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TRIBUNA

Viaje al sur (I). Del aire por las calles de Sevilla

lunes 20 de marzo de 2023, 19:46h
Actualizado el: 20/03/2023 21:53h

Cuando uno visita ciudades que son conocidas por haber aparecido en películas, en libros, y que tienen una fama que atraviesa generaciones y épocas, es difícil sentarse a describirlas con un mínimo de originalidad. Querer intentarlo, de por sí, ya es creerse demasiado.

Al regresar de un viaje, este continúa en el segundo en que cambiamos la acción turística por la memorialística. Permitimos que el impacto de lo que se ha grabado en nosotros pase a una impresión que va a tener más de suceso narrativo, salpicándose de lo literario. Si uno escribe, el proceso es inevitable. Mejor tenerlo en cuenta sin ahondar en coqueterías, pues no deberíamos quitarle esas propiedades a un lugar como el referido.

Los tres días fueron generosamente lluviosos. Hasta aquí el único detalle original que podría permitirme resaltar durante la estancia. Los propios sevillanos se extrañaban y algunos lo agradecían. El tópico color especial de la canción fue sustituido por el de los paraguas cansados. El blancor de los edificios se tiznaba por lo que caía de los canalones. Los carteles que anunciaban los preparativos de la Semana Santa y el ruido de los andamios en plazas e interiores de iglesias, competían con ese repiqueteo acuoso que, dentro de unas semanas, callará por los pasos y el olor de la cera. Uno llegó a la ciudad cuando más afanosa se encontraba en organizar sus pasiones. Ni los capullos de azahar se habían abierto. Esperaban como puños antes de golpear. Me alegró saber que allí los quioscos permanecen en plazuelas o zonas más transitadas; sus rejas y pilas de periódicos y revistas que denotan interés por el saludable ritual de comprar prensa escrita, cada vez más exótico.

Los recorridos por las zonas emblemáticas estuvieron a la misma altura que otros más apegados a las geografías personales. Saberme en la calle Mateos Gago y acordarme que en su número 27 estaba la librería de viejo Renacimiento, esa que en un poema que Trapiello le dedicó, decía que la tinta azul palidecía igual que unas hortensias. La calle del Aire de Cernuda tan vacía, y resonantes en la noche los baños árabes vecinos. La plaza de España dentro del parque de María Luisa, con el barro derritiéndose por las aceras y el pavimento, haciéndose más arcilloso, y los grises de los árboles inmóviles ante la naturaleza de las cosas. En su centro, mientras los visitantes nos refugiábamos del aguacero en la galería, contemplábamos lo que suele ser tan carismático y reluciente con sol, pero entonces desierto y despejado de las fotos constantes. Un par de calesas se empeñaban en dar vueltas con el eco de las herraduras de los caballos exhaustos, goteantes. Había un dios enfermo que nos esperaba y nos mantenía absortos, parafraseando un verso de Laura Rodríguez Díaz. Pero estábamos lejos de cualquier sufrimiento. En todas esas imágenes, sólo el trabajo del ensueño. De igual manera en los jardines del Real Alcázar, donde uno precede al siguiente en una sucesión de encantos que arrebatan de tanto hablarte del agua, de esos cuerpos y flores que reclaman la sed y el hambre.

Afortunadamente, el paladar es una extensión más de lo que nos asiste y ronda cuando pretendemos contar las delicias que habrán de durarnos por lo magnífico del hallazgo. Fue el caso del lomo al whiskey en una taberna de General Polavieja, El Portón, mientras los toldos chorreaban a uno y otro lado en la estrechez del paso que dejaban las mesas. Junto a las bebidas de tentempié, esta tapa, que después pedí también como segundo plato, mereció ser comentada y por uno recomendada a varios amigos de forma inmediata. La explicación que obtuvimos por nuestra pregunta al camarero respecto a la procedencia no pudo ser más lacónica: algo típico de aquí. Sonriente, marchó a sus labores. Las paredes estaban atestadas de motivos taurinos en los recortes de terceras y noticias, de fotografías de celebridades y lienzos que podrían emular los de Maeztu si el que los observase llevara unas copas de más encima.

A modo de broche, Triana, desde el otro lado del Guadalquivir, manteniendo su prudencia con las siluetas de la catedral y las torres y los nubarrones que sobre ellas imitaban el oro viejo. Dice Gallego Benot que frente al colapso de la imaginación, un río. Y es cierto que por él no pasaba mucho, aparte de los que se ejercitaban en los remos y los que demostraban mayor profesionalidad. La estatua de Belmonte vigilaba el balanceo de los ciclámenes a sus pies, color sangre de las faenas. Un cisne picoteaba una boya. Algunas naranjas habían rodado hasta las orillas sucias. El río estaba en calma por saberse mirado y mirarse. Lo vaporoso en las nubes y en la suavidad del ambiente recordaba los pasteles de Joaquín Sáenz, que dejó escenas bellísimas de las cercanías trianeras y sevillanas.

No convendría insistir en este panorama último. Se corre el riesgo, una vez se ha vuelto del viaje, de no alcanzar la meta de todo regreso, que es partir.

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