www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Pepín Bello, el no autor

Javier Mateo Hidalgo
viernes 16 de diciembre de 2022, 20:27h

Existe un personaje dentro de la literatura bien paradigmático, cuya personalidad ha sido analizada hasta la extenuación, buscando todo tipo de referencias simbólicas o metafóricas. Nos estamos refiriendo a Bartleby el escribiente. La obra que protagoniza, de idéntico título y publicada en 1853, haría que su autor, el americano Herman Melville, pasase a la posteridad de las letras —sin olvidar, por supuesto, su obra más popular, Moby Dick—. Bartleby hizo famosa una frase que describe su forma de ser en una perfecta síntesis: I would prefer not to (“preferiría no hacerlo”). Su pensamiento es llevado a la práctica de forma tan literal que llegará a morir de inanición (no sin antes negarse a trabajar y a mudarse de lugar de trabajo). Para el filósofo Gilles Deleuze, la forma de proceder de Batlerby no es la de un “enfermo”, sino el médico de una población “enferma” como la americana. A juicio de Antonio Santamaría, Batlerby personifica “una tuerca del engranaje que prefiere no seguir ejerciendo su función”.

Leyendo en torno a esta ficción literaria, me fue inevitable pensar en otro personaje, que en este caso existió y formó parte de la cultura española: José Bello Lasierra o, lo que es lo mismo, Pepín Bello. Fue el último representante de la Generación del 27 —y autor así mismo de la famosa fotografía que les reunió en el homenaje que tributaron a Góngora en el Ateneo de Sevilla, precisamente en 1927—, falleciendo en el 2008 con 103 años. Aragonés como Buñuel, con él formó parte del grupo de inquilinos de la madrileña Residencia de Estudiantes en los años dorados de la institución. A estos habría que añadir otros estudiantes residentes ilustres de la misma promoción, como Salvador Dalí o Federico García Lorca. Pepín trabó amistad con todos —o todos trabaron amistad con él—, siendo fundamental en la identidad del grupo y en la conformación del imaginario estético de vanguardia que andaban conformando cuando nadie podía sospecharlo: durante el anonimato que les daba la juventud.

Un 14 de junio de 2007 llegué al piso de Pepín situado en las afueras de Madrid, muy cerca de las oficinas de IBM. Para entonces me encontraba iniciando la carrera de Bellas Artes y ya me consideraba un devoto de la “sociedad” secreta de la que él formó parte —tuvo diversas escisiones, desde la “Orden de Toledo” buñueliana hasta la “Cofradía de la perdiz” lorquiana—. Admiraba aquel mundo de su-rrealismo mágico en que se movieron, lo había estudiado en profundidad y Bello tenía en él un papel fundamental. Lo más curioso de todo es que él presumía de “no haber hecho nada en la vida”, lo que no es totalmente cierto. Si es verdad que pudo gozar de una posición privilegiada al provenir de una familia de posibles, pero ello no le impidió actuar en su propia vida por mediación de otros e, incluso, probar suerte como inventor de artilugios. Aunque no nos haya legado ninguna creación propia con la que poder deleitarnos. La única que aparentemente tiene forma de “obra” —el libro titulado visita de Richard Wagner a Burgos— es en realidad una carta fechada en 1952 y dirigida a Alfonso Buñuel, collagista y hermano menor del cineasta. Se trata de una broma “daliniana” en la que Pepín cuenta cómo recibe al compositor alemán —que nunca pisó España— en la misma estación de tren de la ciudad castellana.

Tuve la fortuna de que Pepín me invitara a su piso aquella tarde, así como de poder charlar con él un año antes de su muerte. A pesar de su avanzada edad (apenas podía moverse de la silla desde donde recibía a las visitas) se encontraba en plena disposición de sus facultades, haciendo gala de una inteligencia y humor —ambos van de la mano— envidiables. Me recibió en su despacho, colmado de posesiones referenciales que describían su personalidad. Había accedido a verme a cambio de llenar su nevera de cerveza, que era lo que más consumía aparte de comida enlatada (incluida gazpacho). También dormía hasta las tres de la tarde —buena filosofía oriental—. Esos eran los hábitos que cumplía a rajatabla como un monje franciscano, la filosofía de vida que, según él, explicaba que hubiera vivido tanto. Aunque tenía a una señora que le hacía las cosas de la casa, solo se sentía realmente acompañado por sus recuerdos y por la lectura de los libros filosóficos que le “abrigaban”, conservados en aquellas estanterías. En un lado del cuarto reposaba la talla de un santo por el que sentía devoción; también atesoraba la reproducción de otra figura, cuyo original se encontraba en la catedral Toledana. Tenía sobre la mesa el libro de un fotógrafo que acababa de recibir rubricado por el propio autor en el que podían verse bastantes fotos de su amigo de Cadaqués. Tras él, pendía un cuadro de gran tamaño pintado por su padre. Al parecer, su progenitor apuntaba maneras como artista, pero por recomendación expresa del propio profesor de pintura —que le hizo ver la luz, paradójicamente— decidió abandonar su afición porque la cosa no tenía visos de ofrecer un futuro halagüeño —además, los mandatos familiares debían acatarse férreamente y no iban precisamente en la línea de las humanidades—. También había en ese muro una ventana ante la cual pendían tres retratos enmarcados en blanco y negro de los que ya solo recuerdo dos: el de José Ortega y Gasset —pensador fundamental para esa generación, embajador de la filosofía europea— y el de Diego de Velázquez (pintor clásico al que Dalí elogiaba). De otras paredes colgaban un retrato que le hizo José Caballero y un poema original inédito de Lorca. Y digo “original” porque en tiempo pretérito habían obrado en su poder una serie de dibujos —algunos de los famosos “putrefactos”— que Dalí le envió y que finalmente vendió para sortear ciertas penurias económicas. Ahora, conservaba testimonio de ellos a través de sus fotocopias, enmarcadas en la cocina. Las había podido ver de refilón al llegar, al igual que otros elementos ornamentales que sirvieron de prólogo o antesala de la “cámara principal” o “museo mínimo” donde Pepín se encontraba y en el que desplegaba toda la escenografía biográfica. Por ejemplo, unos bustos renacentistas en la entrada tan esplendorosos como falsos. Toda una vida transitando y transitando “sin hacer nada” como él me decía —y por eso tenía tantas vivencias, valga la paradoja—. Acababa de recibir a dos “encantadores jóvenes” que habían escrito un libro en torno “al maestro” —el libro en cuestión era Conversaciones con José “Pepín” Bello, de David Castillo y Marc Sardá, publicado por Anagrama—, ya que él no escribía nada (“que lo hagan otros, yo no soy tan importante”).

