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Las afueras

viernes 17 de octubre de 2008, 21:23h
Uno de los libros de más éxito en los años sesenta, símbolo del llamado realismo sucio, fue la novela de Luis Goytisolo “Las Afueras”, una colección de relatos en torno a la vida en las periferias de las grandes ciudades y especialmente en Barcelona. La obra creó escuela hasta el punto de que años después se habló de dos “escuelas literarias” antagónicas: la que defendía el realismo más estricto y la que prefería un tipo de literatura más sutil y poética, próxima al modernismo de los años treinta.

La primera escuela se conoció con el nombre de “la berza” porque sus historias intentaban reflejar las condiciones de vida de los sectores más pobres de la población, los que vivían en los poblados improvisados habitados por los emigrantes recién llegados del campo castellano, andaluz y extremeño.

La estricta descripción de aquella periferia miserable ubicada en las afueras tenía obviamente una carga política considerable. En aquellas afueras –el Pozo del Tío Raimundo, el Pozo del tío Pio- surgieron las primeras organizaciones obreras que posteriormente se convertirían en instrumentos reivindicativos de primera línea.

Año tras año aquellos poblados de chabolas fueron desapareciendo hasta convertirse en lo que ahora hora son: barrios humildes dotados, sin embargo, de elementales servicios sociales y comunitarios.

Todo esto viene cuento porque un programa de televisión, “Callejeros”, producido y emitido todos los viernes a la noche por la cadena Cuatro, de alguna manera recupera la terminología y los temas de la literatura realista de la “berza”. Se trata de una serie de reportajes sobre los poblados más desarraigados de Madrid periférico sobre el que los ciudadanos comunes tienen un mal conocimiento o simplemente desconocen.

La droga, la delincuencia, las condiciones de vida tanto en las chabolas como en los callejones embarrados de estos poblados ofrecen una imagen terrible y que de alguna manera desmiente la idea de una ciudad moderna, laboriosa y próspera. Estos poblados –“Cañada Real”, “Pitis”, etc. constituyen la otra cara del espejo brillante de la gran ciudad y sólo se sabe de ellos cuando las guardia civil realiza alguna redada en busca de redes de narcotráfico o cuando las inundaciones cubren los caminos y las casa de estos pobres entre los más pobres de nuestra sociedad: gitanos rumanos, quinquis, marroquíes y otros magrebíes, etc...

El Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid hacen lo que pueden para desalojar a estos miserables y ofrecerles una casa o un barracón más higiénico y habitable que el que tienen. Y ahí, en estos desalojos se producen enfrentamientos entre quienes no desean abandonar la miseria en la que viven y los que aspiran a tener una casa decente.

En “Callejeros” se retrata con implacable veracidad cuál es la vida cotidiana de estos colectivos: las drogas como mercancía y tráfico, la chatarra, el alcoholismo y la prostitución aparecen en estos severos reportajes con la gravedad de sus consecuencias. Y obviamente, lo que constituye una denuncia por la pobreza y el tráfico se dirige a las autoridades y fuerzas del orden que parecen haberse olvidado de estos ghettos ciudadanos.

Este otro Madrid, bronco y pobre,, donde la delincuencia y la droga campan por sus respetos, los niños no van a la escuela y los adultos trapichean es una faceta que convendría recordar a diario a las autoridades municipales y comunitarias. Hasta ahora este tipo de recordatorio ha tenido poco éxito pero está claro que por elemental humanidad y sentido común las cosas no podrán seguir siempre así. Estas afueras son peores que las de los años sesenta con la diferencia que el país era más próspero y había medios mucho más sofisticados para acabar con la miseria que al parece nadie quiere ver si no es porque en “Callejeros” todos los viernes alguien se acuerda de recordarlo.
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