La confianza, ese problema
martes 14 de octubre de 2008, 21:39h
En estos tiempos de crisis “confianza” es el nuevo concepto de moda, palabra que no se cae de la boca de políticos y economistas y que inunda los comentarios de prensa. La ciudadanía, se dice, cuestiona la solvencia de las instituciones financieras, comienza a dudar de la solidez de los bancos que guardan sus ahorros y no termina de creer en la efectividad de las medidas anunciadas por los diversos gobiernos para embridar la crisis. La confianza en el sistema económico, en definitiva, brilla por su ausencia. Mucho más sutil (¡donde va a parar!), el presidente de Cantabria, Miguel Ángel Revilla, ofrecía en entrevista reciente su propia síntesis de la situación: “hay un acojonamiento general, una psicosis colectiva”.
Entre los variados comentarios vertidos sobre la actual desconfianza ante el sistema financiero me llaman particularmente la atención aquellos que se plantean a modo de tácito reproche: si no confiáis, parecen sugerir algunos, todo puede ir a peor y entonces vuestra desconfianza os hará responsables de la continuidad de la crisis. Y en otra versión más drástica y politizada: si promovéis la desconfianza apuntando con el dedo a los problemas económicos, como viene haciendo la oposición al gobierno, seréis “antipatriotas” (Rodríguez Zapatero dixit). O sea, seréis culpables del empeoramiento de la crisis por haber acelerado su manifestación con vuestras alusiones a la misma. En una tertulia radiofónica he oído a alguno de sus comentaristas entonar una especie de mea culpa. El tertuliano en cuestión, un reputado periodista, planteaba como tema para el debate que acaso la prensa y los medios de comunicación también tuvieran su parte de culpa en el agravamiento de la crisis pues, al insistir tanto en el problema, quizá hayan ayudado a corroer la confianza de los ciudadanos en los sistemas financieros y bancarios. A su vez, la anterior tesis comparte un cierto aire de familia con la famosa confidencia que el presidente del gobierno regalara hace unos meses a un importante empresario: "si infundes mucho pesimismo, si no dices nada positivo, es peor".
Como científico social no puedo plantear ninguna objeción a la ecuación que incluye la ausencia de confianza en las instituciones financieras y en las medidas económicas estatales como factor multiplicador de la actual crisis económica, o de cualquier otra. El comentario del presidente al que acabo de hacer alusión no resultaba totalmente insensato. Apuntaba a un rasgo que es consustancial a muchas expectativas o predicciones sobre la realidad social: lo que los sociólogos designan sus “efectos reflexivos” (por cierto, profundamente estudiados entre nosotros en un interesante libro de Emilio Lamo de Espinosa La sociedad reflexiva publicado en 1990). Dichos efectos reflexivos hacen que las expectativas optimistas puedan generar actitudes y pautas de acción que favorezcan el desarrollo de la economía (o su recuperación) y, viceversa: que las previsiones pesimistas, vinculadas a la pérdida de confianza en el sistema económico, puedan operar en sentido contrario. Así lo demuestra un ejemplo clásico de lo que Robert Merton llamó “profecía autocumplida”: cuando la mayoría de los clientes de un banco se tragan un falso rumor que anticipa la quiebra de la institución se apresuran a retirar su dinero y, como consecuencia de ello, el banco antes saneado acaba enfermando o incluso pereciendo. Sin embargo, sería un grave error deducir de aquí que el optimismo sólo trae buenas consecuencias. Ya se ha dicho que el ejemplo anterior remite a una expectativa negativa inicialmente falsa. Pero ¿qué ocurre cuando las expectativas de crisis tienen algún fundamento real? ¿acaso sería razonable ignorarlas, como algunos han venido haciendo, tratando de sustituirlas con un puñado de afirmaciones optimistas en algunos casos ilusorias y en otros sencillamente falaces? Obviamente la respuesta deber ser negativa. Sin embargo, algunas opiniones como las ya citadas sugieren la conveniencia de ocultar u omitir toda referencia crítica o negativa al actual estado de la economía y a su futuro inminente a fin de inducir una recuperación de la confianza. El mayor problema de estas posiciones radica en su ingenua manera de concebir la confianza en tanto que fenómeno psicosocial.
