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Ensayo

Pedro Corral: Vecinos de sangre

lunes 16 de enero de 2023, 00:27h
Pedro Corral: Vecinos de sangre

Durante los primeros números de enero, Los Lunes de El Imparcial recuperan algunas recientes críticas más leídas de libros destacados. ¡Feliz 2023!

La Esfera de los Libros. Madrid, 2022. 484 páginas. 23,90 €.

Por Carlos Abella

Con el rigor y la minuciosidad de que ha hecho gala en anteriores libros, Pedro Corral (San Sebastián, 1963), periodista y escritor, ofrece en este Vecinos de sangre un descarnado y duro relato de lo que fue la Guerra Civil en Madrid entre 1936 y 1939, desde la aproximación a lo sucedido en cada casa, en cada portal, en cada sótano, escalera o ático, porque ahí está la entraña de las delaciones de porteros y sirvientas hacia supuestos simpatizantes del “alzamiento” militar del 18 de julio, pero también los testimonios de los que por encima de sus ideas o afinidades, les protegieron, escondieron u ofrecieron distinta versión de la inicial.

Impresiona leer, (página 59), que “en total nueve bomberos del Cuerpo de Bomberos de Madrid -cuatro de ellos jefes, de los seis existentes entonces en el servicio- fueron asesinados en los primeros meses de la guerra por las fuerzas frente populistas, mientras que dos lo serían después por los franquistas bajo la acusación de haber participado en los asaltos al Cuartel de la Montaña o la Cárcel Modelo”.

Es dramática la lectura de la programada relación de ejecuciones por oficios, de los que por supuesto no se libraron ni el más modesto barrendero, electricista, taxista, o comerciantes, abogados o pequeños empresarios por ser sospechosos de simpatizar con los sublevados, o de pertenecer a Falange, o a otras organizaciones derechistas; y es en este contexto cruel que la palabra “paseo” ocupa cientos de páginas en este libro, que acredita que los tres años que duró la contienda en Madrid se ajustaron a la palabra que tanto usan y de la que tanto abusan abogados de vocación universal y que solo atribuyen este “genocidio” a las represalias realizadas por los vencedores al término de la contienda.

El lector de este libro debe estar preparado para leer párrafos como el siguiente, extraídos de los testimonios revelados en los juicios seleccionados por el autor, que desacreditan el actual propósito de la Ley de Memoria Democrática y el afán inquisitorial y vengativo de sus impulsores: “(página 176) “Hubo también ocasiones en las que los allegados pedían temeraria y solidariamente ser conducidos con los detenidos a la checa, como atestiguaron los vecinos de la calle Fernández de la Hoz 29 ante la detención del inquilino Miguel Sanchiz Vergara, joven abogado que vivía en el entresuelo derecha con su madre y su hermana: a las diez de la mañana del 14 de septiembre de 1936 vinieron cinco individuos de las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU), que dijeron tener una denuncia contra él por “fascista”. Antes de llevárselo, hicieron un minucioso registro, apoderándose de alhajas, ropas y objetos varios, se lo llevaron a la Checa de Fomento, acompañado también por su hermana y voluntariamente por su anciana madre (omito el nombre) que no quiso dejarlos ir solos. Los tres pasaron la noche juntos en los calabozos de Fomento. A las siete de la mañana del día siguiente la madre y la hermana fueron puestas en libertad, después de asegurarles que Miguel sería trasladado a las dependencias que la DGS tenía en la calle Víctor Hugo, 10, detrás de la Gran Vía. Cuando fueron allí para preguntar por él el día 16, les dijeron que no estaba. El cadáver de Miguel apareció en la cuneta de la carretera de Andalucía y tuvieron que ir a identificarlo a la morgue del Hospital de San Carlos”. Como éste hay cientos de testimonios del horror que tantos vecinos de Madrid sufrieron durante la guerra.

Los militares y los funcionarios fueron otros cuerpos asediados desde el minuto uno del 19 de julio de 1936 y a su pérdida de condición y graduación, se unió la de sus vidas. Un capítulo curioso -por utilizar una adjetivo inapropiado en el contexto del relato del libro- es comprobar cómo ir “a matar gente” a Madrid se convirtió en lo que Corral define (página 65) como “turismo revolucionario”, acreditando como patrullas de vecinos de localidades próximas a la capital procedían a ejecutar a vecinos de sus pueblos asentados en Madrid y en ello colaboraban las propias autoridades de las provincias, ofreciendo detalles de la definitiva localización de las víctimas.

