El joven poeta, columnista de EL IMPARCIAL, publica su poemario secreto: Las horas grises (La Veleta). Recoge el agua entre los dedos de los poetas triestinos, fundadores de la extinta editorial Trieste y toda la hoguera azul de afines: Andrés Trapiello, Juan Manuel Bonet, Ángel Rupérez, Miguel Sánchez-Ostiz, Ramón Gaya etc. El poeta es un paisajista: fotografía de época en cada poema, camafeo lujoso, sabrosa pieza numismática y ese mundo lujoso, el de la bella melancolía o saudade portuguesa, unida y trenzada a una bola de jirones barojianos por el suelo, flecos bajo el viento, frufrú otoñal, calles mojadas, tiendas oscuras, luz encendida.
La revolución, en la pluma de Luis Bravo, vuelve a ser el clasicismo bien entendido, la estrofa bien embridada, los versos bien contados, la vida buena. Es un John Keats madrileño al que los tirantes y monóculos quedan dabuti para visitar el Rastro, mirar y no comer los caracoles por Cascorro, llevarse todo el mundo de las tacitas chinas de café para casa en un pestañeo. Su mundo lujoso, misterioso, nacido del abrazo entre las orquídeas disímiles, no es calderilla ni baratura. Conoce a los clásicos, pasea entre las anémonas, y el verso contado ni es hermético ni presente, algo así como eterno, porque solo en esta época cutre el esteticismo puede venir de muy adentro, sin doblar cerviz ni rodilla.
Sus poemas son acuarelas, aguafuertes, fotos con la esquina muy quemada donde sonríen Vladimir Holan, Béla Bartók, Josef Sudek, T. S. Eliot y su inseparable amiga Candela de las Heras. Todos los poemas (Gabarras en el río, Janelas, Fuente de Vallejo Becerril, Bodegón con granadas) andan entre el susurro y un viento frío muy dulce, como vino viejo y algo dorado, madera antigua, caoba donde los agujeritos esconden muchas sorpresas. Poesía de “old boy”, entusiasta contemplador, poesía de la contemplación, donde un tajo de tiempo parte la belleza en dos junto a la oportuna autopsia y elegía. Otoñada grave con visos alucinatorios. La galerna trae el sueño creador de María Zambrano, pipa apagada, ojos de gato, también otros tirantes para ir del salón al baño.
Los poemas breves –comienzo y final en Keats- tienen pellizcos con uñas rotas de Nick Drake o ese sermón, no menos plástico, titulado Juan Gallego Benot termina Oración en el huerto. Bravo Velasco es de la compañía de los solitarios, uno más del paseo de los pasos perdidos, sí, pero también partidario de la belleza y la felicidad entre tanto poeta paleto hoy. Juega a la paradoja o al humor fino en poemas como No amaré con inicial cascada de agua revoltosa a cargo de Evelyn Waugh: “Qué agradable es estar en la sombra hablando de amor”. El tempo, la poesía bien medida, es el marco del cuadro donde los colores entre nenúfares insomnes, frutas podridas y memoria suelta compiten por su brillo exacto dentro de la palabra: “Un jardín es verborrea”.
¿Por qué el grupo Trieste no tuvo seguidores y los ya militantes se contaban con los dedos de una mano? Falta, escasez y hambruna de refinamiento. Eran poetas contaminados por los pintores, eran realistas decadentes (el propio Bravo Velasco en La tarde bermeja o Los chopos) y lo contrario de modernos, obreros del pincel y de la pluma, sin tiempo para el botellón de la risotada o cualquier otro salvajismo. La nieve es medieval, sí, Ramón Gaya dixit y lo recoge Bravo en Hielo del estanque. Poetas del Renacimiento, no barrocos, para quien el adorno es siempre lo que sobra, todos lo dijeron, en la obsesión cervantina eterna, tantas veces terca y ciega, porque eso de mear a orillas de un océano con mucho ruido, a la manera de Quevedo, es otro prodigio.
Luis Bravo Velasco es joyero de la letra, miniaturista de su oro propio, Fotografía de Josef Sudek, entre palomas negras y adioses cortados por la copa del veneno todavía brillante sobre los labios entreabiertos. Colecciona escarcha, voces apagadas, pañolerías y freidurías con algunos charcos, lluvias extranjeras, todas las venas abiertas de los árboles castaños. Las horas grises es un poemario suculento, homenaje a una tradición específica de la que proviene y prospectiva, viaje hacia delante, con la alondra de Schelley muy quieta y sonriente sobre el hombro. Gavilla de rosas blancas, felicidad a chorros, porque la ironía es siempre el lazo del regalo, tanto en Bravo como en Trapiello, tanto en las barbas viejas de Gaya como en esos ojitos de ornitorrinco a la merienda con la china al lado del oso bueno y paternal de Juan Manuel Bonet, anónimo en el espejo.
Luis Bravo Velasco es el último esteta madrileño. Agua de la razón, río incansable de la razón, y todo ese sentimiento razonado, a la manera unamuniana, lentejas o botones fríos sobre la mano abierta pero toda una fortuna. Su canción triste es compañía del ruiseñor pero también de las aceras abarrotadas. Su lenguaje viejo es nuevo debido al trabajo mismo sobre el bronce. La belleza entera y los mordiscos lentos de la carcoma, incansables e intrépidos. Las horas grises, las horas bravas, las horas todas de un poeta fuera del tiempo, coleccionista de crepúsculos y flores azules, en un libro vivo inolvidable.