De poco o nada sirve abrir las puertas del Congreso de los Diputados haciendo valer al pueblo que en su interior se guardan las pertenencias más valiosas en lo que a derechos sociales y económicos se refiere; y sin embargo, ni Meritxell Batet como ama de llaves del palacio nos ilumina en su bienvenida, ni tampoco el refulgir de la historia que allí dentro se concita consigue de los visitantes otra cosa que intuir la presencia de las psicofonías que anidan en un hemiciclo cargado de energía negativa.
Cuando se entra en el hemiciclo se aparenta estar en medio de un avistamiento OVNI. Raro es el visitante que no otorgue curiosidad a los impactos de bala de aquél famoso 23F que tanto interés mantiene a pesar de las más de cuatro décadas transcurridas. Un duro ejercicio de la cerviz obliga a los presentes a intentar localizar las marcas de los balazos. ¡Cuarenta! ¡Treinta y cinco! ¡Yo no veo más que dos o tres! Y es que por mucho que se esfuercen nunca sale el número exacto. Curioso, pero a día de hoy es un dato que todavía se desconoce, como muchas otras cuestiones que rodearon a este fallido golpe de Estado. Así y todo, la atracción por los agujeros es notoria. Lo cierto es que el responsable contador de impactos no debió tenerlo fácil porque aquello fue una balacera en toda regla. Es más, el inventario de los orificios nunca cuadra porque el paso del tiempo, la falta de documentos y las reformas acometidas impiden conocer cuántas balas se dispararon aquél día.
Y una vez vista la parte más afable del palacio, la visita descansa en la parte menos piadosa. Comprendo que ver agujeros en techo y paredes no es ni parecido a contemplar el vuelo del botafumeiro de la Catedral de Santiago de Compostela, pero a falta de incensario bueno está impregnarse de las calumnias y estupideces que sus señorías esbozan en el hemiciclo de marras. De manera que, vista la colección privada de orificios lo siguiente en admiración radica en sentarse en los escaños de nuestros asalariados. Cómodos si son, unos más que otros en función del escalafón, pero no vayan a creer que por el hecho de recostar posaderas en el sitial le vaya a cambiar la vida a nadie en este país. La transmutación no está incluida en la visita por mucho que se acaricie la piel del escaño.
El hemiciclo no es más que un corral de comedias, y de un tiempo a esta parte, una platea en donde se representan chocarreras obras de autores de poco pelaje y nula sesera. Una especie de totum revolutum en donde hasta el más tonto hace un reloj. Allí aplauden los sediciosos, los vendidos, los bufones, los aduladores, los excitados en burlas, los que se atormentan entre sí, incluso los que otrora eran condenados y hoy imparten justicia. De esta guisa es el plantel de figurantes que hoy ocupan sitiales de afanes mientras otros, por pusilánimes se dedican al menudeo y a no mucho descuidar serán marcados para ir al infierno por su mojigatería. Pocos se salvan del elenco, pero son los menos. Suelen ser los de la claque de toda la vida.
Los ejemplos en política son la más clara exposición de lo que ahora acontece; por eso el volumen de idiocia que esgrimen sus señorías parlamentarias nos obliga a no ser ejemplo de nada. Según los cronistas de las jornadas de puertas abiertas del Congreso, por aquello del Día de la Constitución, hablan de que nadie ha tomado asiento en el escaño del Presidente del Gobierno. Frustrante de ser realidad, pero nada chocante, pues imitar a don Pedro no entra en cabal proceder de nadie en su sano juicio. No le arriendo las ganancias a quien por hacerse un selfie pretenda remedar al susodicho, pues la imitación puede también llegar a ser una clara amenaza para la supervivencia humana del usurpador. Los poderes actuales no se guardan en composturas ni en rodeos, por eso la imitación está penada cuando nalgas ajenas se fijan sobre la silla curul del insigne.
De ahí parten la mayoría de nuestros intereses. Bien pagadas son sus señorías para entroncar vergüenzas que en nada beneficia al pueblo. Y así, en el atrevimiento a definir lo que no puede definirse, a calificar lo incalificable, se avanza en la manera de cargarse la Constitución Española, la misma que por efemérides se festeja con el boato y la pompa por los mismos que la rompen, la destrozan y la desprecian. Eso sí, se abren las puertas del Congreso para solaz recreo de quienes acuden inquietos a ver agujeros y tocar la piel del carnero que recubre la falacia y la mentira, mientras la democracia, madre de los requiebros ve como se aleja la libertad y el entendimiento. España ha caído en desgracia y ello se festeja abriendo las puertas del improperio.
“¡Oh, democracia!, cual sierva te rindes al poder mientras el pueblo pierde su papel/ ¡Oh, democracia!, cuan vana es tu libertad, ahora cautiva de gobiernos que arrojan lava en tu nombre/ ¡Oh, democracia!, tu libertad reparte dones al pesebre de quienes más tienen/ ¡Oh, democracia!, esta es la hora de los débiles corderos, antes de ser llevados al matadero”.