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TRIBUNA

Menéndez Pelayo y Agapito Maestre

miércoles 08 de febrero de 2023, 19:26h

España en un país aquejado de discontinuidad, de tradiciones, aunque vigorosas, escondidas. España es, en suma, un país a la deriva. Esa discontinuidad no resulta accidental, sino programada y sistemática, efecto de una estrategia bien definida que alcanza hoy sus últimos objetivos. Lo sé bien, porque soy producto de una educación lastrada por una voluntad de expiación que paga su culpa orientándose íntegramente al futuro y hacia fuera; ocultando el pasado y la propia tradición. Hay muchos que hacen un esfuerzo simétrico al error futurista, todos los empeñados en iluminar el pasado oculto por un negro manto legendario.

Pudiera equivocarme y pudiera ser necesario ese esfuerzo, sería en cualquier caso un trabajo propedéutico o preparatorio de una labor posterior y positiva: extender la mano y tomar el testigo, reanudar la continuidad perdida de la cultura española. Si gozáramos de la vitalidad de otros tiempos, haríamos del ataque la mejor defensa. Ese ataque lograría un incremento de la propia fortaleza, no por obra de una agresión destructiva, sino merced a una alegre capacidad de inclusión cuyo primer efecto sería el de extender y prolongar el caudal detenido de la cultura española.

Ese programa pasa por apropiarse de los tesoros del entorno, pero exige invertir bien los propios y abundantísimos recursos, hoy olvidados. Pocos son capaces como Agapito Maestre de reavivar la savia del viejo roble hispano, con ramas extendidas por todos los rincones del mundo. La barahúnda de los necios escupe de inmediato sus miserias contra todo el que pronuncia sin énfasis ridículos la palabra “España”, si además se ocupa – con la alegría y sutileza con la que Agapito lo hace – de la figura mayor de Marcelino Menéndez Pelayo, habrá de padecer el estrépito de los “pedantones al paño” o el silencio resentido de los señores de la academia.

Cada cual da su medida en la respuesta a esta obra esencial que esconde una riqueza incalculable. Nos pone en camino a la monumental obra del maestro montañés, dejándonos ver su amenidad y su alegría, su hondura y su vigencia. El recurso al diálogo con su buen amigo, el brujo de Villahizán, orienta al lector – como en los grandes diálogos clásicos – lejos del mamotreto de un tratado erudito con aparato de notas y demás farsas academicistas: posturas, afeites y abalorios. No tiene más adornos este libro que las impresiones indelebles de algunos nombres incomparables o absolutos. La consideración de Dámaso Alonso, según la cual no hay una línea prescindible en una obra de semejante dimensión. O la precisa impresión de Guillermo de Torre, que ve en Menéndez Pelayo “íntegramente un artista, el sentido ingénito de la belleza que llevaba dentro”. Exiliado de las grandes antologías, negado su acento lírico por la gran poesía española del siglo XX, Menéndez Pelayo reaparece como un magnífico poeta clásico a juicio del autor de Hélices, ese summum del ultraísmo que García Lorca recitaba de memoria. No debiera sorprender esa potencia poética en quien ha seguido hasta el último rincón la historia de las ideas de belleza. Una belleza inseparable de su constitución moral, como manifiesta el ideal antiguo de la kalokagathia.

Hoy, cuando tantos entonan el canto a Belona de la segunda transición, hay que recordar el efecto de negación de la continuidad española que tuvo la – tantas veces elogiada – transición. A partir de un programa definido en fechas próximas a la muerte de Ortega en 1955 y minuciosamente ejecutado durante las décadas siguientes, aquella transición ha dejado a nuestro país verdaderamente irreconocible. Irreconocible por la sencilla razón de que el reconocimiento exige alguna imagen que sirva de figura de contraste, de referente con respecto al cual establecer ese reconocimiento. Hoy, sin embargo, nadie conoce una España, negar cuya existencia es ya un lugar común. Y a ese programa se han atenido tanto a izquierda como a derecha. Es un programa nacido en el seno mismo de la sociedad española de la dictadura que usufructúa la figura de Menéndez Pelayo, como en otros contextos se ensucian miserablemente otras figuras, piensen en Miguel Hernández o en Federico García Lorca, entre tantos otros.

España ha vivido durante medio siglo de su propia negación. Consumida toda su substancia nos encontramos hoy en un punto crítico: o somos capaces de reanudarnos o estamos condenados a la inanición. Las fuerzas que se oponen a todo esfuerzo por nutrir la realidad de España no podrán aceptar un libro cuya virtud fundamental es la de despertar un apetito incontenible de leer a Menéndez Pelayo. Agapito Maestre, que ha vivido y bebido en la gran tradición cultural española durante años, sabe tan bien, como sabía Valera, que leyendo a Menéndez Pelayo volveremos a conocernos.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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