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TRIBUNA

La paradoja de la confianza

Gonzalo Laborda
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glabordamgmailcom/9/9/15
sábado 18 de febrero de 2023, 19:03h

El ejercicio de la desconfianza es una invitación constante que nos llega desde los diferentes escenarios y personajes que constituyen nuestro entorno. En una primera aproximación, este ejercicio, se puede percibir como una necesidad, una forma de protegernos del abuso, el egoísmo o las fantasías omnipotentes de aquellos que utilizan a los seres humanos como muñequitos o piezas de ajedrez para cumplir sus deseos. De esta forma, es fácil comprender, que la adherencia a este movimiento que desconfía se realice de forma fácil y convincente.

Esta desconfianza se encuentra disfrazada de racionalidad, pensamiento crítico, experiencia o miedo. Aunque en el fondo, podemos encontrar que todo ello, se encuentra motivado por la fragilidad y vulnerabilidad del gobierno que rige nuestro mundo interno. Las limitaciones que sufrimos a la hora de conocer el entorno, sobre todo por la relevancia entregada al órgano visual, incentivan que la desconfianza se traduzca en bloqueo, parálisis.

La urgencia de pensar esta cuestión hoy está motivada por los acontecimientos que vivimos día a día: Observamos como los vínculos entre personas son cada vez más débiles, los niveles de violencia interna de nuestro país aumentan al mismo tiempo que sufrimos cómo las decisiones del Gobierno de España son un peligro constante a nuestro bienestar. Sin olvidarnos de un contexto internacional cada vez más hostil. El refugio lógico que supone la desconfianza ante todas estas amenazas y otras muchas que nos rodean debe de ser reconsiderado. Pues la confianza juega un papel fundamental en la facultad humana de crear.

No obstante, en este punto, el crítico lector puede plantear que las condiciones materiales, atmosféricas o existenciales deben de generar motivos para cambiar de parecer. No es de extrañar que desde ámbitos diferentes como pueden ser la empresa privada o las relaciones de amistad o de pareja en contextos convulsos y de inestabilidad exijan que se alcancen determinados grados transparencia, seguridad o fiabilidad para poder confiar. El problema que nos encontramos es que la confianza vive y crece en un suelo ajeno a esta racionalidad.

Aunque pueda parecer una paradoja nos encontramos en unos escenarios más que óptimos para confiar. La confianza necesita de la incertidumbre y la obscuridad. Y, aunque parece ser un componente natural de nuestras vidas sobrevive en un territorio siempre adverso para su desarrollo. Nuestro tiempo se encuentra obsesionado y enloquecido por expulsar todo ápice de contingencia e incertidumbre de nuestras vidas. Terreno éste en el que la confianza tiene su germen. Esta preocupación se encuentra motivada por un afán de predecir, controlar, vigilar o escudriñar todos los rincones de la vida interna humana. Este desasosiego ha llevado a la sustitución del pensamiento por el cálculo. Sustitución que tiene hondas implicaciones en los proyectos humanos. No obstante, a pesar de estas pretensiones de cálculo, en unos escenarios tan embarullados y confusos la cuestión de la “confianza” se cuela y escapa a los ingenieros de nuestras vidas e instituciones. La confianza, por lo tanto, se tercia como un ingrediente de la vida humana fundamental para la supervivencia. Permite que precisamente una relación social, independientemente de su naturaleza, pueda instaurarse y alcanzar un grado óptimo de madurez.

La confianza, tal y como podemos ver, es un concepto que tanto en las relaciones humanas como en la ciencia de la administración se presenta algo escurridizo. Escapa a toda aprehensión y captura por parte de las metodologías dialécticas más sofisticadas. Un pensador tan válido y sugerente para esta cuestión —como para muchas otras— como es el caso de Georg Simmel (1858-1918) expone que esta fuerza es una hipótesis que hace el ser humano.

La confianza, siguiendo a este autor, implica un doble movimiento entre conocer e ignorar. La idea de conocer supone no solo un grado de ignorancia previa, sino también un grado de ignorancia permanente. Es decir, nunca vamos a tener un conocimiento pleno ni del otro ni del escenario en el que nos encontramos. El cual se presenta y se nos presenta ante nosotros fragmentado. Nuestra labor reside en ser capaces de interpretar esta situación. Aquí reside la verdadera inteligencia y creatividad humana.

Hay que matizar que no podemos confundir la confianza con la ingenuidad o la creencia ciega. Confianza implica como se ha dicho conocer y reconocer que hay partes mudas y secretas que no deben revelarse. Aquí es donde posiblemente radica el “secreto” de la confianza. Simmel explica como esa parte oculta, el secreto, supone una amplificación de la vida, la generación de un nuevo mundo simultaneo. Mientras que, por el contrario, el conocimiento absoluto del otro paraliza el entusiasmo y la vitalidad.

En esta posición ante lo no revelado es donde la confianza actúa y permite que pueda brotar la creatividad y el desarrollo libre de ambas partes. Vemos que para que una relación o un equipo de trabajo pueda generar nuevos escenarios posibles necesita de este cemento.

Concluir, que toda empresa humana implica coraje, asomarse al vacío sobre el cual crear y desafiar lo aparentemente posible. La confianza rompe las costuras limitantes de la racionalidad logrando agrupar en una misma posición riesgo y seguridad. Es importante advertir de ello. Porque no podemos olvidar, ahora más que nunca, que las relaciones de confianza trazadas entre ciudadanos, iniciativas y proyectos particulares son las que tejen el espacio común de convivencia y prosperidad. Así conseguiremos mitigar y transformar las amenazas que nos rodean. Pues eso, confiemos.

Gonzalo Laborda

Doctor en Ciencia Política

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