Política de Apaciguamiento
sábado 11 de octubre de 2008, 18:32h
El 29 de septiembre de 1938, hace ahora 70 años, tuvo lugar la famosa reunión en Munich que dio lugar a la denominada Política de Apaciguamiento. Se encontraron entonces en la hermosa ciudad bávara, Hitler, Mussolini, Daladier y Chamberlain. Como se recordará, el motivo último de la reunión fue la crisis internacional desatada por la anexión por parte de la Alemania nazi de los Sudetes checos. Para evitar la guerra, Francia y Gran Bretaña cedieron nuevamente a los intereses de los Estados que, más tarde, conformarían junto a Japón las conocidas como Potencias del Eje en la II Guerra Mundial (anteriormente habían optado por políticas similares en 1931, cuando Japón creó en el norte de China el Estado ilegal de Manchukuo; en 1935, cuando Italia invadió Abisinia; o en 1936, cuando optaron por la no intervención en la Guerra Civil española frente al apoyo de los Estados fascistas al bando sublevado con funestas consecuencias para la II República).
Ante un conflicto que se daba por inminente, el premier británico y el Jefe del Gobierno francés fueron recibidos en sus naciones como “los hombres de la paz”. Quien osó a advertir del tremendo error que se estaba cometiendo, como el entonces ferozmente criticado Winston Churchill, fue tachado de belicista.
Lo cierto es que la historia posterior demostró que aquella política fue un tremendo error. Fue el historiador británico A. J. P. Taylor en Los orígenes de la II Guerra Mundial (1961), obra que levantó una enorme polvareda, quien sostuvo que la política de apaciguamiento, fue una de las causas de la II Guerra Mundial. Si bien la responsabilidad fundamental fue, evidentemente, de Hitler, lo cierto es que si Francia y Gran Bretaña hubiesen mostrado determinación en la defensa del derecho internacional a lo largo de la década de 1930, quizá el destino europeo habría sido otro. De hecho, Albert Speer, “el arquitecto de Hitler” en sus Memorias (Acantilado, 2006), relata como en marzo de 1936, Hitler respiró con alivio cuando, tras su flagrante violación de los Acuerdos de Locarno al penetrar en la zona desmilitarizada de Renania, Inglaterra decidió no intervenir. Cuenta Speer que Hitler consideró aquella penetración como la más osada de todas sus empresas militares porque «no teníamos un ejército digno de tal nombre: ni siquiera habríamos podido imponernos a Polonia. Si los franceses se hubieran puesto serios, nos habrían vencido fácilmente» (pp. 135-136). Evidentemente, la historia fue la que fue y los contrafactuales a estas alturas sólo sirven para lamentarnos.
La máxima extraída de aquellos acontecimientos en la teoría de las Relaciones Internacionales y la Diplomacia fue que la debilidad o la no intervención no resuelve los problemas, sólo los aplaza y aumenta. Aquella lección, que costó 60 millones de vidas humanas, es, con todo, una de las grandes lecciones de la historia y ha estado presente en la política internacional desde entonces con mayor o menor fortuna.
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Profesor de la UCM
Antonio López Vega es profesor de Historia Contemporánea de la UCM.
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