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TRIBUNA

Rusia: la democracia quebrada

martes 24 de enero de 2023, 19:28h

Me ha inspirado escribir este artículo la reciente manifestación de la Sociedad Civil española, el 21 uno de enero, en la madrileña plaza de Cibeles. Lo que voy a describir sucedió en Rusia y es un ejemplo de cómo se puede quebrar la democracia en un país desde su propio sistema democrático, si “la sociedad civil” se deja que la manipulen los políticos sin escrúpulos, corruptos y totalitarios. Ocurrió en Rusia, pero puede suceder también en España, ya que algunos procesos que llevaron a la destrucción de la democracia en la Rusia “post Yeltsin” tienen cierta semejanza con lo que está pasando los últimos años en la España de Zapatero-Sánchez. La sociedad civil rusa falló claramente en la defensa de la democracia en su país. Espero que a la sociedad civil española no se la ocurra lo mismo.

Hace justo 31 años, en enero de 1992, se empezaron en Rusia las reformas, promovidas por el entonces presidente del país, Boris Yeltsin. Su principal objetivo era transformar la Federación Rusa, con la economía socialista, heredada de la disuelta – en diciembre de 1991 – la Unión Soviética, en un país libre y democrático, con la economía de mercado, propia de la mayoría de los países occidentales.

Vale la pena recordarlo hoy y apreciar la envergadura de las reformas, tanto económicas como políticas, llevadas a la práctica durante los dos mandatos presidenciales de Boris Yeltsin (8 años en total). Porque puede parecer que después de los 22 años de la permanencia en el poder en Rusia de Vladimir Putin – quien convirtió de nuevo a la democrática Rusia de Yeltsin en un país totalitario y agresivo, como lo fue la extinta URSS – no hubo, entre las dos dictaduras, la comunista soviética y la putinesca de hoy, ningún periodo “democrático” en la reciente historia de un país más grande del planeta.

Y no es así. Hubo un tiempo, cuando la democracia y la libertad estaban reinando en Rusia, a pesar de su historia milenaria del absolutismo y totalitarismo. Y lo fueron, precisamente, los 8 años del gobierno de Boris Yeltsin, que convirtieron a Rusia en un país libre y democrático, política y económicamente hablando. Pues, empezaré por sus reformas económicas que fueron decisivas.

Cuando la URSS se disolvió en 15 estados “independientes y soberanos” – los que hasta entonces formaban la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas – Rusia (la Federación Rusa) era entonces un país con la economía socialista (centralizada y planificada) y con un régimen político que sólo estaba dando los primeros pasos hacia el establecimiento de un sistema democrático, iniciados por Mijaíl Gorbachov, bajo un plan de reformas llamado la “Perestroika”.

Así que, Boris Yeltsin, el Presidente de la Rusia, recién salida de la URSS, tenía una complicada tarea de proseguir los primeros cambios de la “Perestroika” en unas profundas y atrevidas reformas, con el objetivo de sacar el país de una fracasada economía socialista centralizada y llevarlo hacia la economía de libre mercado “capitalista”.

El tramo más difícil de esta travesía del socialismo al capitalismo consistía en transformar la “propiedad estatal” de los medios de producción y de todo tipo – la clave de un sistema socialista soviético – en una “propiedad privada”. O sea, se trataba en cierto modo de volver a los 74 años para atrás, cuando los bolcheviques habían llegado al poder, derrocando el régimen zarista, que se basaba en un sistema económico capitalista. Los bolcheviques nacionalizaron todos los bienes y propiedades que se encontraban en manos privadas, entregándolos al único dueño – el Estado Soviético. Ahora, el reformista Boris Yeltsin tenía que devolver esta propiedad estatal a sus desvalijados dueños, los ciudadanos rusos.

Por tanto, la medida más importante de las reformas “capitalistas” de Boris Yeltsin, fue la “privatización del patrimonio nacional”, concentrado en más de 200.000 empresas de todo tipo, desde las muy pequeñas, con decenas de trabajadores, hasta las muy grandes, con decenas de miles de personas en sus nóminas.

Resultó una tarea complicadísima y prácticamente única, teniendo en cuenta la envergadura del país y que el 100% del patrimonio de Rusia pertenecía al Estado. (Las reformas algo parecidas, realizadas en los ex países socialistas centroeuropeos y en China comunista, no tenían tanta complejidad y profundidad, dado que en estos países existían ciertos sectores “privados”, mayoritariamente en la industria ligera y en la agricultura).

No voy a explicar en este artículo cómo fue este proceso de privatización en Rusia en la época del Presidente Yeltsin. El que quisiera conocerlo más detalladamente, puede encontrarlo en mis tres artículos sucesivos, publicados en “El Imparcial”, en las fechas del 23,25 y 29/01/2020, bajo el título “La Rusia de Yeltsin: la difícil travesía del socialismo al capitalismo”.

Solo diré, que en menos de 4 años, el grueso de la privatización fue realizada y más del 80% de la economía productiva del país pasó a las manos privadas. Y en Rusia fue constituida una nueva clase – no existente en la época socialista soviética – la “clase de los propietarios” y con ella fue creada una “economía de mercado”, basada en la propiedad privada y en la competencia empresarial.

