Hasta hace no mucho tiempo el encontrarse una mosca en el plato de sopa obligaba a una explicación cuando se comía en restaurante. Era una ofensa para el comensal y así lo entendían tanto el camarero como el dueño del local. Tras las consabidas disculpas te retiraban el plato y de inmediato te servían una nueva versión de sopa de fideos libre de incómodos habitantes. Eran otros tiempos, para que engañarnos.
Hoy la cosa es diferente. Una mosca surfeando en un plato de sopa hay que animarla para que consiga su propósito, o sea, llegar a la orilla sana y salva después de una demostración marinera de primera. Si es preciso buceará entre los arrecifes de fideos hasta coronar el borde del plato. Allí sacudirá sus alas y tras una peineta al comensal, echará a volar sin mayor rubor. Un ser vivo, invertebrado, de los considerados sintientes, y además con el respaldo de la Ley Belarra, no es cosa de jugársela, porque los propios trabajadores del restaurante tienen orden de no agredir a mosca alguna que se precie bajo fuerte sanción económica e incluso pena de cárcel si el insecto estuviere en época de celo.
Son tiempos difíciles para el paladar porque los insectos como alternativa proteínica serán la salvación de la humanidad, según los expertos en la materia. Dicho así puede sonar antipático, pero sepan que actualmente se permite la venta de algunas especies de insectos en el mercado europeo, después de que la Comisión Europea actualizase su lista de alimentos autorizados en su cruzada contra la carne y la búsqueda de nuevas fuentes de proteínas. Recientemente se incorporó el polvo de grillo doméstico parcialmente desgrasado, que se suma a la lista de los ya aprobados por la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria: las larvas del gusano de la harina, la langosta migratoria y las larvas de escarabajo del estiércol. Estos alimentos pueden ser uno de los ingredientes contenidos en pastas, galletas, salsas, sopas, chocolate, o bien formar parte de un panaché de gorgojos al suspiro de canela.
A mí la langosta migratoria siempre me ha caído bien, de hecho hice una parte del Camino de Santiago junto con una de ellas y créanme que se aprende mucho, tanto que en mi yo interior se ha formado una duda existencial sobre la vieja costumbre de alimentarse: ¿Qué prefiero, un chuletón de Ávila o mejor una fuente de larvas variadas? Llegados a este punto creo que estoy por debajo del umbral de la conciencia. -¿Es grave, doctor?-pregunté a mi psicoanalista; el cual me derivó al endocrino, quien a su vez me sugirió ir a la nutricionista y esta última consideró más conveniente que mi caso fuera tratado por el mismísimo Alberto Garzón, ministro de Consumo del Gobierno de España y gran valedor en la materia, pues no en vano defiende la ingesta de saltamontes, chapulines y grillos a cambio de las magras carnes. Y le tengo considerado como experto custodio porque él mismo ha pasado por idéntica crisis que la mía y al final parece que se decantó por el jamón de Jabugo, cosa que los insectos, aunque éstos también se críen y reproduzcan en las dehesas de bellota rodeados de buenos pastos en medio de hierbas aromatizadas, pues no son lo mismo a la hora de engrasar el paladar. Y es que no siempre el hábito hace al monje.
Confieso que nada tengo contra la Mantis Religiosa, por ejemplo, insecto que me parece un poco canalla, dicho sea. Alguien capaz de copular con el macho para luego comérselo, una de dos, o el animoso hombre de la casa sufre de gatillazos o es que hay un problema de terceras personas en la pareja. Bastante preocupante cuando algo así se lleva al límite de la convivencia, pues si en el mundo de los insectos también existe violencia de género, salimos de Málaga para entrar en Malagón. Por eso digo que no todo consiste en sorprender al aparato digestivo así sin más, sobre todo porque con las cosas de comer no se debe jugar y aunque el gusano sea cubierto de confites, gusano se queda, que para el buen gusto y el matar hambres con pan de ayer, carne de hoy y vino de antaño, salud para todo el año. Por eso más vale darle al diente motivos para el bien del tracto, que en buena digestión todo cuerpo agradece y se fortalece si lo que se come alimenta y apetece.
Mala cosa es la privación y en eso obligados estemos en comer tréboles si fuera necesario, más dejar a la suerte un destino de ayunos con ollas recias en manjares desacredita por igual al comensal, a la voluntad de la ciencia y al ingenio del buen apetito, convirtiendo al hombre moderno y a quienes insuflan modas faltas de juicio, en simples catacaldos de sombríos coleópteros. Vayan sus mercedes al carajo y dejen en paz al escarabajo, que los que estamos en época de mermas precisamos darle al cuerpo gustos en vez de disgustos y en la cosa de alimento vale más comer buen jamón que pechuga de insecto.