¿Puede extinguirse la vocación? ¿Llegará el fuego a apagarse? ¿Se impondrá la noche para siempre? El miedo a no ser más es lo que verdaderamente nos asusta, y del que huimos muchas veces buscando seguridad en la luz de lo cotidiano, en esa que es de todos los días. También, en el fuego familiar de la manta y la chimenea, tendiendo la mano al próximo. Un miedo que, para una mayoría, ahora es ensordecido por el ruido informativo, los horarios y calendarios, el agotamiento de los viernes, el todo sirve y el nada vale, que sumergen a tantos trabajadores hacia el fango movedizo del desánimo y el derrotismo. Si hace un siglo era el miedo al miedo el verdadero temor, ahora el problema es que no alcanzamos a escuchar aquel. Y así marchan nuestros espacios educativos, sin ningún miedo, medrando quien domina la técnica de la buena comunicación y el seguimiento, responde sin decir nada o pregunta para callar al que pregunta. El exceso informativo –que es, sin duda, la consumación del nihilismo europeo- va devorando a sus víctimas mientras los alumnos, más solos que antes, arden por encontrar una mano de amparo que esté a menos de palmo y medio. Porque de eso va la película de la vida, y de la educación: de cercanía y cuidado.
En una de tantas mañanas otoñales me contaba un alumno que él no es número ni nota ni registro. Y me lo decía gritándolo, a viva voz, para que el viento multiplicara sus palabras con el fin de que alguien las recogiera y extendiera a sus semejantes. «No soy una nota», me repetía. Y me lo decía acompañándolo, estando junto a él, alejados de los rieles por donde circulan informes, burocracias y correos. Me lo decía mientras las gotas de lluvia empapaban nuestras mejillas y se las sacudía para seguir pronunciándolas. Un acompañamiento que, de golpe, me devolvió al lugar de la responsabilidad, de la autoría, del viejo maestro que, atento a los pasos de sus alumnos, vigila si continúan o han perdido el camino. Y me devolvió una sensación hacia mucho olvidada, y avivada por la mirada de quien espera una mano firme para cruzar juntos al otro lado. Porque de eso va la educación, de acompañar para comparecer, juntos.
Sin embargo, ¿qué cuidado es posible en contextos regidos por la ley de la interconexión y la aceleración informativa? ¿Cómo puede prestarse al acogimiento quien vive en alerta permanente? ¿Cómo vivir la pertenencia no habiendo nada con lo que comulgar? ¿Y por qué esa reticencia a escuchar la llamada del otro? Nuestros centros educativos, tendidos ahora como verdaderas fábricas de información y control, plagados de redes, conexiones y formas de relación telecomunicativa, entre imágenes de pantallas intermitentes y protocolos asfixiantes, desplazan el contacto y el cuidado a zonas marginales, diríamos que fuera de los rieles de lo cotidiano y lo común. Fuera de horario es cuando el profesor puede aproximarse al alumno, y acoger su pregunta, cuando ya ha sonado el timbre de salida o todavía las puertas no se han abierto, y fuera de horario es cuando germina la semilla de quien todavía confía y cree verdaderamente en el otro. Entretanto, mientras pasillos y patios se llenan de niños y adolescentes encorvados hacia sus aparatos móviles, los días se suceden aquejados de una nueva oscuridad, diferente de aquella en la que nuestra primera infancia nos hacía encender la luz.
Quizá vaya siendo hora de hacer de la palabra «hospitalidad» pilar para una nueva ética, y de la ética palabra hospitalaria, reconquistando el palmo y medio donde nos va en juego mucho más que una lección, un informe o una respuesta bien formulada.