Ha visto en el espejo la ausencia de juventud. Se ha percatado de la vejez. Es lo mismo desde uno y otro lado de la superficie reflectante, pero en ambos se percibe esa repulsa. Es una edad que abaja y engulle por entero, se dice. Perfila sus ojeras que no vienen del mal sueño, porque ese mal sueño es en el que se ha convertido la existencia, que en otro tiempo fue excelente.
Las limitaciones que esa suma de años trae son implacables, así que toca retroceder a las eternidades de piscina y jóvenes virilidades. Fuera del tiempo, los ‘recuerdos de jazmín, silentes lluvias, sí,/ veranos idos.’
Luis Antonio de Villena es el poeta más obcecado en la búsqueda de la Belleza, así, con mayúscula, como él vendría a puntualizar, porque no es una cualquiera, sino la que más sensación de arrastre provoca en quien la encuentra y de ella se prenda, abandonando toda consideración mundana y ateniéndose a que pasará, a que uno quedará después en su sitio, no sabemos si mejorado o cargando con su propia decepción. En su último libro, Lujurias y apocalipsis, da cuenta de lo que dejan en nosotros esas divinidades, esos sublimes amores impuros, y los mortales y si... de anteriores oportunidades que pudimos haber aceptado, pero no eran más que riesgos, tan atrayentes como afilados, aunque ahora lo único que corte sea la nostalgia desde la que miramos hacia atrás.
No resulta difícil descubrir otros Luises Antonios en los poemas, más elaborados por la literatura o fieles a su original. Él se encuentra cómodo en el dandi alejandrino con bata de peonías, hablando de las noches pecadoras y felices de los antros que se disuelven en copas de champán, dosis de cocaína y belleza de los muchachos. ‘Canciones pálidas. Dandi perfumado./ No, no sé más. La vida de placer fulge y se eclipsa.’ También en la confesión amistosa con una creación de su libro Celebración del libertino, de 1998: en el gabinete de Tadeus Aludra, hablando de notarse ese miedo a la senectud. Finalmente, el poeta mismo, volviendo a las imágenes felices con su madre, rememorando a su tío, acudiendo sin descanso a los cuerpos y las esperanzas que proveen la vida de sones suaves, resistiendo y preguntándose cuánto durará.
En sus libros recientes ha cobrado protagonismo el monólogo dramático. Los poemas no son suficientes como emoción que deba atraparse, o recuperarse del pasado remoto, sino que necesitan ese refuerzo teatral que los haga más hímnicos o tremendos. Se saluda al mundo o se le niega el gesto. Los olvidos y descuidos a los que nos tiene sometidos exigen una reivindicación que inflame nuestro paso que carece siempre de horas que abarquen todo el deseo del que somos posibles. Desdeñar la vida tiene algo de frivolidad, sí, pero esa postura escénica se lleva a cabo porque se desconoce de dónde vienen tanto dolor y desdicha.
Somos ceniza en vientos salvajes. Comidos de melancolía, deudas e incertidumbre. Pero lo suyo no es quejarse. ¿A quién engañaría? A pesar de emprender la huida de la barbarie y el populacho, refugiado en ocultos palacios donde todavía se rinden honores a la cultura y otras beldades, el sentimiento de derrota nunca será tomado en serio. Hay una dignidad demasiado bulliciosa que lo impide. Tenemos suerte de que poemas así se nos entreguen para honrar la estética lujuria, lo que es querido y el mudable azar. ‘Pájaro rojo vuela sobre un suelo dorado.’ Nosotros lo miramos, cuando el turno de uno, de todos, llega y hemos de marchar.