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TRIBUNA

Fenómenos increíbles

Juan José Vijuesca
miércoles 25 de enero de 2023, 19:27h

Cuando alguien se acerca a ti y dice haber visto un burro volando cabe la posibilidad, por remota que esta sea, de tratarse de algo cierto. Por supuesto que nuestro uso de razón se pondrá a la defensiva para descartarlo, pero acto seguido se produce una reflexión casi automática que nos inmoviliza el pensamiento. Ya sé que estamos hablando de un fenómeno fantástico, una de esas cosas que solo se dan cita en los cuentos para niños e incluso en la ficción menos infantil de cierta clase política, pero que a día de hoy, y a pesar de todo, conviene reconocer que cada vez es más escasa la capacidad de asombro.

Si diéramos por buena la versión de quien nos advierte del avistamiento del burro volador, en nada que cualquier medio informativo al servicio del poder establecido se hiciera eco, es casi seguro que la mayoría de nosotros participaría del fenómeno aunque solo fuera por la ley de mínima probabilidad. Unos miraríamos al cielo y otros tratarían de hacerse un selfie con el protagonista de la historia. Estoy convencido de que la rareza recorrería las redes sociales hasta el punto de establecer hipótesis acerca de la veracidad, con lo cual aquella presunta visión imaginaria comenzaría a desarrollarse como una mentira camino de convertirse en verdad.

A no tardar saldrían a escena los grupos de animalistas con teorías del bienestar animal tratando de no sobredimensionar el fenómeno para evitar causarle estrés al burro, más que nada por tratarse de un ejemplar único, pues jumentos voladores no se dan todos los días. El animalito sería declarado especie protegida con severas multas y sanciones para quienes incumplieran la ley Belarra. Acto seguido el asunto entraría en clave política por aquello de las oportunidades para el sindicado enchufismo, de manera que se crearía un Comité de Expertos en perspectiva de burros voladores, una Dirección General, una Subdirección General, una Secretaría General y por supuesto una Vicesecretaría General dependiente del nuevo Ministerio de Fenómenos Increíbles.

Los supuestos expertos en la materia formarían parte de los deleitables salarios y demás canonjías a cargo del contribuyente y las voces críticas serían tildadas de facherio. Entonces el gobierno establecería el delito de odio al burro volador y con ello, a toda prisa, el desarrollo de una ley en materia de derechos para los burros planeadores. El plan futuro se concentraría en la normalización de la causa hasta el punto de que estar a favor o en contra del burro volador podría marcar los destinos de todo un país cuando este fuera convocado a las urnas.

Todo esto nos lleva a no olvidar que la mentira es la antesala de la traición y de ello se desprende que la verdad, cuando es adúltera, corrompe el ideario estableciendo confusión, dudas y lo que es peor, ignorancia. Sabido es que la impericia voluntaria es siempre y en todas partes del mundo un mal. Ese es el juego de quienes dictan estrategias sin reparar en nada y sin cuestionarse precio alguno con tal de conseguir sus ansiados propósitos, entre ellos el desvirtuar la realidad de las cosas. De ahí que cada día sea más frecuente comprobar como los individuos y las sociedades se encuentran conviviendo en situaciones donde la moralidad e inmoralidad forman parte de su misma vida. Además, están de tal manera implicadas entre sí, que para el propio individuo es, en no pocas ocasiones, muy difícil el poder distinguirlas con precisión.

Sin entrar en cuestiones filosóficas, me acojo a la constatación hecha por Hannah Arendt: “Nadie ha dudado jamás que la verdad y la política nunca se llevaron demasiado bien, y nadie, por lo que yo sé, puso nunca la veracidad entre las virtudes políticas”. Esto, a mi entender, me lleva a determinar que el problema de la verdad en política es, por tanto, también el de la mentira. Dicho de otra manera, convertir la falsedad del burro volador en algo verosímil no es fruto de la casualidad, sino más bien de una liturgia ideológica dedicada al lavado y centrifugado de mentes abiertas y ricas en libertad de pensamientos.

La mentira ataca verdades comunes incómodas y eso resulta ir contra el pensamiento único que a la postre es la madre del cordero. Que la propaganda y la manipulación sustituyan una realidad por otra, que sean muchos los que colaboren en esa sustitución y que los mismos mentirosos se beneficien del fingido mundo inventado por y para ellos, es la loa de los césares. Mientras tanto, al pueblo soberano se le aturde haciéndole creer que un simple burro volador es causa suficiente para cambiar la percepción de los verdaderos problemas que atañen a la sociedad. No obstante, poco que reprochar cuando, a pesar de todo, la fuerza de la mentira hace las delicias de la entregada muchedumbre que vitorea y jalea a los diosecillos terrenales.

En fin, a grandes rasgos esta especie de metáfora tal vez nos haga ver cosas irreales, pero a la vez también nos invitan a presenciar cosas que aun siendo reales haya quienes prefieran no verlas. Es lo que tienen los fenómenos increíbles.

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