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TRIBUNA

Así son las cosas mis queridos compatriotas, más claro, agua

jueves 12 de enero de 2023, 20:21h

Como San Martín, que desencantado de sus conciudadanos desdeñó entrar en las disputas internas de la maldita política y emigró para mantenerse al margen, o como el vulnerable Belgrano, que se quebró tempranamente vencido por la falta de ética de una patria por la que había entregado su vida, o como el genial y locuaz Sarmiento, que prefirió morir allende de nuestras fronteras por la náusea que le producía el comportamiento de sus compatriotas; vale decir, todos, sin excepción, derrotados moralmente por las adversas circunstancias que, con el tiempo, ya se nos han hecho carne, y hasta yo, este modesto e intrascendente argentino, dolido hasta lo más íntimo y sin eludir mis propias miserias, hacen que escriba desde la amargura, desde mi más honda tristeza estas líneas si se quiere, tal vez menos acusativas que confesionales.

Sucede que han sucedido y siguen sucediendo demasiadas cosas para aceptar esto que -desquiciadamente, horrendamente, descorazonadamente-, estamos viviendo. Para cerrar un párrafo tan melancólico se me ocurre una humorada bien argentina y muy al estilo nuestro: “Somos un país que tiene papa, pero no tiene cura”. También tenemos una remota reina, que, sin duda, por nada del mundo abandonaría el país donde ejerce para volver aquí y hacerlo desde su tierra de nacimiento. ¡Qué triste, no es cierto!

Pero las cosas pasan, van pasando inapelablemente y los años se suceden o se amontonan y la resultante es esta decadencia que estamos transitando y ya nos abruma. Y, al parecer sin esperanzas de retorno. Es público y bien sabido, que quien escribe estas líneas, tuvo la felicidad -y acaso la ventaja- de haber colaborado durante algunos años con Jorge Luis Borges, este genio de la literatura nacional y agudo observador de esta idiosincrasia, que hasta escandaliza analizarla. Polémicos en sus concepciones políticas, nuestro poeta señala en muchos de sus escritos los momentos históricos que él considera “de declinación”, con sus respectivos movimientos “salvadores”.

En una página que nos estremece, hacia fines de la década del setenta, me dictó Borges para ser publicado en un masivo diario español estos conceptos: “La asidua reverencia que nuestras escuelas dedican a la historia argentina ha servido para borrarla o, mejor dicho, para simplificarla y endurecerla curiosamente. Las invasiones inglesas, la Revolución de 1810, la guerra de la independencia, las otras guerras, la larga sombra de la primera dictadura, las anteriores y ulteriores contiendas civiles y la Conquista del Desierto, han dejado de ser hechos humanos; son las bolillas de un programa o los capítulos de un libro de texto. Los días han decaído en aniversarios o en sesquicentenarios, los hombres que vivieron en próceres, los próceres en calles y en mármoles. Nuestra historia es un frígido museo. No la sentimos o la sentimos de manera elegíaca. Una de las razones es el hecho de que ahora somos otros. Aquel tiempo arriesgado y azaroso ya no es el nuestro; algo, silenciosamente se ha roto”.

Lo dicho por Borges es tan cierto como pesar que dos y dos son cuatro y nos pone de mal humor aceptarlo por lo evidente. Cierto. Hablar del argentino es hablar de un tipo genérico, de una psicología (o patología) que no es ni europea ni latinoamericana; según el maestro, nosotros somos, muy a la manera inglesa, nominalista y descreídos de los tipos genéricos. “Aventuraré, sin embargo, alguna observación aproximativa -sigue diciendo Borges- con la convicción resignada de que centenares y aun miles de objeciones podrán alegarse en mi contra. A partir de los actos que dieron el gobierno a los radicales (es decir, a la mayoría) es notoria la declinación gradual del país hacia lo extremadamente popular, que concluye con el peronismo. Naturalmente, es imposible precisar una fecha; los relojes no marcan un instante en que el azul se vuelve gris. El nadir lo marcaron las persistentes dictaduras. (Cada cien años, Buenos Aires engendra un dictador que de algún modo siempre es el mismo. Al cabo de un plazo variable, las provincias –y conste que soy porteño- tienen que venir a salvarnos. En 1852 fue la provincia de Entre Ríos; en 1955 la de Córdoba.) Lastimosamente, la blandura rayana en complicidad que ahora nos define hizo que la obra de la revolución quedara inconclusa”.

Si como buenos observadores contemplamos algunos rasgos tan afligentes como desconcertantes que exhibimos los argentinos de nuestro tiempo, vemos que el primero es la penuria imaginativa. Las ciudades de nuestro territorio son modestos fragmentos de Buenos Aires, feudos desparramados en mitad de la pampa; el arquetipo viene a ser, asimismo, una costosa réplica de París o, esporádicamente, de Nueva York. La facultad imitativa es el complemento o si se prefiere, el reverso de la escasa imaginación argentina (o “escabrosa”, como diría don Leopoldo Marechal).

Pero hay algo más grave que la falta de imaginación que, como lo he señalado al principio, es la falta de sentido moral. Un americano o un brasilero, imbuido de tradición protestante, se preguntará en primer término si la acción que le proponen es justa; un argentino, si es buen negocio lucrativo. Se da, también, una suerte de picardía desinteresada; ante un reglamento, nuestro hombre se pone a conjeturar de qué manera podría burlarlo. Nos cuesta concebir la realidad de las relaciones impersonales. El Estado es probablemente lo más impersonal; por consiguiente no debemos tratarlo con exceso de escrúpulos; por consiguiente el contrabando y la coima, dos máximos exponente de la corrupción, son operaciones que merecen el respeto y, sin duda, la envidia. Verbigracia, investirse de un cargo público o pertenecer a la clase política, es un logro que sirve para salvarse para toda la vida.

“Anoto sin alegría estas reflexiones -confiesa Borges no sin aflicción y yo, su amanuense, el vulgar cronista que escribe, me sumo a su lúcido y literario parecer, para concluir-. También lo hago sin ira; dada mi condición de contemporáneo y de argentino; es inevitable que me parezca de algún modo a quienes denuncio. Las cosas son así mis queridos compatriotas, más claro, agua.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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