La humanidad tuvo que nacer cuando aprendimos a estar con nosotros mismos, alejados, hasta cierto punto, de la premura con la que nuestro cuerpo y la naturaleza imponen sus necesidades. Tuvo que ser en ese tiempo profundo cuando nació la palabra, para decirnos, aunque fuera secretamente, lo que luego proclamaríamos con los discursos de libertad, justicia o verdad. Y así nos lo recuerda el maestro Emilio Lledó en Identidad y amistad: “Por mucho que el determinismo y el pesimismo filosófico hayan insistido en los pequeños márgenes en los que se desarrollan el tiempo humano y las angustias e imprevistos que le acosan, el horizonte de lo posible es la puerta abierta a la existencia y da sentido a cada vida individual”. Tanto abarca el horizonte de lo posible que en la tentación fundacional de la serpiente del Génesis –causa de la falta que dio origen al mundo humano- ya está dada la posibilidad. La serpiente se dirige solo a quien puede elegir mal. Estábamos expulsados antes de ser expulsados, con la voluntad abierta a la opción de errar. Seguramente, sin esa guarida primigenia donde encontrarnos con nosotros mismos y ser al margen de la mirada apremiante del otro, olvidados de la urgencia y la obligación a responder, no hubieran sido posibles ni la polis ni la palabra, ni el hombre ni la mujer.
El maestro Ortega, y continuadores poco leídos como García Morente, Zubiri o Zambrano, dan por sentado que en esa torsión del ser humano hacia sí mismo, en ese acto de soberbio ensimismamiento, nacieron la técnica y el conocimiento. En su Meditación de la técnica el filósofo español refuerza esta tesis arguyendo que, esencialmente, no somos animal rationale, un extraño animal aderezado con aditivos espirituales, sino algo así como un anti-animal dotado de la capacidad de suspender las urgencias y necesidades vitales y, por ello, abierto a nuevos y cambiantes universos: “El animal no puede retirarse de su repertorio de actos naturales, de la naturaleza, porque no es sino ella y no tendría al distanciarse de ella dónde meterse. Pero el hombre, por lo visto, no es su circunstancia, sino que está solo sumergido en ella y puede en algunos momentos salirse de ella, y meterse en sí, recogerse, ensimismarse y solo consigo ocuparse en cosas que no son directa e inmediatamente atender a los imperativos o necesidades de su circunstancia.” Y así es como se entiende que el ser humano, si se viera obligado a vivir con lo estrictamente necesario y solo con ello, por muy intenso que fuera su apego a la vida, optaría por quitársela ante la idea de no poder ser nada distinto de lo que le impone su cuerpo biológico. Somos apertura, trascendencia, pura posibilidad, y lo preferimos antes que cualquier otro bien.
Pero no solo la invención técnica se dispara en la soledad del ensimismamiento. Experiencias fundacionales como el miedo, el asombro o el horror precisan de la paz y la tranquilidad que brinda el bosque. Solo en el silencio puede sonar lo horrísono. El silencio lo intensifica, lo agiganta hasta que vuelve a restablecerse y queda restaurada la situación. Y solo en la distancia lo otro puede tocarnos, o chocarnos, hasta huir o asombrarnos. La historia de las religiones puede enseñarnos mucho acerca del valor de estos lugares de retiro sobrenatural. A resguardo es como se produjo la adoración de los Reyes Magos, y se forjaron los calendarios que todavía guardan la espera y la alegría de la dación. También en los cobijos, retirados de la urgencia y la premura, apareció la ciudad ideal de Platón, y a Descartes se le iluminó el cogito en un acto de evidente ensimismamiento. Incluso a un irreligioso como Nietzsche, el retiro sirvió para transmutar unos valores que habían quedado demasiado obsoletos para una época que habría de acostumbrarse al horror de la barbarie. No, no deberíamos descuidar el lugar de donde nace la fuente de todo cuidado, sino todo lo contrario, volver a él cada vez que el destino llama a la puerta y se hace necesario una reforma de época.
Hemos de preservar este tipo de guaridas emboscadas, fortaleciendo el ensimismamiento activo allí donde la imaginación y el pensamiento pueden vacar libremente, quizá para reflexionar sobre la conveniencia de que sigan valiendo nuestros valores, o quizá para salir de ellos y transmutarlos en nuevos mundos. Hemos de cuidarnos de su preservación y regeneración, como si de un parque natural en extinción se tratara. ¿O no están los bosques y refugios en proceso extinción? Bosques como los que en la antigua Islandia servían de retirada para el perdón del proscrito, o los que en culturas primitivas se utilizaban para la ejecución de rituales que iniciarían al niño hacia la vida adulta. También en los espacios cotidianos debemos estar vigilantes contra las malas hierbas, haciendo lo posible por no caer en el pozo inercial del automatismo –o en la servidumbre de opiniones impostadas y maniatadas de principio a fin-, y, en su lugar, darnos tiempo para crear espacios de encuentro y reflexión compartidas, que sirvan a todos para contemplar esos mundos quizá hasta ese momento solo soñados. Nos va en juego algo más que la racionalidad o la buena voluntad. Sencillamente, la humanidad que todavía llevamos dentro.