Sin desentonar, las letras de muchos tangos se pueden editar como un volumen de poemas, ya que lo son en esencia y estructura. En la década del ’70 fue el editor Luis Torres Agüero, quien emprendió esa gesta con una colección fundacional, que llamó “Cancionero”, y agrupó a los grandes aedos populares, donde destacaron los nombres de Alfredo Lepera, Homero Manzi, Enrique Santos Discépolo, Francisco García Jiménez, Enrique Cadícamo y Esteban Celedonio Flores. Sin duda, estos y muchos otros artífices del tango bien merecen un lugar destacado junto a sus pares líricos, trágicos y épicos. En otro orden paralelo, la música de Buenos Aires, que en un comienzo fue melodía, cruzó el Océano para emocionar a buena parte de Europa y hoy en día, con el agregado de la danza, el tango sigue avanzando y su presencia ha legado hasta buena parte del Oriente.
Una de las principales características de este género poético-musical es su relación íntima con los acontecimientos del cotidiano vivir de manera totalmente transparente en el sentimiento y en el uso del lenguaje. Las letras, con metáforas contundentes, van directo al asunto de lo que se quiere decir, ya sea una tristeza de amor, una burla o una súplica al destino. Esos poemas, que si bien abarcan todo el espectro de lo que un ser humano puede vivir, sobresalen siempre por el sentimiento trágico. Los motivos que alimentan a las letras del tango son inagotables, pero habría que destacar algunos ámbitos esenciales tales como la traición del amor, el sentimiento barrial y el valor de la amistad.
Hombre de la noche de Buenos Aires, Celedonio Esteban Flores fue un poeta popular de gran sensibilidad y uno de los arquetipos del porteñismo arrabalero. Se lo ubica entre los autores que escribieron letras de tango como un emblema del lunfardo por sus versos sentenciosos, descaradamente sexistas en muchos casos al tiempo que moralizantes. En esas composiciones, Flores (el “Negro Flores” o “Cele”, como se lo apodaba cariñosamente) recurre al destino de la mujer y la ubica en medio de un entorno machista e intransigente. Su gran etapa creativa, así nos ilustra su biografía, abarcó la época más representativa del tango; aunque es fama que en 1920, muy muchacho todavía, envió a un diario el poema titulado “Por la pinta y nada más”, recibiendo por primera vez un pago por sus versos. Ese tema, musicalizado, se registró luego como “Pelandruna y refinada”, pero al fin se terminó llamando “Margot”. Y tentó nada menos que a Carlos Gardel y a su compañero de dúo José Razzano, para incorporarlo al repertorio y llevarlo al disco.
Curiosamente, en sus comienzos, Flores era conocido como un boxeador que por su izquierda fulminante se ganó el apodo de “el negro noqueador de Villa Crespo”. Ya retirado del deporte por una lesión en la mano, a partir del espaldarazo de Gardel, sus versos no pararon de entonarse de boca en boca y, desde ese momento, “Margot” fue considerado para muchos como el otro paradigma del tango-canción, cuya letra alude a la amarga crítica de la chica humilde y bonita que se acomoda y pervierte, sin duda para escapar del melancólico y pintoresco sitio al que fue condenada por la vida, y con palabras menos celebratorias que definitivamente descarnadas. El poeta la retrata así:
Desde lejos se te embroca, pelandruna abacanada,
que naciste en la miseria de un cuartucho de arrabal.
Porque hay algo que te vende, yo no sé si es la mirada,
la manera de sentarte, de vestir o estar parada,
o tu cuerpo acostumbrado a las pilchas de perca.
Ese cuerpo que hoy te marca los compases tentadores
del candombe de algún tango en los brazos de un buen gil,
mientras triunfa tu silueta y tu traje de colores
entre risas y piropos de muchachos seguidores…
Carlos Gardel, que ya empezaba a cobrar fama internacional, no demoró en conocerlo y le pidió otras letras para musicalizar. A partir de esa primera composición, le grabó veintiún tangos más al talentoso “Negro Cele” (como se lo empezó popularmente a conocer por su condición de mulato), entre los cuales se encontraba uno de los mayores éxitos de toda su trayectoria, y del tango en general: “Mano a mano”, donde un varón, con el consabido machismo de al época, salda cuentas con la mujer que amó y le ofrece su desinteresada ayuda para cuando ella sea un “descolado mueble viejo, sin esperanzas en su pobre corazón”.
Rechiflado en mi tristeza, hoy te evoco y veo que has sido
en mi pobre vida paria sólo una buena mujer.
tu presencia de bacana puso calor en mi nido,
fuiste buena, consecuente, y yo sé que me has querido
como no quisiste a nadie, como no podrás querer…
Nada debo agradecerte, mano a mano hemos quedado;
no me importa lo que has hecho, lo que hacés ni lo que harás...
