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TRIBUNA

Mi nombre es Gonzalo Suárez

Javier Mateo Hidalgo
sábado 31 de diciembre de 2022, 19:45h

La historia que voy a contar sucedió una mañana de domingo de enero de 2009, en la madrileña librería de los Trueba La buena vida. Acudí allí con un abrigo de gabardina y unas gafas de sol, a imagen del detective José Ditirambo. Me había citado con su creador, Gonzalo Suárez. Sin saber nada de mí más allá de una conversación telefónica, accedió a conocerme. Podría ser el inicio de una de sus películas, pero sin embargo —como dijo Rick a Louis en Casablanca— fue el comienzo de una hermosa amistad. Al poco tiempo de que yo hubiese entrado en el establecimiento, él apareció inconfundible con su gorra, barba blanca y gafas, portando dos ejemplares de Ciudadano Sade y Yo, ellas y el otro. Pidió dos copas de vino y me dedicó los libros falseando los datos: en concreto, puso como lugar “París” y como fecha “Noviembre, 1870”.

Luego llegarían muchos más domingos de paseos, trabajo y opíparos banquetes. De su despacho íbamos a un café cercano al que era asiduo y siempre pedía al camarero “un Johnnie Walker etiqueta negra en vaso corto y con hielo”. Alguna vez jugó al ajedrez con él colocando un tablero sobre la barra; cada vez que su oponente se marchaba a servir a algún cliente, Gonzalo me miraba y le robaba algunas fichas, o las descolocaba. Era y es un genio, un rara avis de las letras y la cinematografía españolas. Siempre inteligente e irónico, generoso y tierno. ¡Cómo no quererle! Para mí supuso una presencia fundamental, insustituible. Por encima de representar una clara influencia en mi formación estética e intelectual, fue una persona que se portó conmigo como pocas y, por ello, siempre estaré en deuda con él.

Le recuerdo sujetando aquella pipa apagada en la boca, un elemento estético como él decía, porque hace años que no fumaba. Las coleccionaba como objeto ya inseparable de su retrato. Una de ellas se la colocó como parte de su “disfraz de autor” durante la entrevista-documental que filmé —y en el cuál accedió generosamente a participar como protagonista— y que aún hoy continúa inédita. Cuando íbamos a su casa, nos recibía su mujer Hélène, otra representación de la bondad. De la pared colgaba un autorretrato —de los pocos que conservaba de su juventud— también con pipa, cuyo humo ensortijado pugnaba por acaparar el espacio. En su expresionismo me recordaba con mucha precisión a otro hecho por Otto Dix —Selbstbildnis als Raucher (“Autorretrato como fumador”, 1913). Gonzalo había realizado otro recientemente de “Pepín”, quien cuidaba de la casa que tenían en su Llanes querido. De una de las paredes del cuarto donde trabajaba, pendía una fotografía enmarcada de Pío Baroja, que había dedicado a su padre, Gonzalo Suárez “senior”. Catedrático de francés, su hijo le debía mucho de su mundo personal. La novela que el progenitor publicó siendo Gonzalo niño —Ban-Go-Koo. Recuerdos y aventuras del África austral (1943), de la que me regaló un ejemplar que conservo con cariño—, tenía en su interior una ilustración hecha por el propio Gonzalo con nueve años. Representaba un barco, algo muy significativo de lo que sería su vida, trufada de viajes reales e imaginarios.

