Llegó y se fue el Mundial de Qatar 2022 envuelto en polémica desde el principio hasta el final. Desde su designación y hasta el resultado definitivo. Con la cauda de debates sin fin en medio de descalificaciones, impugnaciones –unas pendientes de resolverse, ya concluido el certamen, incluso– y soluciones sobre la marcha, cuando las hubo. En medio, mientras ningún participante se dio la media vuelta en supuesto repudio de lo que quisiera repudiar en Catar –denotando hipocresía oportunista de algunos– y aún con la aparente escasa presencia europea de público que a cualquier despistado o encandilado bien podría hacer que supusiera erróneamente que se debió a que había alta conciencia europea en no secundar el Mundial que en el nombre lo lleva; nombre, Mundial, que también nos recuerda que tal ausencia y tal condición de mundial no son cosa exclusiva de valores o visiones europeas ni de criterios europeos. Así que fue exitoso, aun con su ausencia. No depende de ellos. Al final, el mundo es diverso, aunque los derechos sean los mismos a defender por todos. Así se lo expresé hace un mes y reitero cada una de mis palabras.
Y en tanto unos ponían el acento solo o más en lo negativo y otros se entregaban a la fiesta del fútbol, las redes sociales demostraron que los sentimientos de victoria, de derrota, la expectación y las emociones desencadenadas por cada partido son tan legítimas y universales como los Derechos Humanos demandados. Y cada cual en su jerarquía. Y mientras transcurría el campeonato, Catar lo mismo inauguró obra pública trascendente que celebró su día nacional con todo el despliegue coincidiendo con la clausura mundialista, o verificó minicumbres internacionales –incluida una donde participó China merodeando el mundo árabe y al petrolífero golfo Pérsico– y sacó jugo a ser sede mundialista. Así de sencillo y fue lo adecuado. Hizo mucho más que solo cumplir con la agenda de la FIFA.
Un Mundial donde han sido más polémicos los directores técnicos que los árbitros, defenestrándose a los más y frente a todo el planeta, que ha valorado sobre el terreno de juego a sus estrategias; sin que los silbantes estén exentos de polémica, igualmente, gracias a la redes sociales, al sistema VAR y a todo cuánto nos permita ver planetariamente su desarrollo, las reacciones, los apegos, las filias y fobias de las aficiones del mundo entero, que se parecen bastante, después de todo; y salió Catar con la nota de sobresaliente en este Mundial, le pese a quien le pese. El escaparate fue inigualable y Catar supo aprovecharlo magistralmente. Que sí, que eso no le quita ni sus apoyos al terrorismo ni mancillar determinados colectivos ni la corrupción comprando el Mundial; ese que enloda ya a la cariacontecida Unión Europea, que lo mismo un día “se descubre” comprando gas a Rusia que otro cae una vicepresidenta de su parlamento, sin ser la única implicada. Ese que califica a otros. Será que no es corrupto. Ya. Que para bailar el tango se requiere de dos. Qué corrupto es Catar se conduelen algunos, cuando el de Estrasburgo sale enfangado.
Nos queda el sentimiento de Mbappé al decir que volverán por el triunfo. Queda el reto planteado. Nos queda una vez más la idea clara de que ideologías y bolsillos aparte, si tu país está en la final, debes acudir como mandatario. El presidente argentino se ausentó en el 86 y de nuevo en 2022, mientras los homólogos de los contrincantes, acudieron. Son contadas las ocasiones en que no amerita ausentarse y la tecnología hoy favorece el desplazamiento. Ganen o pierdan. Ya si la realidad de cada cual permite capitalizar políticamente o no el triunfo del Seleccionado, ese ya es otro cantar.