Los favores recibidos creo habértelos pagado
y, si alguna deuda chica sin querer se me ha olvidado,
en la cuenta del otario que tenés se la cargás…
Y mañana, cuando seas descolado mueble viejo
y no tengas esperanzas en tu pobre corazón,
si precisás una ayuda, si te hace falta un consejo,
acordate de este amigo que ha de jugarse el pellejo
pa'ayudarte en lo que pueda cuando llegue la ocasión…
Entre otros tangos que le grabó el incomparable Gardel se destacan, “Mala entraña”, “El bulín de la calle Ayacucho” y “Viejo smoking”, que perdura en un precursor video clip, que se realizara en la década del 30’, donde el “Morocho del Abasto”, le agradece estrechándole la mano al “Negro Flores” por la letra, que contiene una áspera crítica social frente a la miseria que acompañó a la terrible crisis. Sólo y vencido, ese desconsolado varón le canta al otrora gastado smoking y exhibe su desazón y la mortal herida que le causó la existencia a quien fuera un triunfador en otra época:
Campaneá como el cotorro va quedando despoblado
Todo el lujo es la catrera compadreando sin colchón
Y mirá este pobre mozo cómo ha perdido el estado
Amargado, pobre y flaco como perro de botón
Poco a poco todo ha ido de cabeza pa'l empeño
Se dio juego de pileta y hubo que echarse a nadar
Solo vos te vas salvando porque pa' mi sos un sueño
Del que quiera Dios que nunca me vengan a despertar
Viejo smoking de los tiempos en que yo también tallaba
¡Cuánta papusa garaba en tus solapas lloró!
Solapas que con su brillo parecía que encandilaban
Y que donde iba sentaban mi fama de gigoló…
Sin embargo, se dice que por pudor o por modestia, Gardel se abstuvo de grabar uno de los mayores éxitos de Celedonio Esteban Flores, “Corrientes y Esmeralda”, donde el poeta hace referencia a una tradicional esquina de Buenos Aires que conforman la Avenida Corrientes y la calle Esmeralda. En uno de versos, Flores dice: “cualquier cacatúa sueña con la pinta de Carlos Gardel”.
Otras letras que aunaron valor, éxito y decadencia fueron las de “Muchacho”, una composición, que según algunos pseudos eruditos del tango, le inspirara nuestro playboy Martín Máximo de Álzaga Unzué, musicalizado por el compositor Edgardo Donato. El inefable “Macoco” negó siempre que la letra de dicho tango lo aludiera. “Eso hace referencia a un fracasado y yo he sido un tipo exitoso -se indignó ante mí cuando me atreví a consultarlo-. No era yo el protagonista. Flores se refería a un pariente mío llamado Aroncito Anchorena, al principio destacado como gran triunfador y dueño de la noche porteña, pero que terminó luego en la miseria más espantosa”.
Los polémicos versos en cuestión son un ensalzamiento y luego una áspera crítica a un pobre infeliz, que con toda la fortuna a su disposición no supo vivir y se desbarranca lastimosamente.
Muchacho que porque la suerte quiso
vivís en un primer piso de un palacete central,
que pa' vicios y placeres, para farras y mujeres
disponés de un capital.
Muchacho, que no sabés el encanto
de haber derramado llanto sobre un pecho de mujer;
y no sabés qué es secarse en una timba y armarse
para volverse a meter;
que decís que un tango rante no te hace perder la calma
y que no te llora el alma cuando gime un bandoneón;
que si tenés sentimiento lo tenés adormecido
pues todo lo has conseguido pagando como un chabón…
Vinieron después los versos de “Viejo coche”, “Sentencia”, “¡Atenti, pebeta!”, “Pobre gallo bataraz”, “Si se salva el pibe”, “Por qué canto así” y “La musa mistonga”. Con el tiempo, algunos de los versos de este poeta popular fueron reunidos en el volumen Chapaleando barro y Pasa el organito. En todos ellos, Flores recrea con vigor y patetismo la vida de la gente humilde.
“Canchero” es otro de los famosos tangos que le grabó Carlos Gardel y donde el personaje hace referencia a una muchacha tocada por la buena suerte, pero que no logra engañar al experto porteño, maestro en el oficio de vivir y sabio en el amor.
Para el record de mi vida sos una fácil carrera
que yo me animo a ganarte sin emoción ni final.
Te lo bato pa' que entiendas en esta jerga burrera
que vos sos una "potranca" para una "penca cuadrera"
y yo -¡che, vieja!- ya he sido relojiao pa'l Nacional...
Ya, después, en la carpeta, empecé a probar fortuna
y muchas veces la suerte me fue amistosa y cordial...
Otras veces salí seco a chamuyar con la luna,
por las calles solitarias del sensiblero arrabal...
el célebre bandoneonista Aníbal “Pichuco” Troilo, que fuera uno de sus amigos, lo recordó en una conversación que tuvimos con entrañable afecto: “El Negro Cele era todo un caballero, un señor en el mejor sentido de esa palabra, fino, educado y respetuoso. La gente que piensa que era un bruto, se equivoca. Porteño y bailarín, poderoso boxeador, se destacó siempre por ser un muchacho de buena familia, estudioso y gran observador de las costumbres del arrabal. Me parece verlo, siempre con un libro y un cuaderno debajo del brazo, donde anotaba con minuciosidad sus observaciones. ‘Mirá, Gordo, yo trato de pintar la vida del barrio tal cual es, nada más’, se justificó una vez”.
El poeta popular Esteban Celedonio Flores nació en Villa Crespo, uno de los barrios más tangueros de Buenos Aires y cuna del judaísmo, el 3 de agosto de 1896; se sumó a los más en julio de 1947, en la misma casa donde nació. Apenas un mes le faltaba para cumplir su medio siglo de vida.