Ya para los años 1995-97, Rusia dejó de ser un país socialista. Un record absoluto, en el tiempo y desde el punto de vista de la profundidad de los cambios producidos. Y, al mismo tiempo, fue una clara manifestación de la enorme capacidad del pueblo ruso a la hora de afrontar los retos, que la historia le estaba planteando para la transformación y la modernización de su país.

No menos importante fue la reforma política, cuyo objetivo era hacer de Rusia un país más libre y democrático, abierto a todo el mundo, cooperando con los países democráticos occidentales y acercándose cada vez más a la Comunidad Europea y a los EE.UU, antiguos enemigos “crónicos” de la extinta URSS y de la Rusia socialista en su seno. Se barajaba la posibilidad de la entrada, en un futuro próximo, de la nueva Rusia democrática en la Comunidad Europea y en la OTAN. De hecho, en Moscú estaba funcionando la oficina de la Alianza Atlántica.

Boris Yeltsin gobernó unos 8 años. Incuso, no pudo acabar su segundo mandato por muy precario estado de salud. Dimitió en diciembre del 1999 y eligió como su sucesor a un desconocido y joven político, Vladimir Putin. Yeltsin estaba convencido de que su leal discípulo proseguiría las reformas, que él había empezado en enero de 1992 y llevaría el país por el camino del perfeccionamiento de su sistema democrático y de la integración de Rusia en el Club de los países más libres y más desarrollados del mundo.

Y ¿qué hizo el heredero del trono kremlineano? Pues, traicionó a su “gran maestro” político y empezó a montar su propio régimen. En lugar de ir liberalizando aún más la economía, para hacerla más competitiva e independiente de las instituciones burocráticas estatales, Putin la sometió bajo el control y el dominio de las estructuras oligárquicas paraestatales, creadas por sus amiguetes personales y los colegas de la antigua policía política soviética, la KGB, convertida durante las reformas yeltsinianas en la FSB.

Todos los negocios y los flujos financieros del país se pasaban bajo el control de la nueva oligarquía putinesca. El resultado de esta nefasta política económica fue que la Rusia, heredada por Putin y que tenía durante los años 2000-2008 unos índices del crecimiento del 6% -7% anual (más altos entre los países occidentales en aquel momento), empezó a crecer cada vez menos y en los últimos diez años su crecimiento estaba rondando un “cero”.

Aún peores fueron las consecuencias en la palestra política, tanto interior como exterior. Dentro de Rusia fue establecido un régimen dictatorial a toda regla: fue eliminada la oposición a base de las represiones brutales y los asesinatos de sus líderes; el Parlamento, la Fiscalía, el Tribunal Constitucional y otras instituciones democráticas fueron sometidos al control absoluto del Kremlin; la propia Constitución democrática de Boris Yeltsin, aprobada en 1993 durante su mandato, fue vulnerada y manipulada constantemente por Putin y, finalmente, en 2020 fue suprimida por la otra, redactada al antojo del Caudillo kremlineano; fueron establecidas las limitaciones a la libertad de expresión solo comparables con la censura en los tiempos soviéticos; las buenas relaciones y del respeto mutuo, que Boris Yeltsin estaba manteniendo con las ex repúblicas, que formaban la URSS hasta su desintegración, pasaron a ser del dictad, del sometimiento y de amenazas a las que no querían seguir la nueva política “imperialista” del nuevo amo del Kremlin: Georgia, Ucrania, Azerbaiyán, Moldavia (Moldóva), Kirguísia y otras.

Y en la palestra internacional el dominador común fue: el alejamiento de los países democráticos; la imposición de los criterios de la defensa a ultranza de los intereses rusos y de sus anteriores influencias geopolíticas de la época soviética; la ruptura de varios acuerdos en temas del desarme, conseguidos en su momento por Gorbachov y Yeltsin; no respeto y la violación de los tratados internacionales sobre los derechos humanos. Hasta llegar a la violación militar de las fronteras de un país soberano, como Ucrania, atacando su territorio, con la intención de conquistarla y someterla al dictad del Kremlin, amenazando a los países que intentasen de impedirlo de emplear contra ellos el armamento nuclear.

Muchas vueltas debe estar dando en su tumba el gran reformista Boris Yeltsin, “viendo” en qué se convirtió la Rusia democrática, que él había dejado a su discípulo traidor. No obstante, creo que no todo está perdido y que no todo el pueblo ruso comparte la política imperialista e inhumana de su actual líder, por mucho que la propaganda del Kremlin lo asevere.

Tengo la esperanza de que, una vez vencido el ejército agresor ruso en los campos de batallas en Ucrania y caído el régimen de Putin, en Rusia se encontrarán unas fuerzas políticas y unos líderes más democráticos y honrados, que los que ahora gobiernan el país, acusados de los crímenes de guerra y aislados del mundo civilizado. Quiero creer que la Rusia “post Putin” se volverá a la senda democrática y formará de nuevo una parte importante del mundo libre y democrático.

Ocurrió hace 31 años, después de la dictadura soviética, que había durado 70 años. ¿Por qué no podría suceder de nuevo, después de los “sólo” 22 años de la dictadura putinesca?

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