“Cristianos escondidos” de Nagasaki
lunes 13 de octubre de 2008, 21:24h
Sabido es que el catolicismo se introdujo a Japón hacia la segunda mitad del siglo XVI por los misioneros europeos, entre los cuales se encuentran los nombres altamente conocidos como Francisco Javier, el portugués Luis Frois, el italiano Alessandro Valignano y otros religiosos. La labor de evangelización se desarrolló enérgicamente primero en la parte occidental del país y sobre todo en la isla meridional de Kiushiu con las conversiones, no sólo del pueblo en general, sino también de los algunos señores feudales de importancia. Especialmente en la región de Nagasaki se formaron unos fuertes núcleos católicos y parecía que el catolicismo iba a asentar sus bases sólidas en competencia con las creencias religiosas tradicionales como el budismo y el shintoismo.
Sin embargo, ya en la primera mitad del siglo XVII comenzaron las duras persecuciones del shogunato contra los misioneros extranjeros residentes en el país y la mayor parte del pueblo cristiano fue obligada a abandonar su fe mediante las severas medidas opresivas gubernamentales. El último golpe decisivo para los cristianos fue la promulgación en 1613 del Edicto de prohibición del cristianismo, por el que se borraron todas las huellas del cristianismo en Japón y durante cerca de 250 años hasta la nueva disposición del nuevo gobierno de Meiji en 1873, el cristianismo había estado vedado y prácticamente aniquilado en la vida religiosa del pueblo japonés.
A pesar de estas arduas circunstancias para el cristianismo, en algunos islotes de la región de Nagasaki existían pequeñas comunidades cristianas que procuraron mantener su fe en clandestinidad. Son los llamados “Kakure Kirishitan”, o sea literalmente ‘cristianos escondidos’, que mientras por fuera procuraban aparentar ser budistas o shintoistas, seguían practicando el catolicismo con sus oraciones aprendidas oralmente, conservando en secreto el crucifijo, las figuras de los santos, el rosario y otros objetos de devoción. El culto se practicaba en una habitación secreta de una casa privada cerrada a cal y canto. De esta manera ellos mantuvieron ‘a su manera’ su fe cristiana con sus oraciones aprendidas de memoria sin dejar nada por escrito por el miedo a ser confiscado por las autoridades. Esta comunidad secreta estaba presidida por un hombre patriarcal para suplir la falta de sacerdotes que pudieran dirigir su vida espiritual. Las oraciones importantes como el padrenuestro o la salve se aprendían y transmitían oralmente durante todo este largo período de cerca de trescientos años con sus naturales desfiguraciones y tergiversaciones involuntarias, propias de un legado cultural transmitido únicamente por vía oral.
Es asombroso que ellos hubieran podido mantener su fe, aunque a su manera, por tan largo tiempo en clandestinidad. Después de dos siglos y medio cuando se levantó la ley de prohibición en la segunda mitad del siglo XIX, muchos de ellos se incorporaron de nuevo a la iglesia católica. Sin embargo, en varios pueblos pequeños de los islotes de Nagasaki quedaron algunas comunidades de los “cristianos escondidos” que se negaron a volver de nuevo a la iglesia católica, porque la práctica de la religión -repetida por tan largo tiempo en una comunidad secreta e incomunicada con el mundo exterior- había convertido su catolicismo en una religion “sui géneris” cercana a una creencia religiosa primitiva, por lo que prefirieron seguir con su peculiar modo de práctica religiosa transmitida de padres a hijos sin volver a la religión original de sus antepasados.
De esto ya han pasado más de cien años. Actualmente la nueva ola de alta tecnología y de racionalismo del mundo moderno también azota los pequeños islotes de Nagasaki y consecuentemente por falta de la gente joven que quiera suceder esta tradición y debido a la edad avanzada de los actuales practicantes, el número de “los cristianos escondidos” –aunque ya hoy en día no hay ninguna razón de tener que estar escondidos- va en descenso con alta posibilidad de inminente desaparición. Es evidente que habrá que hacer algo por lo menos para conservar este curioso patrimonio folklórico-cultural con sus hábitos religiosos peculiares. De hecho, además de su interés religioso, los actuales “cristianos escondidos” ofrecen una multitud de temas interesantes de tipo folklórico y lingüístico. Recientemente se han llevado a cabo la grabación y la publicación en CD de las oraciones recitadas por unos “cristianos escondidos” de avanzada edad y al mismo tiempo se están poniendo ahora en marcha los estudios a fondo de este fenómeno muy particular en la historia cultural del mundo. Ya comentaré en otra ocasión algunos de los descubrimientos histórico-culturales de interés.
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Catedrático de la Dokkyo University
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