queda claro es su supina ignorancia de la lógica.

La “Iglesia de los homosexuales” parece estar substituyendo en nuestros días a la ”Iglesia de los pobres”, que propugnaba la ya algo aviejada Teología de la liberación. En ambos casos se olvida que la Iglesia fue fundada por Jesucristo para redimir a los pecadores como personas, para que puedan alcanzar la vida eterna. No es misión de la Iglesia salvar a esos colectivos concretos. Jesucristo no tomó las armas para liberar a los judíos del dominio de los romanos. Curó a algunos leprosos, pero no a todos. Más aún. Excluyó explícitamente a los pobres como colectivo. “Los pobres los tenéis siempre entre vosotros. A mí no siempre me tenéis” (Mt, 26, 11). O sea, enunció el ideal que captan los santos: “ver en la persona de cada pobre la persona de Cristo”.

Santa Juana Jugán, San Juan de Dios, y otros muchos ejemplos admirables por esta pureza de intenciones, fundaron institutos dedicados a ayudar a los pobres o a los enfermos. Pero eso lo hicieron recordando las palabras de Jesús “lo que hicisteis por estos pobres por Mí lo hicisteis” (Mt, 25, 40). Actuaron por motivos fundamentalmente religiosos. Porque veían a Jesucristo en los desgraciados, abandonados o marginados. Siempre pusieron el más allá por encima del más acá. Su acción exterior siempre fue la consecuencia de su oración interior.

Justo por eso, y de modo paradójico, estas instituciones fueron y siguen siendo en la práctica mucho más fructíferas y eficaces que las mejores ONGs. Ayudan de hecho a los pobres por motivos sobrenaturales mucho mejor de lo que puedan hacerlo los que se mueven por motivos sólo altruistas. Estos últimos son ciertamente dignos de elogio. Pero se sacrifican por los pobres porque son pobres. Y nada más que por eso. Su entrega, su eficacia y su desinterés son siempre inferiores a lo que vemos en los santos.

Dicho de otro modo. Los santos no buscaron la efectiva mejora social como el objetivo primario y principal. Más bien se trataba para ellos de una consecuencia secundaria. Sin embargo, la mejora social no buscada directamente siempre ha resultado ser en la práctica mucho más benéfica para los pobres o enfermos que la eficacia meramente humanitaria y carente de intenciones religiosas.

Si vamos al fondo último de ese asunto, las personas en este mundo están en “estado de prueba”. Deben escoger, con su libertad positiva, cuál ha de ser su destino eterno. Por tanto, en el supuesto de que la Iglesia consiguiese arreglar las injusticias de este mundo, habría enmendado el designio de Dios. La Redención sería innecesaria. La muerte de Cristo en la Cruz ya no tendría sentido. Ya los hombres habrían logrado ser felices en este mundo.

Pero esta felicidad es demasiado barata. Ya San Agustín se dio cuenta de que nuestro corazón está hecho para ver a Dios y no se contenta con menos. Así pues, en la medida en que la Iglesia se olvida del más allá, y se obsesiona con el más acá, en esa misma medida está traicionando la misión que recibió de Cristo.

Se atribuye a Romero Robledo la frase “esto no tiene arreglo, ni hay quién lo arregle, ni conviene que se arregle”. A primera vista parecen palabras cínicas. Pero, si se las aplica al “estado de prueba” antes aludido, no pueden ser más certeras.

Cuando la Iglesia quiere arreglar ante todo los problemas de este mundo, está de antemano condenada al fracaso. Su misión es llevar las personas al cielo, procurar que superen la “prueba”. Por eso, cuando substituye las personas por los colectivos humanos su frustración es total. Ni lleva las almas al cielo, ni arregla nada en este mundo.

Digamos lo mismo en forma positiva. Cuanto más la Iglesia busque ante todo y sobre todo llevar las almas al cielo, y más ponga en segundo plano contribuir al progreso de la humanidad, más consigue de hecho este último objetivo. Bien cerca tenemos el ejemplo del pontificado de San Juan Pablo II.

José María Méndez

Presidente de la Asociación Estudios de Axiología

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