De un lado, insisto en ello, parece asumirse que la confianza es deseable por sí misma y en cualquier condición, lo cual resulta absurdo. Cuando está referida a personas la confianza sólo es una actitud conveniente si reposa sobre buenas razones: básicamente información y experiencia que nos indiquen que esas personas no nos defraudarán si les confiamos algo que nos es preciado (información, dinero, etc.). Lo mismo debería suceder cuando hablamos de confianza en instituciones y entidades corporativas u otras más bien abstractas como el mercado, el sistema financiero internacional, etc. A falta de una previsión clara y fundada sobre su comportamiento futuro, conviene ser más precavidos que confiados a la hora de tomar decisiones sobre lo que deba hacerse con el dinero. A no ser que seamos partidarios de la ludopatía como estrategia para afrontar los tiempos de apuros económicos, claro está.
En segundo lugar, conviene advertir que la confianza no se pierde por casualidad ni se recupera con facilitad. Aunque los ciudadanos mejor intencionados pongan todo su empeño en volver a confiar en la economía, en sus instituciones y agentes no podrán lograrlo por sí solos. La confianza no es una virtud moral sino un subproducto: algo que no podemos lograr para nosotros mismos sólo con desearlo, como no podemos decidir enamorarnos de alguien. Se trata más bien de una actitud que nos sobreviene como consecuencia de factores que no controlamos plenamente, igual que ocurre con el amor y otros sentimientos. ¿Significa esto que los responsables políticos y los agentes económicos no pueden hacer nada para devolver la confianza que tanto extrañan? En modo alguno. Su obligación consiste en trabajar para restaurar la confianza, pero una confianza razonable, asentada sobre bases sólidas. ¿Y cómo puede lograrse esto?. Por un lado, aplicando los ajustes económicos oportunos. Dejo a los expertos en economía la discusión y precisión de dichos ajustes. Se supone que la aplicación de estas medidas, junto con una información veraz sobre sus potenciales beneficios y sobre las virtudes aún vigentes de los sistemas económicos en crisis (¿la solvencia de la banca y el sistema de regulación españoles?) podrían aportar ciertas bases o razones objetivas para infundir confianza.
De todos modos, no hay que olvidar que, en última instancia, la confianza es un fenómeno profundamente dependiente de factores subjetivos. Esto, es verdad, no se le escapa a los responsables políticos y los agentes económicos que tratan de lidiar con la actual crisis. Sin embargo, convendría que unos y otros abandonaran la falsa idea de que los citados aspectos subjetivos de la confianza pueden ser eficazmente potenciados mediante simples declaraciones verbales y otras señales de humo. Los conocimientos adquiridos tras varias décadas de investigación científica invalidan esa psicología barata (hay abundante bibliografía al respecto). Hoy día cualquier profesional mínimamente informado sobre estos temas sabe que para que los pretendidos trasmisores de confianza consigan su objetivo habrán de ajustar su conducta y sus mensajes a ciertos parámetros esenciales. Más concretamente, además de acreditar y demostrar su competencia profesional, quienes se revelan como eficaces inductores de confianza suelen caracterizarse por los siguientes atributos: la honestidad, la coherencia entre lo que se afirma un día y al siguiente, la congruencia entre lo que se dice y lo que realmente se hace (incluyendo compromisos y promesas), la ausencia de oportunismo, y la veracidad y la franqueza informativas (que generalmente se ven acompañadas de una disposición a afrontar los problemas desde su origen, sin negarlos ni rebajar su gravedad). Juzguen ustedes mismos si los agentes y entidades políticas y financieras que hoy reclaman mayores dosis de confianza en las medidas adoptadas para sortear la presente crisis han cumplido en el pasado con aquellos requisitos y si están en disposición de cumplirlos en lo sucesivo.