“Dime de qué presumes y te diré de qué careces” reza un refrán en desuso, porque en desuso están todos en el habla degradada del presente. Esa máxima se me viene a las mientes cada vez que escucho a los “demócratas ante todo” que tanto menudean, pero que ya Ortega tuvo presentes en un artículo magistral de 1917 que hoy no encontraría editor. Es fácil aprender allí que la democracia puede resultar morbosa, que el peor de los totalitarismos es, precisamente, el totalitarismo democrático.
Es ésta una enseñanza clásica. Basta recordar la clasificación de los regímenes políticos por el número de los que mandan: Monarquía si manda uno, aristocracia sin mandan algunos, democracia sin mandan todos. Todos ellos regímenes estimables cuando el gobierno se orienta a la defensa y promoción del bien común, pero que degeneran cuando el gobernante decide en favor del bien particular. Así la monarquía se corrompe en tiranía, la aristocracia en oligarquía y la democracia en oclocracia o demagogia. Esa degeneración es el efecto de la conversión del pueblo en populacho: cuando mandan todos, pero ya no en nombre del bien común, sino cada uno en defensa de su bien particular o privado.
Juzguen si esa descomposición que conduce de la democracia a la demagogia tendrá o no lugar entre nosotros. Se reconoce habitualmente que vivimos en sociedades de individuos egolátricos, que se conciben escindidos entre un interior sustancial – en el que habita el autócrata diminuto que nos define a cada uno – y un mundo exterior – en el que se encuentran los otros, asimismo encerrados en su ciudadela interior –. Esa comprensión dividida del individuo (yo interior-mundo exterior) es solidaria de una sociedad concebida como agregado de sujetos no sólo distanciados unos de otros, sino radicalmente aislados tras la muralla de su conciencia incomunicable. Me gusta recordar que Dostoievski caracteriza la modernidad como la “era del aislamiento mutuo”. En esas condiciones: ¿qué puede quedar de la idea del bien común? ¿Qué puede quedar del bien común en estas sociedades de individuos divididos y solos?
Hoy la libertad se confunde con la satisfacción de nuestras propias preferencias, con el ejercicio de una libre elección emanada de un yo que se quiere sustantivo y replicada por innumerables pero minúsculos egos, asombrosamente homogéneos. Nuestra libre elección resulta, en efecto, simple eco de una consigna procedente de un gran hermano ubicuo e invisible. El Estado-Mercado microfísico, capilar y disperso ha alcanzado una maestría completa en el dominio de masas incalculables de conciencias serviles, dotándolas a la vez de un fatuo orgullo de su libertad. En la nueva potencia de dominación ejercen un papel fundamental las nuevas tecnologías de gestión de cantidades ingentes de datos registrados por las nuevas Smart Things – un título que es marca registrada de Samsung –. Shoshana Zuboff lo llamó Capitalismo de la vigilancia; sin duda sería más polémico, pero quizás más preciso, hablar de Democracia Total.
Un experto en los totalitarismos de otro tiempo enseñaba que la degradación del lenguaje, al que aludía al principio de estas líneas, es un síntoma inequívoco. La palabra – decía Jünger – es desplazada por las cifras, entre nosotros es desplazada por el tratamiento de esas magnitudes asombrosas que gestionan las tecnologías inteligentes. El lenguaje se vuelve “incapaz de poesía, ineficaz para la oración. Los placeres groseros sustituyen a los del espíritu”. Hoy, como en otro tiempo, pero a una escala quizás inédita, se tiene la impresión durante la conversación de que ya no responde la persona, sino la muchedumbre. Hablar realmente se ha convertido en un auténtico peligro y la comunicación – que es el fundamento de cualquier idea del bien común – está siendo sustituida por su contrafigura: la telecomunicación. “No es sólo cuestión de gusto. Hay una satisfacción colectiva, un júbilo, que anuncia un peligro inmediato. Los buenos espíritus abandonan la casa. En el circo se cubrían con un velo las estatuas de los dioses antes de que comenzara a correr la sangre”.
En estas condiciones intentar una efectiva comunicación resulta verdaderamente arriesgado, porque impugna la densa atmósfera de unanimidad satisfecha. La pérdida de la capacidad de atención y de lectura sosegada es un aspecto del mismo proceso. Al fin y al cabo, la lectura nos permite no ser simplemente modernos: “el primer uso de la buena literatura es evitar que el hombre se limite a ser moderno” (G. K. Chesterton).
No tengo la menor duda de que Jünger sabía bien de qué hablaba y yo ya he dicho demasiado. Quizás sea lo más prudente guardar silencio.