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TRIBUNA

Contra la atención servil o del gran alistamiento.

viernes 20 de enero de 2023, 19:23h

El horizonte se veía limpio a través de una atmósfera diáfana, en la distancia los árboles ofrecían el color del primer día y un viento suave barría la superficie de la tierra como un murmullo trascendente, que sólo atienden los que saben escucharlo. El mundo parecía de estreno, renovado por el agua lustral del invierno por fin helado. Después de mucho tiempo pude ver que el mundo era bueno y era bueno el rostro del prójimo.

La belleza de la mañana, rojo incandescente en el extremo del paisaje, se sobrepuso sin esfuerzo a la diaria escombrera de sugestiones, demandas y banales solicitaciones. Reconocí en el instante la presencia real de una verdad olvidada. Simone Weil afirma que siempre que se presta atención se destruye el mal en sí. Mi atención – liberada de las redes que la someten – vagaba por el aire sin mancha de la mañana. Volví a ver el rostro inefable de la realidad.

La huida de las redes sociales, la evitación de las pantallas, la búsqueda del silencio y del reiterado murmullo que cada noche me acompaña: medios contra el hastío, que nos educan en la paciencia y el sosiego, en la visión detenida y la lectura lenta, parsimoniosa, recitativa. Medios que nos enseñan a agradecer la bondad inmerecida de cada día y a obedecer las exigencias de una realidad que trasciende el deseo caprichoso; esa dura cadena que nos somete a los poderosos ingenieros de la atención, a los constructores de nuestra subjetividad herida. Somos conciencias serviles cuya soberbia fatua no puede esconder el hueco por la que se nos escapa la vida, la llaga abierta de una atención mutilada y quebradiza.

Se alzan voces contra el rapto de la atención, último yacimiento explotado por una mercantilización sin límites de la vida. Mathew Crawford, Jaron Lanier, James Williams, Johann Hari, Bruno Patino… antropólogos y tecnólogos, ingenieros que han mirado cara a cara al nuevo Leviatán tentacular y numeroso, con forma de enjambre infinito: micrófisico, capilar, disperso. Al gelatinoso espectro que late escondido tras la muchedumbre de ingenios inteligentes que eclipsan nuestras capacidades, facilitando una pseudosatisfacción inmediata de los mismos deseos que nos sugiere esa muchedumbre de adminículos Smart. Como esa lluvia que cae finísima y paciente, pero que cala hasta el tuétano de nuestra subjetividad vencida. No en vano lo llaman calabobos. Inteligencia estupefaciente, si es cierto que el incremento incesante de la inteligencia artificial exige un constante decremento de nuestra vieja inteligencia humana. La atención se fragmenta en lapsos que no pueden sumarse, dispersión de unos contenidos a otros en el infinito Scroll de una pantalla que nos devuelve el esperpento de nuestra vida distorsionada.

Los mismos agentes de esa nube sombría arrancan de las manos de sus hijos los ingenios inteligentes y los devuelven al espacio mostrenco del juego compartido y de la lectura continuada. Espacios libres de tecnología, retorno al orden offline en el que la desconexión hace posible la comunicación.

No conozco la vía revolucionaria que pudiera sacarnos de la tormenta electrónica que nos fragmenta y nos dispersa hasta anular nuestras capacidades, rompiendo en mil pedazos nuestra atención. No soy un ludita y descreo de las soluciones solitarias, formas de huida al alcance de unos pocos.

Veo, sin embargo, signos de una mutación elemental: son cada vez más los que abandonan sus puestos de trabajo, comparativamente bien remunerados, ante el tedio insondable de una vida sin sentido. Los llaman la “gran renuncia”, pero pudiera no ser una simple huida del bornout laboral, Pudiera ser un alistamiento. Unidades que se suman al frente único a la espera de la gran batalla: por la obediencia sostenida y voluntaria, por el prójimo de carne y hueso, por un oficio que rehabilite relaciones de responsabilidad y confianza, por la victoria de la vieja condición humana, por la atención – en suma – que nos permita ver cada mañana el amanecer del mundo con una esperanza armada.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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