En 2014, en vísperas de la Olimpiada en Sochi, el Presidente ruso, Vladimir Putin, visitó el Zoo de la ciudad, en el marco de la campaña de publicidad relacionada con este importante evento deportivo internacional.
Putin siempre mostraba su gran afición a los deportes. La televisión rusa constantemente demostraba los videos con Putin practicando artes marciales (Tang Soo Do); o jugando al Hockey sobre hielo; o cabalgando en un caballo – desnudo hasta la cintura, enseñando el grosor de sus músculos y las curvaturas de su pequeño torso; o bajaba, bien equipado, a las profundidades marinas, competiendo con los delfines; o, incluso, volaba en un monoplano a la cabeza de una banda de las grullas, enseñando a los pájaros despistados el camino a seguir, como él lo estaba haciendo en la tierra a su propio pueblo.
Por tanto, la Olimpiada para Putin no era un evento simplemente deportivo, sino también un acontecimiento publicitario de primera magnitud, destinado a demostrar no sólo la excelente fuerza física del Gran Líder del país anfitrión, sino también la fuerza económica y política de Rusia que él estaba gobernando. De allí, su tanta implicación personal en todo lo que estaba relacionado con dicha Olimpiada, desde la construcción de sus instalaciones hasta la publicidad del evento como tal.
Lo que Putin hizo aquella vez en el Zoo, fue entrar – ante el asombro del público presente (la inmensa mayoría eran los agentes del servicio de seguridad del Presidente, camuflados de civiles) – en la jaula, donde se encontraba un leopardo. Con este gesto, por lo visto, el jefe del Estado ruso pretendía demostrar su valentía y la capacidad de asumir el riesgo de enfrentarse a un animal salvaje y altamente peligroso, como era el felino de un nombre tan bonito.
El domador-presidente se acercó al leopardo y éste ha demostrado una obediencia y el respeto total ante un “animal” tan superior y omnipotente – el cabecilla de todos los habitantes, sean hombres o animales, de un país más grande del planeta –, permitiendo al “presi” que le tocara, le acariciara, se jugueteara con él, sin rugir, sin demostrar dientes, sin tomar posturas agresivas e inamistosas, portándose como si fuera cualquier gato doméstico.
Las malas lenguas decían que el leopardo fue drogado antes de la visita del Presidente. De todas formas, Putin aparentó en aquel episodio, transmitido a toda Rusia (y supongo al resto del mundo también) ser un hombre de gran valentía y capaz de afrontar los riesgos más peligrosos. Luego lo ha demostrado en otro lugar, lejos del Zoo de Sochi, un mes más tarde, anexionando militarmente Crimea, parte del territorio de la vecina Ucrania, asombrando y desafiando a toda la comunidad internacional.
Y 8 años más tarde mandó al ejército ruso a invadir y ocupar a toda Ucrania, pensando que también esta vez la respuesta ucraniana y de la comunidad internacional sería como la fue en las anteriores ocasiones, similar a la de aquel leopardo en la jaula del Zoo – la dócil y cobarde.
Pero el Gran Domador se equivocó. La respuesta del ejército y del pueblo ucraniano, junto con los países democráticos de todo el mundo, fue contundente en un intento colectivo de parar los pies al agresor y derrotarlo en los campos de batalla. Pero, dada la enorme superioridad militar y económica del enemigo ruso, Ucrania todavía – 11 meses y medio desde el inicio de la guerra – sigue resistiendo y combatiendo, liberando, poco a poco, sus territorios ocupados. Todavía le falta el armamento de todo tipo para poder vencer definitivamente al ejército envasar. Sin él es imposible organizar una ofensiva en un frente de cerca de 800 kilómetros, a fin de echar al último soldado ruso del territorio ucraniano.
