La vida humana siempre ha sido un drama arriesgado, lleno de abismos y monstruos, pero con valles de luz radiante y arroyos de agua cristalina. Nunca ha habido una vida fácil porque es constitutivamente problemática o no es vida.
La naturaleza de la dificultad tiene elementos universales: el carácter consciente, finito y comunitario de nuestra vida es propio de cualquier otra. Esos mismos elementos se modulan, sin embargo, de manera diversa en cada caso. La consciencia de la finitud puede exacerbarse hasta extremos delirantes u oscurecerse en una vana huida de la muerte. La condición comunitaria puede extremarse ahogando la singularidad personal o puede – como es hoy el caso – negarse en la más vacía exaltación de la individualidad.
Sumen a este radical individualismo, el oscurecimiento de nuestra finitud que, en nombre de una idea estéril de felicidad, exige esconder la decrepitud y la muerte. Añadan la incesante búsqueda de formas de vida estupefacientes que, entregadas al paliativo de una constante actividad, buscan adormecer una conciencia hundida en un vacío sin horizonte.
En el pasado luchamos para que las miserables condiciones materiales de vida no subyugaran absolutamente al individuo, hoy parece que hemos de luchar para que un viscoso bienestar no anule nuestra singularidad. Que no logre esta miserable abundancia lo que no consiguió una miseria extrema.
Creo que hoy la vida se ha hecho más difícil, prueba de ello es el número creciente de los vencidos por sus condiciones actuales. Me refiero a la creciente tasa de suicidios, especialmente entre jóvenes muy jóvenes, y al incalculable marasmo de desesperación que manifiestan los índices de depresión y de malestar psíquico.
Las generaciones venideras se enfrentan a condiciones de vida muy duras, a cuyo encuentro han de ir bien armados, con un conocimiento franco de nuestra condición mortal y con una consciencia firme de nuestra mutua dependencia. Consciencia que tenga una raíz cordial, porque esa dependencia mutua nos fortalece cuando nos abrimos al prójimo para fundar un mundo común. No se trata tanto de conocer, cuanto de vivir juntos.
Vivir. Hemos olvidado cómo vivir y aparecen profesionales en la materia empeñados en enseñarnos; sin apelar a ningún cambio real de las formas de vida, sino a engañosos desplazamientos de nuestra perspectiva individual. Engañosos por insuficientes; no es que la psicología no pueda ayudarnos, es que la sola psicología no puede ayudarnos.
Alguien me dirá ¿puedes tú acaso ayudarnos? Respondería que ya ayudo al que tengo al lado, que además me ofrece su mano. Gestos de apoyo mutuo que no nacen de ningún contrato, sino de una verdadera preocupación por el bien común. No tengo una respuesta universal que sea original o inédita, sino que me atengo a una respuesta olvidada, pero anhelada. Es la respuesta fundada en el eterno mandato del amor mutuo. Hoy ese mandato se ha sustituido por una falaz reivindicación de derechos individuales sobre la base de una egolátrica exaltación de lo propio.
La reorientación de mis actos, desde su actual forma reflexiva y cerrada hacia una forma transitiva y abierta, pide la conjugación de dos condiciones, una personal y otra política. Una condición antropológica y otra histórica, pero inseparables ambas. El problema es tan antiguo como la historia, pero conoce en los últimos siglos una forma crecientemente angustiosa, que ha llevado a hablar de una u otra forma de socialismo cristiano, desde el nuevo cristianismo saint-simoniano al evangelismo ingenuo de tantos revolucionarios, del aggiornamento de una iglesia en diálogo con el mundo al comunismo más o menos determinista o a un liberalismo salvífico.
Si en el pasado conocimos formas menos extremas de desgarro, si alguna vez la vida humana disfrutó una condición menos escindida o quebrada, habría que volver la vista y hacer de aquellos estados nuestro objetivo. Reorientar nuestros actos al logro de aquellas formas de vivir más conscientes de nuestra condición finita y comunitaria.
Es cierto que, cuando volvemos la vista a ese pasado, encontramos algo que no queremos ver: vemos en vilo al mundo, pendiente de un hilo interminable del que no conocemos su otro lado.