Te veo, Carajaula, por las hojas volanderas con tu lágrima de plañidera, presentando el libro a tu mujer muerta, esa voz atiplada y de pito, toda esta verbena, la peor mandanga vista por la arena del circo, y solo puedo vomitar a ratos, por arriba y por abajo, donde el truño sale y es negro como el trueno. Todo el auditorio, Carajaula, conocía vuestra separación y ahora llegan las lágrimas letradas, esta falsa literatura de consuelo, donde el ímpetu por calzarla tras cada conferencia provinciana, tus proezas en los burdeles y con la carne rosa y todavía embrujada por tus ripios, copaba la alegría entera y tan viva de las tabernas.
Hundiste Izquierda Unida en Madrid, por algo la nena salió de Falange, pero estas lágrimas chinas y de bazar oriental superan todas las olimpiadas posibles, las del verbo y la boca llena por los puros, la de los labios mentirosos y las copas de balón de estas trolas pegajosas que no pasan del esófago, porque mentir así sobre el papel es hacerlo dos veces, y España sigue distraída, permitiendo en la cultura al intelectual ágrafo, por abajo, y al trepa profesional, muñidor eterno, por arriba. La nena salió de Falange por tener los ojos abiertos, y toda tu mentira política, personal, íntima, no engaña ni a los taxistas, a los que metías en tus poemas por dártelas de urbano, para regocijo, befa y chifla de los sabios gramáticos.
Vuelve un socialismo de putas y copas de balón, en el caso Mediador, cuatro o cinco pringados con mordidas de tres mil por barba, pero nunca se fue otro acoso de titis al por menor y cheques generosos, al empezar o acabar la baba, esa burla entera de una poesía de la vida, mucha voz de pito y baja, donde quizás eras el contrario al del zapatón sobre la puta rúa, testimonios hay para empedrar el infierno. Carajaula, vivías separado, vives separado, y a la ninfa de ocasión la metiste en el negocio estatal con la guitarra de madera incluida, las gafas en la mesita como dos sapos. Sí, Carajaula, sí, nepotismo es trato de favor, pero mucho más es la mafia negra, regalar premios, vetar autores y seguir fornicando en los burdeles, hostales de poca monta, como un vaquero, ganadero de reses bravas y picha floja.
El socialismo solo puede salvarse si deja la moqueta, por arriba, y vuelve al movimiento obrero, siempre sindical, por abajo. La limpia en la cultura empieza por romper banderías, y decir bien algo que tipos como tú no nos representan, y que esa mentira eterna de página tras página hiede como el cadáver más hondo y enterrado entre los aplausos con las orejas de la doble moral, de la tripe moral, de la cuádruple moral. Las tres viudas por las que te acercaste a los maestros (Alberti, Ayala, González) te hicieron el dibujo exacto: tramposo, arribista, interesado. El saqueo fue inmaterial (también material porque algunos cuadros ajenos fueron bien vendidos) pero es que ese mismo aire envenenado, oxígeno macilento, es hoy el que obliga a algunos pañuelos a proteger boca, nariz y oídos, en su simple trato o contacto.
Lloras un mar de mentira por escrito, Carajaula, después del falso que ocupó una vida entera y todavía deja sangre por la que habla la herida abierta entre tantos amigos consternados por tu trola, tu mandanga, tus formas y tu grasa capilar cercana a la boñiga. Compra, Carajaula, champú para las lañas, porque eres un truño y lava los vaqueros falsarios, donde al levantar el puño casi se te caen, revelados los pantalones contra tanta farsa. Desconoces, Carajaula, esa verdad limpia y clara como un vaso de agua que siempre nos hace libres, al mismo tiempo que tejes y destejes una red inútil, fabulación facilona, desmontada al primer sorbo por quienes tienen toda la información de quien se fue en silencio, como una señora, pero no menos cabizbaja frente a tus reveses, embustes, mentiras y arabescos. Mira por dónde igual te has hecho barroco a fuerza de lances amatorios, vino de garrafón y esas mañas del asado graso entre los premios para pocos, la vida ful, la estafa viva entre las fauces.
Lloras un mar, lloras una bañera, lloras un estanco, mientras todas tus ninfas asisten al espectáculo con los ojos abiertos y el coño parpadeante. La impostura es circense, ríen tus cojones morenos ante el espectáculo del elefante, ese libro lacrimal donde el tufo es otro pufo, vamos a hacer guita con el ful de los años de mentira sin contar los verídicos, o con los auténticos sin contar los del ful, porque da igual, Carajaula, el trile es idéntico, una bolita y tres vasos, profundo hedor a propaganda entre los piños negros como carbones.
Los muertos no pueden defenderse, pero ella ahora charla con tus maestros (Ayala, González, Alberti) mientras escucha con los ojos tus denuestos, porque el piropo puede llegar a insulto conocido su envés, porque a la falsa moneda se le ve el guiño, que es disparo, al darle la vuelta. Me das pena, Carajaula, tu rubí líquido disuelto en sombras es un gas dormido, una ventosidad diáfana, amplia y eterna. Actúa como el mejor estanque, el espejo más preciso, no es el reflejo sino el reflejado quien apesta, y por la pista del poema uno sube, porque ese juego mentira/verdad no es propio del cielo. Sube lágrimas al carro de heno, para su venta al por mayor por las aldeas, pero por lo mucho que suba el negocio sabes bien lo pestilente del asunto. No es que sea indiferente la verdad o mentira para la literatura, es que la mentira literaria ensucia la vida y apesta. Es que la verdad literaria parte de tus antípodas: lo que fue y ya no es, y no lo que no fue y podría haber sido. Carajaula: déjalo, retírate, la birria llega al techo.