Aunque resulte complejo trazar una biografía de Gonzalo, lo intentaremos: después de probar suerte en el teatro, viajó a la capital de esa Francia que conocía a través de su padre. Probó a publicar su primer libro de relatos —Trece veces trece—; haciendo gala de su humor, me decía que al editor le devolvieron más ejemplares de los que había publicado —tal fue, según él, el fracaso de aquella primera intentona—. En aquellas historias estaba el germen de su mundo. Uno de los primeros en valorarlo de este modo fue Julio Cortázar, que quedó fascinado por la narrativa del asturiano. Vicente Aleixandre también supo ver en su trabajo un material —aquel con el que se “fabrican los sueños” (Shakespeare and Dashiell Hammett dixit)— elogiable. Desde mi humilde posición, puedo decir que fue lo primero que leí de él y quedé fascinado por aquel mundo literario tan peculiar. Quería escribir así, tener una imaginación capaz de llevar a quien escribía a lugares insospechados. Mezcla de misterio, suspense, fantasía y humor. Luego llegaron Rocabruno bate a Ditirambo (1971) y Gorila en Hollywood (1980) resultado del intento de adaptar al cine su novela Operación “Doble Dos” con Sam Peckimpah—, libros que se vieron fusionados en Epílogo (1984); la historia de amor y odio de dos escritores que conciben sus historias conjuntamente. El propio Gonzalo me obsequiaría con algún ejemplar de atrezo de aquellos libros que en la primera película Paco Rabal (Rocabruno) enterraba en el jardín de la casa. Epílogo representa a la perfección la capacidad de adaptar magistralmente la ficción libresca a la cinematográfica por parte del mismo autor. No en vano Suárez es sujeto de análisis en el estudio La adaptación como metamorfosis: transferencias entre el cine y la literatura de Cristina Manzano Espinosa (2008), donde concretamente se estudia la que puede considerarse su obra magna: Remando al viento (1988). Así se lo hice saber al propio Gonzalo mientras leía dicho volumen en su casa de Llanes, donde me invitó unos días de Semana Santa para trabajar en el guión de una serie que nunca vio la luz. La historia de cómo el monstruo de Frankenstein surgió del encuentro de su autora, Mary Shelley, con su marido Percy Bysshe Shelley y sus amigos Lord Byron y John William Polidori, cristalizó para Suárez en imágenes cinematográficas desbordantes que pasarían a la posteridad del celuloide: el agua inundada de bloques de hielo durante el trayecto en una pequeña embarcación de Mary, la jirafa en un palacio veneciano habitado por Byron —al que da vida Hugh Grant— y cómo éste penetra vestido en el mar “asturiano” tan presente en los films de Gonzalo, o el Frankenstein que simula —oculto bajo los pliegues de un gran manto— una inmensa cadena montañosa. La mayoría de estas imágenes quedan dominadas por la Fantasía sobre un tema de Thomas Tallis de Ralph Vaughan Williams (1910), haciéndolas si cabe más “sublimes” —ese es el término, tan burkiano y romántico—.

Aquella criatura que —sin poderlo prever su autora— va devorando la cordura —e, incluso, la vida— de todos los que rodean a Mary, resulta una poderosa metáfora difícilmente superable dentro del lenguaje cinematográfico. Por ello, Remando al viento parece ensombrecer injustamente el resto de la filmografía de su autor —a su pesar, como me confesó—. En su haber, suma notables y originalísimas películas ya desde su primera época, cuando entró en contacto con la archiconocida “Escuela de Barcelona”; sin ir más lejos, la que protagoniza su referido àlter ego Ditirambo de título homónimo (1969), pasando por su revisión única del mito del archiconocido personaje perteneciente al mundo legendario alemán (El extraño caso del doctor Fausto, 1969) o Aoom (1970) cómo un hombre (Lex Barker, aunque tenía que haberla protagonizado Orson Welles) acaba introduciendo su alma dentro de una muñeca—. Un film que sería visionado por uno de los ojos de Fritz Lang —el otro lo tenía cubierto por su parche—, quien formaba parte del jurado en el Festival de San Sebastián. Ya anciano, se quedó dormido durante la proyección—lo que siempre divirtió a Gonzalo—. De Aoom me llevo además el haber visitado con Gonzalo —durante mi citada estancia en su casa de Llanes— el bestiario escultórico de Cesáreo Cardín, en Cuetu-Lledías. Tristemente abandonado y deteriorado, aún conservaba vestigios de lo filmado en una de las escenas más delirantes del film.

Más adelante, Suárez sorprenderá con Don Juan en los infiernos (1991) —nueva revisión crítica del mito de Don Juan— y con su propia mirada hacia el personaje de Stevenson “Doctor Jeckyll” y su otra personalidad personificada en “Mister Hyde”: Mi nombre es Sombra (1996), eso por no hablar de su adaptación de La Regenta —producida por Emiliano Piedra e interpretada por la mujer de éste, Emma Penella, en 1974— o su versión televisiva de Los pazos de Ulloa (1985). Podría incluso referirse al ámbito escénico, para el que ideó el libreto La noche y la palabra, historia en torno al encuentro entre Hernán Cortés y Moctezuma —y que tuve el placer de transcribir del papel al ordenador en uno de mis primeros trabajos que Gonzalo me pidió—. Y, para los curiosos—agárrense porque vienen curvas—, su faceta de periodista deportivo, escribiendo algunos artículos futbolísticos para El País durante nuestra etapa de colaboración, bajo el seudónimo de Martín Girard —apellido que toma del de su mujer—. Una pasión futbolística que nacería siendo hijastro del argentino Helenio Herrera durante su etapa en el Inter de Milán. Para él, Gonzalo escribió la novela Suspense (1965) que después el entrenador firmó como suya. Así me lo contó Gonzalo, cuando sin saberlo dicha historia le regalé uno de los ejemplares de este libro que encontré en la Cuesta de Moyano.

Como puede comprobarse, la obra de Gonzalo es tan inabarcable como su talento, del que nos sigue brindando sorpresas. Yo no puedo menos que sentirle siempre presente, sabiendo que tarde o temprano tenía que escribir sobre él a modo de homenaje y como muestra de cariño hacia su persona.

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