Jaén: cima de Andalucía, clave de España
José Manuel Cuenca Toribio
lunes 13 de octubre de 2008, 21:28h
Jaén ¿Cuántos servicios a la comunidad andaluza, a España entera y a su convivencia no habrá prestado el pedazo de tierra española que durante largo tiempo fue también conocido y denominado Santo Reino? ¿Qué esfuerzos y sacrificios no regateó para equilibrar desigualdades, limar asperezas y, en fin, introducir la concordia en una región como la andaluza, siempre presta al desbordamiento y la arrebato?
Así, en efecto, lo descubre la historia. Cuando ha desafinado o chirriado algunas de las notas de la convivencia meridional, los hombres y mujeres de su alto solar han puesto mesura y discreción para adunar voces, borrar agravios y restañar heridas. En las graves horas en que ha estado en peligro la pervivencia de la propia soberanía o identidad del solar bético, Jaén montó guardia vigilante para impedirlo. Con desigual fortuna, desde luego, pero nunca con dimisión del honor o abandono de su deber histórico.
Al propio tiempo, en cualquier época o lugar, sus habitantes han presentado una decidida e indeclinable vocación por la modestia y el segundo plano, como valores no sólo individuales, sino también colectivos. En una comunidad donde el ingenio está a flor de piel y el abandono de la responsabilidad se enmascara con el humor elusivo y la gracia, Jaén encarna el trabajo silencioso, reacio a la recompensa, sobre todo, si es pública y vocinglera. Su presencia en la doble dimensión nacional y regional ha transcurrido en todo instante por tal senda, constituyendo así una pieza clave para el triunfo y materialización de muchos proyectos y aventuras de alto vuelo.
La hegemonía del factor popular, la huella de lo anónimo y colectivo es sin duda más intensa en la vida e historia del antiguo Santo Reino que en cualquier otra porción del Sur. Las elites fueron en ella más reducidas y débiles que en otras latitudes hispanas. De ahí, que alguien haya hablado de su traición al no encabezar nunca acciones reivindicativas y contenciosos provinciales o interregionales. Debido a su relativa proximidad a Madrid y convertirse, por ende, en tierra de promisión para cuneros y ambiciosos personajes políticos venidos a menos desde los inicios del liberalismo hasta nuestros días, tal rasgo de su personalidad pública parece dar razón a la denuncia acabada de recordar. El escaso ascendiente de las minorías dirigentes y la precaria conciencia de su misión no es, sin embargo, la causa principal de esta apertura al exterior de la sociedad jiennense.
La necesidad y la virtud se encuentran en la base del fenómeno. Privado secularmente de clases medias dinámicas y activas y con una cúpula señorial y oligárquica muy poco ilustrada, el pueblo se acostumbró a ver con esperanza cualquier influjo o aportación foráneos. La índole fronteriza del territorio sería, por último, otro elemento no desdeñable a la hora de enjuiciar el perfil por el que aquí nos interesamos.
A despecho de cumbres y sumidades, pródigas en su geografía física pero ausentes por lo común de la cultural, la encarnación más característica de algunas facetas claves de la personalidad del Mediodía español se encuentra en las manifestaciones de la antropología y cultura jiennenses. El buen sentido, el sano escepticismo, el saber alquitarado, en fin, el humanismo popular en su plasmación más genuina tuvo aquí, durante muchos avatares y días, su más fiel arquetipo.