En sociedades construidas sobre los pilares del éxito y la conquista, de la competitividad y la marca, cuando apenas los sueños nos dejan escuchar otras voces que no sean ¡has llegado! o ¡lo has conseguido!, entre risas y vinos, un grupo de amigos discutíamos si llevan razón quienes creen que somos proyecto. ¿Verdaderamente tenemos que mirar hacia delante o, en un esfuerzo de sublime renuncia, podemos soltarnos hasta ir a la deriva? Ir la deriva, sin llegar ni objetivar. Hacer de ella casa, quizá el origen de poetas y vagabundos del saber. Y así lo expresa Umberto Eco: “Los perdedores y los autodidactas siempre saben mucho más que los ganadores. Si quieres ganar, tienes que concentrarte en un solo objetivo, y más te vale no perder tiempo en saber más: el placer de la erudición está reservado a los perdedores.” Este es, precisamente, el quid del asunto: si hay algo tan valioso que merezca la pena convertir la vida en meta para conseguirlo.
La tradición nos dice, indudablemente, que somos proyecto, futurición, ser para la muerte. Desde aquella imagen del prisionero acercándose a la luz exterior, o la concepción judeocristiana de ser inacabado, entre bestias y dioses, que condena al ser humano a vagar en el exilio buscando la tierra perdida, el hombre ha sido visto como ser orientado hacia delante, esperando a lo que está por venir, como si de la vida lo último que se perdiera fuera el eterno horizonte del mañana. Y el caso es que todavía hoy el mundo se sigue construyendo con la mirada puesta adelante. La vida es como el tren que no podemos perder o la pista de obstáculos hasta el paradero final. Por ejemplo, y así lo recuerda la filósofa Marina Garcés en su Escuela de aprendices, el ascenso escalonado al conocimiento se convierte en las sociedades meritocráticas actuales en condición para el progreso social y político, donde los nuevos títulos académicos reemplazan a los aristocráticos: “Desde el árbol del conocimiento, con todas sus ramas, hasta las actuales teorías de la complejidad, de los antiguos archivos a las modernas enciclopedias o a las actuales bases de datos, la cultura occidental se ha dedicado a producir conocimiento, a clasificarlo, a exportarlo y a imponerlo. Es una cultura patrimonialista y acumulativa.”
Junto a nuestros sistemas educativos obstinados en la acumulación y la superación, en este esfuerzo por hacerse un currículo estructurado en programas cada vez más dirigistas, el mundo laboral fija la atención en la obtención del mejor resultado, y no importa tanto lo que se haga si con ello se optimiza la rentabilidad. Y lo mismo ocurre en el deporte, donde la marca y el récord importan más que el coraje de la lucha, el placer de la competición o el esfuerzo por conseguir la excelencia. Incluso bienes universales como la salud o la felicidad se convierten en logros y metas a alcanzar, generándose toda una industria del bienestar que nos envuelve como hacen los paraísos imaginarios con sus fieles. Seguimos creciendo bajo el yugo del éxito y del fracaso. Seguimos viéndonos como piezas de las que se espera el movimiento correcto, atentos a ese objeto refulgente de la cueva que nos librará del fracaso existencial. Y así, con la credulidad con la que Aladino avanzó hasta tomar la lámpara, engañado por el poderoso mago, continuamos avanzando por la autopista de la vida perpetrada para minimizar el riesgo del extravío y el desvarío.
Pero la vida, como resuenan las palabras de Umberto Eco, está hecha de momentos para el gozo y la perdición. Momentos en los que uno se pierde, hasta olvidarse incluso de sí mismo y de cuanto le rodea, en un sobresalto vital que, abrupta pero deliciosamente, nos instala a la espalda de las cosas, dejándolas de lado, desposeyéndolas de porvenir y de la obligada obediencia a tener que usarlas. Son momentos de sublime arrebato, cuando el sol acaricia de forma que ya solo queremos sentir su caricia, y el tiempo deja de instar y atosigar, y nos sumergimos en ese otro tren que no sabe avanzar, ni progresar, ni siquiera esperar a que devenga lo que aún no es. Y es, precisamente ahí, cuando advertimos el engaño, o el embrujo, que padecen quienes siguen contando sus días a golpe de martillo y reloj, hechizados por el único objetivo de no perder el tren del triunfo y la ganancia.