Todo el material militar, desde el inicio de la agresión rusa, se está viniendo a Ucrania desde los países miembros de la OTAN, principalmente de los EE.UU. Pero su volumen y sus características – es más bien un armamento defensivo – son claramente insuficientes y se necesita un envío más numeroso del armamento pesado, de artillería de largo alcance y de aviones de combate tipo cazas y cazas-bombarderos. Y uno de los elementos más importantes de este “material” ofensivo son los blindados, los tanques, sin los cuales es imposible organizar las operaciones ofensivas terrestres.
Parece ser, pasado ya casi un año desde que había empezado la guerra en Ucrania, que los países occidentales, que apoyan y ayudan a Ucrania en su lucha “solitaria” contra un poderoso agresor ruso, empiezan a comprender estas necesidades tan vitales para el ejército ucraniano. Las últimas reuniones de los aliados de Ucrania en la base militar estadounidense en la localidad alemana de Ramstein, así como el éxito de las recientes visitas del presidente Zelénskiy a Londres, Paris y Bruselas, lo están confirmando.
Los EE.UU y varios países de la OTAN anunciaron el próximo envío a Ucrania de los diferentes modelos de tanques, en su mayoría el modelo de la fabricación alemana, el “Leopard”, el más utilizado en los ejércitos de los países de la OTAN. Hasta ahora el gobierno alemán, bajo diferentes excusas y pretextos – no los voy a comentar en este artículo por falta del espacio reglamentario – estaba en contra del suministro de sus tanques a Ucrania y tampoco lo permitía a los demás países que estaban dispuestos a hacerlo.
No obstante, bajo las presiones de los aliados y de la propia opinión pública alemana, el gobierno de Berlín, ha cambiado de postura y ha decidido exportar sus propios tanques “Leopard” y permitir hacerlo a los demás países que los tienen. Ya se ha formado una especie del Club “Leopard”, formado por los países que quieren enviar estos blindados a Ucrania, casi compitiéndose entre ellos de quién enviaría más número de máquinas y lo haría más rápidamente. El número total de los acorazados disponibles ya supera unas 200 unidades y va creciendo.
Pronto el ejército ucraniano va a tener suficientes “Leopard” para empezar su ofensiva final, para la cual se está preparando, pero, como he comentado antes, por falta del “material” necesario no la ha podido iniciar hasta ahora. Aunque tengo suficientes datos de que tales planes existían ya en los meses de septiembre-noviembre del año pasado, cuando el ejército ucraniano había realizado sus primeros grandes ataques y consiguió importantes avances en la liberalización de los territorios de Járkov, lugansk y Jerson. Pero por la escasez de la munición de todo tipo – incluso de unos simples proyectiles para la artillería – las tropas ucranianas fueron obligadas a detener sus ataques y pasar a la defensiva, lo que ayudó a las tropas rusas a mejorar sus posiciones, traer los refuerzos de los efectivos movilizados e, incluso, emprender unas operaciones de contraataque.
Ahora la situación ha cambiado bastante y los suministros del material bélico a Ucrania se ha intensificado a un buen ritmo, lo que augura una fundada esperanza de que el ejército ucraniano pronto empiece su nueva ofensiva y que la guerra pudiera terminarse con la victoria de Ucrania no más allá del presente año. Y los tanques “Leopard”, sin duda alguna, serán una fuerza decisiva para derrotar al ejército ruso y provocar la caída de Putin y de su régimen.
¡Pero qué capricho de la Providencia, qué ironía tan grotesca del Destino y qué simbolismo tan alegórico! Precisamente el “Leopard”, un “animal de guerra” acorazado – de la misma “raza” y nombre que aquel felino entre rejas en el Zoo de Sochi – tendrá que vengar al domador del Kremlin sus burdos y humillantes coqueteos que se permitió con el leopardito enjaulado. Ahora, los “Leopardos” con el pellejo de acero, los blindados alemanes, impedirán a Putin a “enjaular” a un país entero, como Ucrania o a cualquier otro que le apeteciera, en su delirio imperialista en el siglo XXI.