El ruido dominical del destartalado Insurgentes-Bellas Artes era monótono e interminable. Se trataba de cruzar la ciudad –de los llanos de Nonoalco a los pedregales de Cuicuilco--, y la aventura infantil no era la travesía sino la desobediencia.
Clarito me lo habían dicho, no vas. Pero yo fui. ¿Y qué?
La rebeldía de los diez años era el peldaño de la pubertad.
Mi amigo ni siquiera avisó ni solicitó autorización. Simplemente nos subimos al camión y nos fuimos al profundo sur de la Ciudad Universitaria.
Y allá llegamos, y vimos de pronto la espléndida silueta del estadio con sus suaves curvas en sugerencia de alado sombrero tirado sobre el pedregal , porque dicen, lo cual me parece extraño y falso, y por desgracia nunca se lo pude preguntar al arquitecto Pérez Palacios, ni mucho menos a Frank Lloyd Wright quien calificó en tonos superlativos esta arquitectura adornada con los “monotes “ de Diego, si era cierto lo del sombrero, pero eso no importaba entonces, porque el ámbito era un párvulo asombro por dentro y por fuera, porque algo tienen los tendidos de las plazas de toros o los parques de beisbol o coliseos diversos, porque en su viento abierto, en su cielo exacto, se transmite una sensación de libertad plena, a diferencia de las catedrales llenas de reverencias y misterio; aquí todo era grito y bullicio, y en el estadio el juego no solo se ve, también se oye y uno sabe a veces --solamente por el sonido del patadón--, si la bola va a viajar a su destino o si se trata de un fallido golpe de calcetín, un calcetinazo pues, y el sonido perfecto de la bota en el cuero (porque en ese tiempo macho los balones eran de cuero, como los zapatos y los tachones; no como ahora) y el ruido de la gradería, y los gritos y los silbidos, y ahí estábamos los dos escuincles, huéspedes de la emoción del estadio, no tanto la del juego, porque si me preguntan quién jugaba no tendría el menor recuerdo, pero la vivencia del estadio, esa no se olvida, esa va con uno la vida entera y cuando aquello se acabó, atendí la más poética de las soledades, porque no hay nada más triste en el mundo como un juego terminado y un graderío solitario donde el viento juega con los papeles y las basuras y en cuyas andanadas ya nada más se sientan los ecos de aquel grito, de aquella tarde sin permiso, de aquel asombro perdurable.
Desde entonces uno debe vivir con esa magia. No importa si apenas la columbra desde el televisor. No importa. El estadio vivo sale a veces de la pantalla y las voces ahora amigas de algunos cronistas nos acompañan como si fueran pregoneros de una desgracia previsibles, porque ser mexicano y aficionado al futbol son acompañamientos perdurables e inagotables de la desventura, la desesperanza, y eso me ha quedado claro muchos años después{es de mi primer enamoramiento con la cancha, después de mis tiempos de convivir en la redacción con Manuel Seyde e imaginar cómo de su máquina y sus cuartillas, brotaban en realidad, espantados por las teclas, los pobrecitos ratones verdes, incapaces de lograr algo importante en aquello llamado también por Seyde, la fiesta del alarido.
Hoy, la patria se duele por el fracaso de un equipo cuya derrota no es una casualidad; es un eslabón. Llevamos fracasando años y años. No hay novedad en la derrota. ¿Por qué deberíamos tener un equipo maravilloso si en todo lo demás tampoco sabemos de la maravilla?
Vivimos en el mundo fantástico donde hay méritos imaginarios. Por ejemplo, “La tota” Carbajal, cinco copas, el mejor portero del mundo, según decían sin reparar en la evidencia: pobre hombre, en 11 partidos durante 20 años, nada más le metieron 26 goles, pero eso no importa, los mexicanos inventamos la TV a colores y el guacamole de aguacates aporreados, sea verdad o sea mentira.
El humanismo mexicano –dice nuestro filosófico presidente--, se asienta en el valor de nuestra cultura milenaria cuando hace mil años aquí no había nada; ni siquiera antropófagos rituales, ni españoles esclavistas, aventureros en la América conquistada.
Pura masquiña, diría Seyde.