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TRIBUNA

La política del Bien absoluto o víctimas como verdugos

lunes 13 de febrero de 2023, 19:46h

El frío de este invierno templado se nos mete en los huesos cuando, casi siempre descuidados, nos llega una nueva imagen, un titular o un comentario. Cuando los políticos sentimentales que hacen el bien absoluto por real decreto y, amantes de la animalidad del hombre y de los animales, protegen con su asfixiante abrazo legal a las bestias, pero desprotegen a las más débiles de las criaturas.

Cuando escuchamos a los poderosos emancipadores que han venido a liberarnos de nosotros mismos, desnudándonos de nuestra gramática y de nuestros más íntimos actos. Cuando los educadores del pueblo dicen hacer pedagogía y nos enseñan quiénes somos o, con más exactitud, que no somos quiénes creíamos ser, que somos nada.

Nos entumece el frío de este invierno templado por ese aterrador cambio climático, que no logra convertirlo en verano, pero nos deja helados y mustios de pánico. Pánico por infodemia – dicen ahora – los informados. Cuando son dos las Españas que nos hielan el corazón, y se apunta ya una tercera. Cuando no encontramos la vía cierta por la que prolongarnos hasta mañana, para seguir viviendo una vida verdadera.

Cuando nos toma el extremo de sinsentido que sale por la tele o por el brillo electrónico de los diarios, entonces hay que buscar la retirada. Una retirada estratégica, porque no olvidamos que estamos en el mundo, aunque no seamos del mundo. No podemos abandonarlo a las dentelladas de los suaves y amanerados, a las heridas de los monstruos de dedos largos y uñas lacadas, al rostro impávido del gobernante capaz de arrasar la tierra sin descomponer el paso. El mundo es la patria y la huella de los antepasados, en el mundo está el paisaje que sostendrá nuestros renuevos, el mundo es nuestra casa y, con su manto de ceniza, con su aire viciado, con su multitud de rostros desencajados, es la habitación de nuestra vida inestimable. La vida que defenderemos hasta el último aliento.

Permítanse, sin embargo, una retirada estratégica para reunir medios para la batalla que se anuncia, para recuperar la clara comprensión de las razones que nos sostienen, para entender por qué habrá que defender el mundo del acoso de expertos y administradores, de técnicos y especialistas que, siempre en nombre del bien, requerirán nuestra extinción. No somos nada, al fin y al cabo, dirán. Se nos quiere cancelados, obedientes y silenciados. Así nos quieren los señores de la conciencia luminosa, víctimas dolientes siempre, grandes plañideras que han descubierto la oscuridad del mundo en todo aquello que los desmiente.

No soportan la existencia sólida de la verdad, quisieran arrastrar su fantasmal existencia en el mundo vaporoso de sus lamentaciones, y les damos con toda la alegría de vivir en el turbio centro de su voluntad chiquita, en el centro de esa necesidad de expiación de sus culpas en nuestra carne. Les damos fuerte, con toda la realidad del mundo en mitad de su paisaje multicolor, de sus sollozos por el mal que desean redimir desde sus salones perfumados y sus trincheras climatizadas. Les damos en mitad de sus suspiros, resistiendo a la extirpación por nuestro bien, a la negación de la realidad por nuestro bien, a nuestra negación por nuestro bien. Somos hijos del mundo y, sabiendo de sus terribles llagas, no dejaremos que lo destruyan los que se hacen un mundo entre las nubes: volante, sublime, desarraigado.

La izquierda bonita y la derecha exquisita, tan hermosas ambas, tan dulcemente almibaradas. Como el algodón de azúcar del pensamiento gozoso, como la filosofía del mañana sin pasado, sin verdad, sin sustancia. Sin más realidad que la fábrica de sueños donde todo es posible, donde pueden seguir flotando junto al manso león, junto al hijo sin padres, junto al eunuco bendito que lucha contra la bruja malvada. Y así hasta que se cumpla el final feliz de una humanidad ilustrada, homogénea y diminuta, con la sonrisa en el rostro y el gesto pánfilo del ser humano universal y abstracto que eternamente bendice a estos liberadores de todo lo malo.

Aquí estamos, de retirada: comiendo carne, bebiendo vino y cantando canciones incorrectas, bailando danzas antiguas y señalando en el pecho el lugar del corazón que todavía nos palpita. Ni somos ni seremos fantasmas demacrados, mustios eunucos, sepulcros blanqueados. Somos la figura efímera, pero recurrente, del hombre eterno. No nos conmueven los sollozos impostados de nuestros señores, tan sensibles, tan sentimentales, tan emocionantes, tan sugestivos.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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