Messi hizo su trabajo y no, no se nos escapa lo que TVE apuntó: estaban en la final los protagonistas de un equipo del cual el emir de Catar tiene fuertes intereses metidos ahí. Pues, eso. Desbarataron otras quinielas. Quede para los anales mundialistas la folklórica afición, el feriado en Arabia Saudita por el triunfo ante Argentina, las declaraciones poco deportivas de algunos jugadores y directores técnicos, la dignidad de japoneses y coreanos pidiendo disculpas por su mal desempeño, el cuerpo arbitral femenino, el equipo marroquí exaltado, las tempranas sorpresas de descalificación – las alemana y brasileña e, incluso, la española– y le dije que México llegó sin los deberes hechos. Pues, así le fue. Qué ¿quién ha sido el mejor jugador? Las comparaciones son odiosas, los contextos distintos y no neguemos que a fuerzas se quiere soltar un nombre. Paso de ello.
La peculiaridad de transcurrir este campeonato tan cercano a la Navidad en esa entremezcla de gritar goles mundialistas coexistiendo con los villancicos, la coincidencia en el caso mexicano de banderas y camisetas de la Selección en el puestecillo callejero compartiendo espacio con gorros de Santa Claus, coronas de muérdago y luces multicolores, no es cosa frecuente y va de lo bizarro a lo excelsamente folklórico. Irrepetible, supongo. Sucedió.
Ahora solo resta saber que 2026 está a la vista y el tripartita Mundial aún reviste muchas incógnitas. Despejado el saber que iniciará en el estadio Azteca de Ciudad de México el lunes 8 de junio, definidas las ciudades sede –México y Canadá van de refilón– se sabe poco más. El de 2030 por definir, sugiere meter a Ucrania en el sarao, lo cual se atoja quimérico porque desconocemos cuándo cesará su conflicto y en qué condiciones dejará al país. Es irresponsable incluir a Ucrania a sabiendas de lo referido, haciéndolo solo por alimentar un buenismo en pro de respaldarla que no se agradece por solo queriendo parecer progres e incluyentes. Qué pifia. No hay solidaridad ni buena onda que valga para insistir en proyectos deportivos de tal envergadura para un país en sus lamentables condiciones actuales.
Prosigo. En estos días de relativo reposo, que no necesariamente de descanso, o viceversa, me di tiempo para ver Pinocho, del cineasta mexicano Guillermo del Toro. Me ha gustado. Reúne, entiendo, los componentes sustanciales de la historia. Los efectos son magníficos, los pasajes tenebrosos están bien llevados. Es una joya y merece mirarse. Me temí que se exhibiera solo en las salas cinematográficas que no he visitado desde inicios de 2020 ni pienso hacerlo, porque ni el COVID-19 se ha marchado ni confío en la asepsia y la ética de los exhibidores para evitar aglomeraciones, como no lo han hecho según cuentan quienes más decididos, sí han acudido a ellas. La vi cómodamente en mi casa.
Menos placentera y muy merecida es la expulsión del embajador mexicano en Perú. Su injerencismo, su metiche proceder cabildeando congresistas, bocón empedernido, comprometiendo la imagen de México y su imprudente proceder, se la han ganado. No es cosa solamente de si te gusta o no el gobierno peruano, que finalmente es asunto de los peruanos y no lo pudo entender el diplomático o su gobierno, pero justo por eso, debió caber la prudencia. Se le fueron los pies a López Obrador y a su embajador. Ni hablar, hay reglas y si se rompen, se pagan las consecuencias. No hacía falta ese problema y ya llegó. Y el secre de Exteriores Ebrard que tome nota, porque esto abolla su nombre presidenciable, porque le ha estallado una crisis en las manos. Paradojas: a un mismo tiempo, Lima permite que la familia de Castillo se refugie en México. ¿Usted lo entiende? yo, tampoco.
Pues bien, este año en que mis intenciones por estas Navidades irán dirigidas a las perdidas sufridas por personas cercanas, a quienes han padecido la guerra de Ucrania y a los cristianos asesinados por extremistas en el nombre de otros credos, no soy indiferente a tales realidades que nos acompañan al llegar estas Pascuas. Empero, a todos ustedes, amables lectores en ambos hemisferios y a todo el equipo de El Imparcial, extiendo mi agradecimiento infinito por estar siempre allí y mis parabienes y mejores deseos en estas Navidades, que estén repletas de bienaventuranzas y sean consolación de quienes están afligidos al llegar esta señalada época. A todos, un fuerte abrazo.