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Novela

Miguel Ángel Oeste, Vengo de ese miedo

domingo 19 de febrero de 2023, 21:39h
Miguel Ángel Oeste, Vengo de ese miedo

Tusquets. Barcelona, 2022. 304 páginas. 19 €. Libro electrónico: 9, 99 €.

Por Matías Jaque Hidalgo

“Nada tiene que ver el dolor con el dolor”, escribe en su Diario de muerte el poeta chileno Enrique Lihn; y continúa: “No hay palabras en la zona muda”. La última novela de Miguel Ángel Oeste, Vengo de ese miedo, constituye un crudo testimonio que durante trescientas páginas sobrevuela, hasta quemarse, una zona muda que por desgracia ha debido conocer en carne propia: el maltrato infantil. La palabra miedo se repite (la estimación es prudente) unas trescientas veces. El miedo marca un pulso que recorre desde el título hasta la última página, como si no hubiese otro tiempo posible con el que dar la extensión de una vida, de esa vida; como si cada enunciación de ese sustantivo prestara los puntos de apoyo para diseñar un dibujo macabro que el autor despliega a enunciados breves, dando las bocanadas justas que le permitan sumergirse en la memoria sin sucumbir en la asfixia.

Estamos en Málaga y sus alrededores. Es la España del último franquismo y la España de la primera oleada de apertura y euforia neoliberal. Y el hogar -si cabe emplear el vocablo- en el que se criará el protagonista es la intersección perfecta de lo peor de ambos mundos. Si no la mayor vejación, al menos sí el hito fundacional de la tragedia, resulta ser el hecho absurdo, incomprensible a ojos actuales, de que dos personas como su padre y como su madre, sumidos en una chulesca y provinciana carrera hacia la autodestrucción, se vean forzados por el conservadurismo imperante a contraer matrimonio y engendrar una familia.

El narrador retrasa, en la novela, su propio nacimiento, como echando mano de un conjuro literario que, al menos mientras permanezca bajo la protección de las palabras, le conceda la anulación de su destino: ese hedor, del que no conseguirá desprenderse ya nunca, a sexo, a golpes, a alcohol y a todo gesto que pueda contribuir a quebrar una infancia. Pero el conjuro tiene un precio: el texto está aquí, entre nuestras manos, dando la prueba de que ese destino se ha consumado. Desde su inminente paternidad, el narrador reconstruye la brutal memoria del maltrato con el temor siempre acechante de que algo de esa violencia haya conseguido permear su vida adulta y contaminar sus propias relaciones familiares.

Mientras leo, pienso en el experimento mental, sencillo y terrible, que Ursula K. Le Guin nos propone en su cuento Los que se marchan de Omelas. Nos pide imaginar una ciudad a todos los efectos ideal; si se quiere, nos vale un enjambre de discotecas a pie de playa, donde las drogas y el sexo fluyen día y noche. En una habitación de alguna casa, sin embargo, permanece encerrado un niño, perfectamente inocente, al que se somete a continuas vejaciones y abusos. Todos saben que ese niño existe y, peor aún, todos saben que la alegría del resto depende del sufrimiento de ese niño. Algunos deciden no pensar en ello, olvidarlo, seguir adelante. Otros, unos pocos, se marchan de Omelas. Si ese niño pudiese hablar y contar la historia desde su perspectiva, creo que el resultado sería bastante similar a la novela que Miguel Ángel Oeste nos entrega.

Resulta llamativo que, al relatarnos la búsqueda de antecedentes que le permitan llegar al fondo de los hechos, muchos de los antiguos amigos de su padre, intuyendo la avalancha de verdad que se les avecina, prefieren callar y aferrarse a la imagen de un pasado supuestamente glorioso, o al menos excitante. Su propio paraíso perdido, o imaginado, o impuesto. Una generación que lo dio todo en nombre de un placer destructivo que, colonizando sus cuerpos, sirvió de carnada para mantener encendidas las fantasías de un mercado turístico cada vez más agresivo.

No hace falta decir que esta novela es valiente. El testimonio, cuando es honesto, siempre lo es. Y me cuesta hacerme una idea exacta del peso que el corazón de su autor ha debido soportar detrás de cada frase. Pero acaso su mérito mayor sea, para volver sobre el cuento de Le Guin, enseñarnos que hay una alternativa entre ser un cómplice pasivo del abuso y marcharse, y es darle a ese niño una puerta, llámesela arte, belleza o literatura, por la que salir de la zona muda y volver a fundar Omelas.

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