Comenzamos nuestro encuentro hablando de Wagner y del Preludio y Liebestod (“Amor-muerte”) de su ópera Tristán e Isolda, obra sacrosanta de los surrealistas ibéricos, por cuanto tiene de freudiano en su dualidad. Le trajeron un periódico y él contestó: “A ver en qué nuevo lío nos ha metido Zapatero…”. Me habló de Rafael Alberti, “ese pobre hombre al que engañaron para hacerse comunista…”. El poeta gaditano había seguido visitando a Pepín en aquella casa hasta su muerte. “Todo fue culpa de su mujer, que era una cursi…”. Yo le preguntaba asombrado si no pensaba que “cursi” y “comunista” eran dos conceptos totalmente opuestos, a lo que me contestaba todavía más convencido: “¡Pero si es lo mismo!” A esta confesión sumó otra más sorprendente: al parecer, el autor de Marinero en tierra había utilizado a Pepín para que éste le escribiera una carta de amor a una chica, estando en la Residencia. “Pero si el poeta era él, ¿no?”, inquirí anonadado, no dando crédito a lo que escuchaba. Pepín también recordó su época como entrenador de boxeo de Buñuel, e hizo alusión a la asexualidad de Dalí: “Dalí era tan sexual como esta mesa”, afirmó mientras tocaba insistentemente la mesa de su despacho. Con Lorca surgió la verdadera amistad, el cariño mutuo. Luego llegó la guerra y decidió fundar su propio negocio de inventos —en realidad “cacharros”— que nunca llegarían al público consumidor. Recordaba sus poemas vanguardistas, donde como norma debía meter entre sus versos la palabra “gallina”.

Antes de despedimos y de que yo abandonara aquel lugar y a su habitante —ambos tan insólitos—, Pepín me regaló un ejemplar de un libro que habían publicado en la Residencia en su memoria, titulado Ola Pepín —en homenaje al inicio de una de las cartas que le escribió Dalí, con aquella falta de ortografía tan flagrante de las que él hacía “gala” (recordemos que su padre le dijo que debido a ello estaba condenado “morir cubierto de piojos”)— y me lo dedicó firmándolo de puño y letra. Tiempo después, supe que le había caído excepcionalmente bien. Me dijo que, hablándole de aquel tiempo con tanta pasión, tuvo una extraña y agradable sensación: “Es como si hubieses estado con nosotros”, fueron sus palabras. Para mí, fue el piropo más “bello” —viniendo de “Bello”, valga la “rebuznancia''— que me habían dicho nunca. Fue determinante para que, diez años después, viese la luz mi Tesis Doctoral, que tenía como tema precisamente las vanguardias españolas. En los agradecimientos figuró Pepín y la referencia a dicha anécdota. En cierta forma, parecía que aquella tarde ya tan lejana habláramos como si los dos hubiésemos coincidido en las experiencias, como él recalcó. Un juicio, el suyo, resultado de una percepción seguramente influida por cómo en mi caso tenía tan estudiada aquella época, tema afianzado con mis propias opiniones —que, como ya digo, se alejaban de la realidad en pequeños matices que él no dudaba en resolver—.

Aprecié su gozo al deshacerse en tantos recuerdos, los cuales le iban introduciendo progresivamente en las arenas movedizas del pasado, disfrutando del placer de un tiempo tan bien aprovechado. Y sobre todo fui testigo de su gran humildad, que me hacía consciente de lo mucho que debía aprender todavía del ser humano. Demasiado. Un hombre que vivió y que contribuyó —paradójicamente, sin haber dejado pruebas físicas o tangibles de su trabajo— tanto en una época, pasando por ella como un fantasma, una sombra. Para Enrique Vila-Matas, “el arquetipo genial del artista hispano sin obras”. Hoy la historia habla de los artífices del nuevo arte en la España de principios de siglo XX —tan decisiva para el presente—, pero sigue sin rendir tributo a uno de sus nombres más importantes.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (6)    No(0)

+
1 comentarios