Sin proletariado es imposible construir la dictadura del proletariado. Por eso, hace tres décadas, la...
El 28 de noviembre de 1981, hace ahora 42 años, el académico de la Real Academia Española, Luis María Anson, Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, publicó en la “tercera” del ABC verdadero el artículo que reproducimos a continuación y que el lector de El Imparcial reflexionará con la atención que el tema merece.
Sin proletariado es imposible construir la dictadura del proletariado. Por eso, hace tres décadas, la potencia que propugna el modelo comunista de sociedad puso en marcha, en toda la Europa occidental, una profunda e inteligente operación política: proletarizar la clase media. A la luz de esta maniobra, resulta coherente la multiplicación desordenada de los precios del petróleo, las campaña contra las centrales nucleares, la obsesión ecológica, la voladura de los transformadores eléctricos, la crecida del terrorismo y sus ásperas sangres derramadas; la descalificación sistemática de los empresarios, ciertos delirios de la seguridad social, la agresión fiscal, las huelgas innecesarias, cuando no salvajes; el descenso deliberado de la productividad y el aumento de la presión salarial que, si excesivo, arruina a las industrias y, a la vez, a los que en ellas trabajan. Así se alarga sin cesar la interminable caravana del paro. Como consecuencia de todo, los amargos cipreses del hambre tiemblan de nuevo al viento revolucionario en algunas zonas de la Europa meridional.
La clase media, aunque se la proletarice, no se desliza hacia el comunismo totalitario gracias al freno de la religión. Por lo menos en los países de fuerte raigambre espiritual. La historia reciente lo ha demostrado de forma inequívoca. Por eso la gran operación política de proletarizar la clase media se complementa en Europa con otra maniobra más vasta y profunda, si cabe: la descristianización de la sociedad. Sería una simplificación ingenua atribuir este último propósito solamente al comunismo internacional. A la maniobra descristianizadora se suman con regocijo los sectores laicos y antirreligiosos de las diversas naciones occidentales.
España, por su situación geopolítica, parece hoy objetivo preferente de ambas operaciones. Para muchos de los que propugnan la revolución marxista en nuestra nación (y no me refiero, por supuesto, a aquellos comunistas que lealmente han aceptado la democracia constitucional), sería preferible, incluso, la implantación de una dictadura fascista y apestada, a la que se puede derribar, que la consolidación de una Monarquía estable y popular, anclada en la libertad. El objetivo a la larga es la explosión revolucionaria. Por eso, paralelamente a los esfuerzos para proletarizar la clase media, se procura reblandecer la musculatura religiosa de la sociedad. Se trata, en pocas palabras, de desbloquear los frenos espirituales y que quede expedito el camino para descristianizar España.
Y para descristianizar España se ridiculiza al Papa, se le befa y escarnia. Se bromea con las prácticas religiosas. Se relega a los desvanes del olvido la santificación de las fiestas. Se hace burla de los milagros hasta chufletearse de ellos. Se toman a chacota las devociones populares. Se paganiza la Semana Santa. Se adultera la Navidad. Se desacraliza la música en los templos. Se presenta casi sistemáticamente en el cine, en el teatro, en los medios de comunicación, a los sacerdotes como corruptos, a las monjas como depravadas. Se basurea a los seglares que, con su vida o con su obra, dan testimonio del Cristo, hijo de Dios vivo, de la palabra, del Verbo, que se hizo carne y habitó entre nosotros.
Para descristianizar España se cuartea a la familia. Se erosiona la autoridad de los padres sobre los hijos. Se estimula el divorcio. Se fomenta el aborto. Se ovaciona el amancebamiento. Se hace alarde del adulterio. Se hostiga a las asociaciones de padres de familia. Se ataca a la convivencia en el hogar. Se propugna una libertad de enseñanza que consiste en que los colegios laicos resulten gratis mientras los religiosos cuesten un ojo de la cara y la retina del otro, con lo que se le priva al padre de verdadera opción para elegir.
