Cuando los agresores se presentan como víctimas sucede, por una inversión típica, que las víctimas se conciben como agresores. Hace falta mucha fortaleza para mantener ante sí mismo la conciencia clara de no ser ofensivo, de no haber atacado a nadie. El recurso para convertir al acosado en acosador pasa por hacer irrelevante la propia conciencia subjetiva. Uno puede ser agresor sin conciencia de serlo, como hay víctimas que se niegan a reconocerse como tales.
Cuando te han tomado el discurso y gobiernan el orden de la palabra sólo queda el recurso de guardar silencio y asentir. Cualquier objeción será interpretada por los señores de la post-verdad como índice ofensivo, como violencia implícita, como un resto inasimilable de un fascismo entrañado y elemental que ha de ser reprimido en nombre del Bien.
De entre todos los signos indudables de poseer una naturaleza equivocada destaca la reclamación misma de poseer una naturaleza, toda alusión a la verdad o la realidad delata una culpabilidad intolerable. El fenómeno no es nuevo, tiene raíces históricas muy profundas, pero ha alcanzado en los últimos lustros el grado delirante de un totalitarismo liberal.
Cuando en una vieja polémica medieval se concluyó que no existe una realidad lógicamente estructurada y que nuestras ideas son meros nombres que el sujeto atribuye a clases de cosas, que pudieran someterse a cualquier otra categorización, basta una contumaz coherencia para concluir en la afirmación de que las cosas simplemente son como decidimos que son.
Hasta hace poco cabía objetar contra esta conclusión que no todo puede predicarse de todo, que puede tener sentido decir de un hombre que es un animal, pero no lo tiene decir que un hombre es una bufanda, de manera que la realidad tiene un orden que se impone al discurso, que no podemos hablar por hablar o establecer clases según una voluntad que juzgamos ingenuamente intacta.
Desde hace unos años el nominalismo liberal ha alcanzado un grado límite y vemos como fruncen el ceño los epígonos tristes de la escuela de la sospecha y claman “¡cómo que un hombre no puede ser una bufanda!”. De hecho, esa negación ya me delata y me convierte en agresor.
La convicción íntima de no ser agresivo se opone a la convicción íntima del prójimo que me señala. En este juego de subjetividades vacías que no comparten un mundo común, ajenas entre sí e incapaces de apelar a una realidad dada, el que domina la voz y manda callar al prójimo decide sobre la verdad y/o la realidad. Hoy un hombre puede ser y es una bufanda.
El grito de libertad que desea la muerte – retroactiva – de otro, acaso la misma ejecución proactiva del otro, pueden presentarse como gesto de emancipación. La crítica de ese grito funeral se considerará una agresión gratuita y mañana se acusará al caído de su propia muerte. No hay nada nuevo en ese proceso. Ya ha tenido lugar en el pasado y las condiciones de la sociedad global, lejos de obstaculizar, facilitarán la repetición del proceso.
Hará falta una voluntad sólidamente edificada, un fuero interno dotado de una arquitectura firme para sostenerse en mitad de la nada, que trae el nuevo nominalismo ultraliberal de los señores de la nueva verdad. Hoy nos gobiernan personas que amenazan con gestos plañideros de víctimas acosadas y son capaces de una agresión extrema con la conciencia intacta de sufrir una ofensa imperdonable.
Son los agentes de un programa subversivo, sin duda, alimentados por aquel filósofo dinamitero y sus intérpretes recientes. Acaso les sorprenda mañana comprobar que algunos ni muertos callan.