Banderilleros
viernes 17 de octubre de 2008, 21:53h
La noticia era que José Antonio Morante de la Puebla se encerraba con seis toros. El día del Pilar, fiesta grande de Aragón, la corrida de la feria. Ese mismo día el banderillero Manuel Bueno había decidido poner fin a su faenar por una vida al límite: la vida de un torero. El mismo día, casi a la misma hora en que el matador Pepín Liria lo hacía en el coso de Murcia, su tierra de origen, donde, entre la devoción y el paroxismo, cortaba ocho orejas y un rabo. Sin embargo pocos sabían, ni siquiera entre la afición más conspicua, que Manolo Bueno, de grana y azabache, las canas duras bajo la montera, ponía en Zaragoza su último par de banderillas.
Fue en el cuarto de la tarde, Dudeto, un colorado de “El Pilar” –nefanda coincidencia–al que Morante había echado bien los brazos en las verónicas y que cortaba la rosca en los remates. Con esa desconfianza agresiva que –también en los toros– produce la flojera, persiguió en banderillas –donde no hay engaño– y en un descuido penetró el muslo izquierdo, casi en la ingle, del torero. Había dejado ya los palos en lo alto y, cuando en el segundo tiempo del percance el toro aún no lo había soltado, se echó la mano, con rostro sereno y dolorido, a la parte posterior del muslo, donde la punta del pitón lo había atravesado. La seda grana del vestido nos impidió ver la sangre, el gesto templado nos evitó la alarma angustiosa. La cornada era de tres trayectorias con más de cincuenta centímetros de extensión.
La plaza de La Misericordia anuncia a los banderilleros con un luminoso rojo sobre las andanadas, pero en la mayoría de las corridas que presenciamos son seres anónimos, de reconocimiento exiguo, hombres de plata y de azabache sin los cuales la lidia sería imposible.
En Granada, junto al poeta Federico García Lorca, aguardaban la muerte dos banderilleros. Siempre preparados para lo fatal, a pecho descubierto, sin más engaños que su propio cuerpo, leales, esforzados y ligeros, menudos e infalibles, pendientes –una vez más– del maestro. Puedo verlos, la piel cuarteada por el aire y el tiempo, el color cetrino y oscurecido, el brillo negro de la mirada, el silencio del hombre curtido en la vida, el ánimo de alguna broma o el chascarrillo preciso, incólumes ante lo irremediable, el dolor siempre oculto, la hombría de saber estar. Puedo verlos antes de su último aliento, de la coleta segada por las armas, como a los hombres decentes y valerosos, almas calladas de esparto que forman lo más granado –y azabache– de los españoles.
Al final de la película Alatriste, -la mejor película de atmósfera histórica de nuestro cine, la que mejor cuenta y pinta el barroco y sus contradicciones, la que refleja el ser español con más sutileza y emoción- la escena nos lleva una batalla, la de la derrota de Rocroi. Restos maltrechos de los tercios frente a un bien pertrechado cuerpo del ejército francés. La exigua tropa rechaza una rendición honrosa, agradece el ofrecimiento del Duque de Enghien, pero sabe que es imposible: “esto es un tercio español” –casi se disculpa su capitán. Tras muchas bajas, apenas queda el espada con su leal cuadrilla de banderilleros, de soldados viejos de los tercios antiguos, los de la vanguardia en el combate, los que no fallan. Cuando uno de ellos cae mortalmente herido, Alatriste lo toma en sus brazos y recibe su último deseo: “Cuenta lo que fuimos”. Seguro que el director era de familia de banderilleros.