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TRIBUNA

El fútbol y la cultura de la cancelación

César García Muñoz
jueves 09 de marzo de 2023, 19:11h

Los escándalos y las polémicas en el mundo del fútbol han sido abundantes en los últimos años, incluyendo casos de violencia de género, extorsión y amaño de partidos. Sin embargo, no parece que hayan tenido serias consecuencias en la reputación de las figuras de este deporte.

Maradona ha recibido homenajes y tributos masivos en vida y muerte incluso aunque había evidencia de que había agredido a su expareja e incluso de que había mantenido relaciones sexuales con menores. Benzema fue (y todavía es) considerado una de las grandes estrellas del Real Madrid y la selección francesa, balón de oro y muchas cosas más, aunque fue condenado por extorsionar a un compañero de la selección. Ryan Giggs mantiene el status de leyenda del Manchester United aunque está siendo procesado por violencia de género. La Juventus de Italia nunca dejó de ser uno de los clubs de fútbol con más fans del mundo a pesar del calciopoli, básicamente la compra de árbitros en la liga italiana. Cristiano Ronaldo y Lionel Messi han sido culpables de fraude fiscal y sus carreras profesionales y comerciales no se resintieron en absoluto y, de hecho, Ronaldo, a pesar de su declive deportivo, sigue siendo el Instagramer mejor pagado del mundo.

En el verano de 2021, se desvelaron los off-the-record de Florentino Pérez insultando a algunas leyendas de la institución. A pesar de que el club todo lo que hizo fue publicar algunos Tweet y una nota de prensa anunciando demandas al periodista, el escándalo se saldó con unos simpáticos memes de apoyo al mandatario madridista. Los jugadores insultados no dijeron ni mu. La supuesta crisis se disolvió como un azucarillo. Algo más tarde, el relativo fiasco de su liderazgo y apoyo a la Super Liga Europea tampoco tuvo mayores consecuencias.

Las evidencias que se han presentado contra el FC Barcelona recientemente por controlar y manipular la designación de árbitros en la liga española durante dos décadas y cuatro juntas directivas ciertamente han generado polvareda en los medios de comunicación, pero no se conoce de nadie que haya dejado de ser fan o socio por ello. Tampoco hay ningún espónsor o patrocinador que haya retirado su apoyo a una sociedad que habría violado la ley y obtenidos títulos quizás inmerecidamente. Y las investigaciones de la fiscalía son palabras mayores, porque ponen en cuestión la credibilidad de una industria y un entretenimiento en el que millones de personas invierten su tiempo y su identidad.

¿Por qué esa laxitud? A un cineasta, artista o político al que se le condene por acoso sexual, se le relega al ostracismo inmediatamente. Se le cancela. Ahí están los casos de Woody Allen, Louis C.K., Bill Cosby o Harvey Weinstein. Se les retiran los honores, a veces el producto (caso de Netflix con Louis C.K.) y la atención. En su momento, y debido a cuestiones tributarias, Ingmar Bergman o Gerard Depardieu sufrieron ataques de la opinión pública de sus países por cambiar de residencia fiscal para pagar menos impuestos.

Cualquier empresa cuyo producto sea fraudulento o defectuoso sufre las consecuencias en su reputación. Fíjense en Ferrovial, que después de todo se ha atenido a la más estricta legalidad. Las empresas futbolísticas parecen, sin embargo, ser menos vulnerables. En cualquier industria que no sea el fútbol, un CEO que viole la ley sufre las consecuencias si se demuestra que bajo su mandato se han hecho pagos fraudulentos para corromper a las autoridades.

Muchas consideraciones pueden realizarse al respecto, pero lo que es obvio es que el fútbol funciona con una serie de reglas diferentes a cualquier industria o deporte. Para empezar, en un mundo, al menos el occidental, en el que la religión, por mucho, que digan, prácticamente ha sido relegada al ostracismo, el fútbol ha reemplazado a la religión y se ha constituido en una auténtica religión civil. Atacar a un jugador o a un presidente que ha cosechado éxitos, como Pérez o Laporta, es como atacar a un sumo pontífice. En otras palabras, la relación y la comunicación que mantienen los protagonistas de la industria del fútbol con los fans y socios es devocional.

Asimismo, en un mundo cada vez más desigual y en el que en los mismos estados nación coexisten sociedades paralelas en estilos de vida, el fútbol es prácticamente el único movimiento de masas transversal e interclases que nos queda. Si bien en los estadios, debido al elevado precio de las entradas, es complicado que se den cita personas de todos los estratos sociales, es verdad que queda el sucedáneo que constituyen las retransmisiones televisivas que pueden considerarse grandes comuniones colectivas.

Y el fútbol es sobre todo y ante todo una fuente de identidad y continuidad en un mundo cada vez más despersonalizado y líquido en el que los vínculos personales e institucionales son cada vez más frágiles. De hecho, podría afirmarse que es más difícil que una persona cambie de equipo de fútbol que cambie de cónyuge, religión, casa o trabajo.

En cierto modo, y dando por hecho que el capitalismo prospera más y mejor cuando abundan las emociones que impulsan la producción y el consumo de productos y servicios, hay algo profundamente humano en el fútbol. En un mundo dataísta, monetizado y empírico, el fútbol es el último reducto en el que se admite el error humano u organizativo.

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