Palabras como checa, incautación, sacas, milicia, desafección, denuncia, redada, violación, ultraje, desaparición, fusilamiento, detención, encubrimiento, ocultación, refugio, matanza, madrugada, son citadas con macabra reiteración. Escenarios como Paracuellos, Porlier, Fomento, Bellas Artes, cementerio de Aravaca, de la Almudena aparecen una página tras otra con la siniestra presencia de milicianos, rusos, soviéticos y de personajes como García Atadell. El libro nos abre la luz sobre los organismos parapoliciales al servicio de los partidos y los sindicatos encargados del “trabajo sucio”, de los “paseos”, “sacas”, “identificaciones y ejecuciones” de los miles de gentes de Madrid que murieron asesinados. Cito alguno de ellos: MVR (Milicias de Vigilancia de Retaguardia) -creadas en septiembre de 1936 y que llegaron contar con 2000 efectivos-, CPIP (Comité Provincial de Investigación Pública) -fundado el 4 de agosto de 1936-; con ellos aparecen citados quienes ejercieron en aquellos años el poder: PSOE, PCE, CNT, FAI, UGT, POUM, JSU, y organizaciones libertarias como los Ateneos, las casas del Pueblo, nombres que desfilan con contumaz insistencia por las 484 páginas -incluidos los apéndices de las fuentes y referencias- de este libro, que es fruto de un ingente trabajo de consolidación de datos.

Pero guiado por su honestidad como historiador y como investigador, Corral ofrece también la investigación exhaustiva sobre quince mil testimonios de porteros, vecinos o comerciantes, las centenares de historias de aquellos que vivieron a pie de calle la guerra y los juicios que concluida la misma realizaron los vencedores sobre quienes supuestamente habían denunciado, colaborado con el trabajo sucio de las milicias, la enloquecida y sistemática eliminación de algunos poderes republicanos, a los supuestos “falangistas, afiliados de partidos de derechas y personas en la terminología republicana, “desafectos” a la causa de la República.

Y si emotivo es conocer cuántos afiliados a organizaciones sindicales de izquierdas, ya fueran socialistas, comunistas o anarquistas, ampararon a vecinos de signo derechista, monárquico, falangista o simplemente cristiano, igualmente lo es leer como en los juicios que los “franquistas” realizaron al terminar la guerra fueron muchos también los vecinos, inquilinos, propietarios de viviendas que avalaron verbalmente en los citados juicios la conducta de sus servidores, de los porteros, o de sus afines.

El relato de Corral detalla calle por calle del Madrid de esos años y al lector se le abren las carnes al leer como la venganza, la envidia, la pura codicia y por supuesto el ensañamiento personal fueron comportamientos mayoritarios, inspirados en la debilidad, en la cobardía y la pretensión de salvaguardar su futuro. Curioso me ha sido conocer comprobar que la que fue mi casa en Madrid en la calle Monte Esquinza “fue incautada por la CNT (página 328) que era la que cobraba los alquileres de los inquilinos, pero que no pasó a manos de Hacienda hasta agosto de 1937 casi una año después del decreto de Negrín”, quien como ministro de Hacienda creó el 27 de septiembre de 1936 la Junta de Fincas Urbanas Incautadas, en virtud del cual “la potestad de incautación de fincas, su administración y la recaudación de alquileres pasaba a manos de Hacienda”.

En Vecinos de sangre, las fuentes utilizadas por Corral se centran en la rigurosa lectura de los testimonios de unos contra otros y de unos a favor de otros, de forma que lo mismo nos revela como la denuncia de un portero valió para que varios inquilinos de una misma casa acabaran en el cementerio de Aravaca, o en Paracuellos del Jarama, o también que al terminar la guerra fueran muchos los porteros que como escribe Pedro Corral en la página 267 “acreditaron haber antepuesto su conciencia a su ideología haciendo suya la frase “se puede morir por las ideas pero nunca matar”, pronunciada por Melchor Rodríguez, el Delegado Especial de Prisiones de Madrid, más conocido como “el ángel rojo” que “detuvo las sacas y matanzas de los presos considerados desafectos al régimen republicano ”.

Como conclusión, además de la conveniencia de su lectura para que la sociedad española esté concienciada de lo que hicieron quienes ahora quieren una venganza histórica sobre el periodo 1939-1983 -sí 1983- dejo la sabia recomendación que el propio autor nos ofrece en una entrevista realizada en El Debate en mayo de este año, y que nos desvela el origen de sus fuentes:
“Son las declaraciones juradas de porteros y vecinos realizadas ante los vencedores en Madrid en 1939 que, aunque no es material inédito, sí se ha manejado muy escasamente, salvo excepciones. Está digitalizado y es de muy fácil acceso a través del Archivo Pares del Ministerio de Cultura. De hecho, dejo un índice documental al final del libro para que el lector pueda consultar el portal o la calle que le interese. A ello.

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