Para descristianizar España se estimula la relajación de las costumbres. Se antepone siempre el ocio al trabajo. Se fija como única meta el placer. Se zahiere la virtud hasta el chungueo. Se hace apología sistemática del vicio. Se enaltece a las oscuras afroditas de la prostitución. Se rezan maitines y laudes a las encopetadas meretrices de la “jet society”. Se proclaman a los cuatro vientos la gloria de los narcisos amanerados y de los indecentes apolos olorosos.
Para descristianizar España se ensalza la homosexualidad. Se consagra a los hermafroditas. Se entonan himnos de alabanza en honro de travestis, bujarrones, cacorros, lesbianas, sodomitas y toxicómanos. Levantan sus sones los claros clarines de la fama como homenaje a pervertidos y amorales. Se codifica, en algunos medios de comunicación, la barbarie y la depravación. Se blasfema sin cesar. Se encumbra a los depredadores del sentimiento religioso. Se ofrece desde la pequeña pantalla como natural el incesto y la bestialidad. Se rebaja cierto lenguaje radiofónico hasta la ordinariez y la grosería, cuando no la procacidad. Álzanse en todas partes los nuevos altares de la inmoralidad y se sacrifica sobre sus aras a las personas decentes.
Para descristianizar España se propaga entre la juventud el indiferentismo religioso. Y se la intoxica en la escuela, se la intoxica en la Universidad, se la intoxica en los centros culturales, en los ateneos, en el cine, en el teatro, en numerosos mensajes subliminales o abiertos de la Prensa, la radio y la televisión, a través también del jijeo incesante de cierta publicidad comercial.
Para descristianizar España se manipula todo. Se corrompe todo. Todo se zocatea. Confúndese todo. Se arrasan los valores más sagrados. Se rompe en añicos el jarrón antiguo de los principios de derecho público cristiano.
La gran maniobra antirreligiosa está a punto de triunfar. Porque el Cristo, otra vez crucificado, de Niko Kazantzakis, se ha hecho realidad en esta Europa tábida, fascinada por su propia decadencia. Al que dijo hace dos mil años: “Triste está mi alma hasta la muerte; quedaos aquí y rezad conmigo”, le han clavado otra vez, en carne viva, sobre los maderos electrónicos de las computadoras y los medios audiovisuales. Y han consumado la crucifixión todos esos escritores a la violeta, todos esos periodistas zorzales que, comprados unas veces, seducidos otras, amenazados en ocasiones, se han infiltrado en los periódicos cristianos, en los impresos y en los audiovisuales, y escriben o hablan o se expresan en ellos para oficiar la ceremonia de la confusión. Es la “quinta pluma” al servicio de la proletarización de la clase media y la descristianización de la sociedad.
“Sale de la guerra la paz -escribió Quevedo-; de la paz, la abundancia; de la abundancia, ocio; del ocio, vicio; del vicio, guerra”. No hay que ser muy perspicaces para situar al Occidente, hoy, en el penúltimo de los periodos señalados por el gran clásico español.
La necesidad de disputarle al comunismo ese tercer mundo sobre el que se construirá la nueva civilización es imperiosa. Las brasas de Occidente deben encender la antorcha del relevo. Pero antes habrá que desarticular la ingente operación política desencadenada para arruinar a las clases medias y descristianizar a la sociedad entera. No resultará fácil la tarea. Pero tampoco imposible. Basta con actuar enérgicamente, sin confiar demasiado en la primera potencia occidental, impregnada hasta la médula de otro tipo de materialismo. Como una cuestión de hecho, la Humanidad vive la peor crisis de los últimos treinta años. Pero conviene no caer en la tentación de la catástrofe. Nada está definitivamente perdido. Y el horizonte se abre a la esperanza. Porque el destino depende de la voluntad decidida. No hay tiempo que perder. Solo el renacimiento espiritual prolongará la civilización cristiana. Si no se reacciona ya, si no se hace frente con decisión al desafío materialista de uno u otro signo, entonces sí, entonces los escoberos rojos barrerán las últimas hojas del otoño de Occidente y descerrajarán luego, sin contemplaciones, el arca de su Historia milenaria.