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LA BÁMBOLA

Manu Gálvez apaga la luz e incendia la vida

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
miércoles 25 de enero de 2023, 19:25h

El periodista Raúl del Pozo y el futbolista Miguel Pardeza levantan el cirio por las almadrabas sociales: La luz apagada (Pábilo Editorial). José F. Peláez sitúa a Manu Gálvez, autor de la novela, como un “yonqui de la palabra”. Pardeza, en el respectivo prólogo, pinta y no el texto de novela generacional, treintañeros sin horizonte, “millennials” a los que el auge digital sitió en un nuevo e inesperado retablo para desheredados, deambular errático y callejero, horas bajas, inercias sociales, inestabilidad y salarios de risa.

Manu Gálvez hace la crónica madrileña de un tipo sin horizonte, Fuente del Berro entre jubilados crónicos y vagabundos lectores, plaza de Manuel Becerra entre paraguayos tras la barra y jefes explotadores, librerías de Malasaña pobres y con sonrisas congeladas, castañeras que venden poemas, la soledad impuesta y no elegida, el bucle. La novela empieza como un grito silente: “Hay que saber estar triste sin perder la dignidad”. El lenguaje directo convulsiona por frecuentes aforismos y así comienza una simpatía por la tristeza amable, clima inevitable, aliada/novia fiel.

La resignación sopla como otro viento suave: “Somos la desobediencia huidiza. La que no levanta la voz, la que no se queja en el bar o con el peluquero, la que sabe que el enemigo es enorme, poderosísimo y que no se le puede vender pero sí provocar pequeñas heridas”. La novela trata sobre la asunción de trabajos paupérrimos –portero de finca privada, dependiente, comercial- donde la libertad comienza por un sueldo y la vida es el tiempo que uno dedica a sí mismo, en contra de generaciones anteriores, entre el lucro y la acumulación. “La pobreza del poeta será para mí la riqueza más ostentosa”, dice el personaje cautivo.

Manu Gálvez escribe en el alambre, un paso detrás de otro, el río navegable de la Castellana, los vagabundos junto al Bernabéu, áticos con piscina de Menéndez Pelayo frente al Retiro, chalecitos de Pilar de Zaragoza con servicio uniformado, frío de época sin panfleto ideológico ni autodestrucción: “La mierda de uno mismo nunca te huele mal”; “La vida es tristeza salpicada de gotas de felicidad”, “Soy un treintañero que se fija más en los ancianos que en los niños”. En la vieja distinción de Eco entre apocalípticos e integrados, el personaje quiere ser de los segundos y salir adelante, por eso aspira a un puesto de trabajo y madruga. La imaginación es el sumidero: una vida de taxista inexistente e imposible, fabulador por los bares mientras destila literatura afiebrada, mucho encuentro fortuito bajo el viento de la mascarada.

La luz apagada es un tiovivo, viaje circular, deriva urbana, café negro y cúspides de Somontano entre broncas familiares debido al currículum, el hambre y las ganas, el beso y el mordisco. La salvación es el amor, el ligue ocasional, mientras la renuncia a cualquier cuota de poder se evidencia y donde la salud es no tener jefe, en la medida de lo posible, ni trabajar más de ocho horas: “Sólo me alimento de mis sobras. Solo quisiera pensar que un día olvidé quién era”, “La vida es elegir y quedarte con lo único que no has olvidado”, “Todos llevamos demasiados años con nosotros encima”. La juventud, sí, es hoy demasiado olor a viejo en el metro y cierto vértice o espuma por Diego León, Padre Damián, Elipa, Fuente del Berro donde las flores vienen con algo de porro marroquí, sexo ambarino y tabaco barato.

Pululan -eterna cofradía de la pirueta- libros de modernos, canciones viejas, lenguas extrañas en el reto y duelo de abrazarse, actores rotativos para quienes no contarlo todo es la supervivencia. El sexo conejero, las chicas de bufanda naranja, las ninfas de pelo rosa y largo son otro pulso, otro tacto y minuto vivido a gollete. El abrigo de la lectura (“Escribimos siempre la misma novela con distintas palabras”) es una hoguera pequeña a cuyo cuidado nadie se suicida. La lucha por la vida no conoce el retraso: “No hay polvos como los que se echan desde la tristeza”, “La amistad es una cosa que va del beso al mordisco, “Solo digo la verdad cuando escribo”. Juventud entre latas largas, pizzas congeladas y vaho inútil: “La vida es lo que pasa mientras no estás trabajando en algo que te anula como ser humano sensible y con muchas cosas que sí quiere hacer”. Lo dicho: tiempo para uno, arte, pobreza, amor y humor.

Manu Gálvez –columnista de EL IMPARCIAL durante un tiempo- debuta en una prosa elástica, clásica, con mucho sabor a vino con Casera y carajillo. Escribe la gran novela del presente, como secundario de lujo, con mucho olor churros, porras y chocolate caliente. Por el restaurante de su padre en la Castellana iba mucho Fernando Fernán Gómez, entre lagos de whisky y barba con ortigas, y viendo al maestro escribir sobre servilletas, decidió ser escritor sin perder la vida en la propuesta. Así colecciona frases populares (“De un pollazo le quitaba yo a esta su cara de amargada”) mientras viste de sensato, de espía, de buen chico con los ojos muy abiertos, amarilleado el cabello por algunas farolas. Aquí en La luz apagada es el taxista al que la realidad exige ficción. Ya lo dijo Umbral, nadie se merece la verdad, hay que salir por ahí con la mentira puesta, ajeno a dramas y cantamañanas: “Las sensaciones mejoran cuando no se las ve”, “Saber que está el otro es lo que necesitamos”. Su juventud en pijama, cansada y eléctrica por lo inesperado, igual es habitual e histórica. A veces mucha bomba, y otras mucha mecha. Un pasote.

Diego Medrano

Escritor

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