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LA BÁMBOLA

En la muerte de Paco Candaya

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
martes 31 de enero de 2023, 19:51h

Paco tenía la raya del pelo muy de los jesuitas, muy marcada, muy peinado hacia un lado, y unas gafitas metálicas y delicadas de oficinista que protegían unos ojos claros y nada preguntones de poeta, de entusiasta loco por su aventura. Paco tenía las manos grandes, acostumbrado a milagros pequeños, y caminaba a zancadas considerables, guarnecido en mucha pana y forros polares, debajo jerséis de pico, deportista artesano sin pompa ni estrambote. Paco miraba a los ojos y fumaba mientras reía, fumaba mientras comía, fumaba mientras el entusiasmo dirigía la nave por lo bello y nuevo del mar nuevo encrespado. Fue Francisco Robles de nacimiento y Paco Candaya para todos.

Su mujer, Olga, cuya voz es un lago, cuyos ojos negros iluminan los milagros, cuyas manos puras prestan blancor a los folios que tocan, fundaron la Editorial Candaya, en principio, para alimentar todo el español al otro lado del charco. Dos profesores corrientes de instituto, enseñanza, media, con sueldos corrientes, y un billete de vuelta barato para venezolanos, argentinos, colombianos, mexicanos, el español con salsa picante, el español con música y cosquillas, el español rocoso y tropical, donde el arcaísmo tantas veces le dice al neologismo ven y tómame o bailamos juntos. Paco y Olga empezaron en la periferia catalana, pueblos donde vivían enraizados por familia o docencia y, con el tiempo y algunas excedencias, llegó un local bueno en Barcelona, llegó algo de centro y menos periferia, llegó el éxito modesto y sobrenatural de ser famosos nacionales.

Paco Candaya era una fiesta de bondad, verdad y belleza. En un premio de copete enseguida preguntó por mí, quien le hacía las reseñas en la zona, y acabamos por ahí los cuatro, Olga y él, mi santa y yo, como quinceañeros tomando cañas y en la ilusión de lo escrito, una sociedad secreta, porque el libro cada vez más es un club, pocos iniciados y ningún recién llegado. Paco odiaba cómo muchas veces los grandes se comen el trabajo de los pequeños con un cheque y ningún escrúpulo, así robaron varios autores. Paco entendía la edición como una corrección infinita y unos pagos regulares al contratar el texto y por medio de los respectivos derechos de autor. Toda escritura argentina es orillera, dijo alguien, allí en las orillas de Latinoamérica es donde, por tener menos, se da a lo cotidiano una dignidad desconocida, como quiso Novalis, otra alquimia.

Paco Candaya murió por un infarto, inesperado punto y aparte del texto, hachazo a la mitad del camino, duelo para todos y lágrimas negras. Solo quería como editor la riqueza de su catálogo. Me decía, entre humo blanco de tabaco muy negro, cómo lo más difícil del libro no es leerlo, no es editarlo, no es vencer cualquier imponderable geográfico sino venderlo, siempre venderlo, en este mundo donde lo audiovisual tantos horas concita y es un demonio tan ágil. Paco Candaya quiso hacer una editorial literaria, sin el menor pleonasmo, las mejores palabras en el mejor orden, una fiesta del lenguaje presidida por lo anterior: la bondad, la verdad y la belleza. Veía un mercado invasivo donde la filfa, las especies vegetales invasivas, cada vez dificultaban con mayor potencia llegar a ver el bosque nuevo y a sus habitantes felices. Odiaba a los editores, tan agropecuarios, que se referían sus criaturas como “el producto” ó “las pastas”, encorbatados hasta la glotis y el escroto, engominados con un rastrillo.

Paco Robles, Francisco Candaya, fue un poeta de la letra pequeña, una detrás de otra, que desde España y unas condiciones modestas supo hacer de esta orilla el sueño dorado para muchos. Sus autores cotizaron premios y éxitos astronómicos de ventas y futuro: Fernández-Mallo, sin ir más lejos, sale de aquí con su Nocilla Dream. Sus libros sin erratas (pulgas dicen por allá), papel duro y buenos márgenes, letra elegante, son un sello dentro de la edición internacional. Un hombre bueno que, antes o después de dar clase, dibujó su sueño en la servilleta de un bar. Lo llamaron loco, no creyeron en él salvo quienes le amaban y, con el tiempo, la servilleta fue ya un mapa de afectos, una cartografía personal compartida, un sueldo para quien no lo tenía y una alegría para los teclados mohosos, tristes, tantas veces sin la locura de la tinta, acobardados, a punto de dejarlo; esos teclados a los que el vacío no acaba la escultura, ni el silencio construye la música, porque son teclados en el alambre que penden de un hilo a punto de cortarse en cualquier instante.

Fui con Olga y Paco Candaya a restaurantes modestos de comida casera a emborracharnos de sueños incumplidos. Aquella pareja pensaba en voz alta, su voluntad era un vaso de agua limpia y clara, todo parecía salir de una libretita y unos ojos grandes que digerían el misterio de lo cotidiano con otra dignidad. Paco era un buen tío, un tío cojonudo, y su falta es una herida, una hemorragia en el mercado editorial español. Ni iba de sobrado ni creía en los profetas. Trabajó duro, callo, pico y pala, pico y pala, pico y pala, no dejó ni un solo instante de creer en sus sueños. Lo barato, lo corriente, es siempre abandonar. Fue una editorial hecha con las migas de pan de sus almuerzos. Fue un corazón para muchos que ahora se detuvo. Fue una ciudad donde cada habitante era de una parte diferente del mundo, el español en la boca roja o de fresa como la mejor fruta. Fue un hombre de zancadas rápidas, manos grandes, pelo muy cortito y aquellas gafitas cuyo hablar rápido tenía todas las estaciones de la risa. Fue un lujo para su mujer y para nosotros, los recién llegados. Qué pena tan negra. Qué putada.

Diego Medrano

Escritor

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