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TRIBUNA

El Japón y su duende

Javier Mateo Hidalgo
sábado 01 de abril de 2023, 18:23h

Recuerdo el rostro de aquella geisha que, sobre fondo dorado, observaba sonriente hacia el ángulo inferior de la imagen. Sus facciones parecían sacadas de una estampa Ukiyo-e, que hicieron famosos creadores como Katsushika Hokusai. Delicada portada para un libro de José María Gironella —reconocido, sobre todo, por su obra magna Los cipreses creen en Dios (primer tomo de su trilogía sobre la Guerra Civil española)— titulado El Japón y su duende. Lo conocí de niño, cuando husmeaba en la biblioteca de mi abuelo. Publicado en 1963 en la editorial Planeta, el escritor catalán —japonófilo de pro—, relata su experiencia en el oriente nipón, cuando fue invitado a dicho viaje por Narciso Yepes durante una de sus giras. Allí pasó siete semanas, llegando a Tokyo después de un viaje de tres días.

He recordado este libro ahora, precisamente, cuando de alguna manera vengo de emular a Gironella, habiendo vuelto de una odisea japonesa cuyo vieja de ida y de vuelta ha durado —afortunadamente— la mitad que hace la friolera de sesenta años. Como era de esperar, el escritor que viajó allí con tan eminente guitarrista no podía por menos que hablar de la influencia musical entre aquel país y España. De algún modo, en mi caso, la lírica sugerida en y por aquel lugar me llevó a la escritura poética, poniéndome como reto la creación de dos haikus diarios, donde relatase —a modo de viaje— mi periplo de un modo intuitivo y sugerente.

Hablar de Japón y del apreciable contraste con Occidente resulta una tarea sencilla y compleja a la vez. Sencilla porque resultan evidentes sus diferencias principales, pero compleja ya que hay que conocer el orígen y motivo de las mismas. Su razón medular. Para empezar, conviene referir a un elemento global que aglutina un sinfín de características, como es el concepto civilizado de la vida individual y de ésta en relación con los demás. Los viajes compartidos se hacen en silencio en los distintos medios de transporte. Uno llega allí desde el aeropuerto de Narita por medio ferroviario y no escucha una sola voz que perturbe el silencio. Si las hay, enseguida se toma conciencia de que quien la emite es extranjero. Cuando llegamos a Tokyo, el silencio se mantiene pero entra en confrontación con los sonidos artificiales, emitidos por megafonía. Por ejemplo, el piar de pájaros, con el fin de paliar la sensación de claustrofobia que algunos pasajeros pueden sentir. Además, cada estación posee una melodía propia, cuyo autor debería de pasar al libro —en otro tiempo tan célebre— Guinness World Records: Minoru Mukaiya. Nada más y nada menos que 170 jingles, a través de los cuales se informa al pasajero de la estación concreta en que se encuentra. Muchos de ellos leen todavía libros, dejando a un lado los móviles, y aquellos los detentan forrados, pues nadie tiene por qué saber qué leen. Se evita así las miradas curiosas y los juicios, sobre todo si son libros subidos de tono, que también proliferan. Esto da lugar a otra cuestión que debemos sacar a la palestra como contrapeso: la negativa a mostrar aquello que designa el concepto “honne”, es decir, los verdaderos sentimientos o deseos de una persona. Hay una represión hacia esta parte irracional, al menos de cara a la galería. También “niegan el no” —valga la redundancia—, evitando contrariar a los demás, discutir con el otro. Estas son las razones por las que buena parte de la población sufre de depresión, llegando en algunos casos al suicidio. También hay quien pierde la vida por un excesivo trabajo —existe incluso una palabra para denominarlo: “karoshi”—. Vivir para trabajar en lugar de trabajar para vivir, como dice el dicho. Como vemos, todo tiene su luz y su sombra.

Retornando al sentido cívico, hay que referir a la casi inexistente criminalidad. Hay un profundo respeto hacia el otro y a sus bienes. Esa consideración al escenario compartido también lleva a la idéntica ausencia de papeleras públicas. No se atisban indicios de suciedad en las calles, la población guarda en sus bolsillos cualquier elemento susceptible de convertirse en basura o desecho y lo deposita en los cubos de sus propios hogares. Del mismo modo, no encontramos lo que podría denominarse como ataques al mobiliario urbano. ¡Cuánto les queda a muchos de nuestros compatriotas por aprender de este lugar!

Por otro lado, llama poderosamente la atención la arquitectura urbana de las grandes ciudades, dominada por rascacielos de gran modernidad —incluidos algunos conservados con más de cien años—. Ello se debe a la falta de espacio que presenta la isla, obligando a construir en vertical en lugar de en horizontal. Buena parte de estas edificaciones se encuentran dominadas por letreros físicos y anuncios digitales, proyectando imágenes en movimiento y emitiendo sonidos de forma constante. No puede uno evitar pensar en el título de la película de Isabel Coixet Mapa de los sonidos de Tokyo (2009) —en una de cuyas secuencias se advierte, de forma poética, las rendijas o espacios existentes entre cada uno de las construcciones (con lo que se evitan posibles desastres durante los constantes terremotos que se producen en la isla)—.

Si el viajero gusta de detenerse en determinados puntos de las ciudades, podrá contemplar diversos templos sintoístas y budistas muchas veces escondidos, entre los colosos de vidrio y metal. Centrándonos en Tokyo y Kyoto —dos ciudades en las que existen claras diferencias, a pesar de sus aparentes similitudes—, descubrirá puntos neurálgicos históricos, como en el caso del gran templo de Asakusa en el primer lugar —lugar reducido a cenizas durante la II Guerra Mundial y reconstruido fielmente a posteriori— o el castillo Nijō en el segundo —cuya importancia se explica al ser el lugar donde, en 1867, se anunció el regreso del control político del Emperador, gracias a los cual Japón dejó de tener un sistema feudal para adoptar la concepción de nación—. En esta ciudad vale la pena recorrer algunas de sus calles más antiguas —única población respetada durante la segunda gran guerra y donde se conservan más vestigios de la arquitectura tradicional japonesa—, que suelen recorrer las geishas actuales, como la que domina el libro girolleniano.

Fuera de las descomunales y ajetreadas ciudades, el ser humano también habitó determinados espacios de la naturaleza en su sentido más espiritual. Será el caso de Nara, donde el gran y milenario templo budista Tōdai-ji muestra su amplia presencia —considerada la estructura de madera más grande del mundo— y cuya habitabilidad compartieron monjes y ciervos —considerados sagrados—. Por otro lado, los cerezos o sakura nos recibían con todo su esplendor, mostrando sus hermosos tonos rosados ante un inesperado adelanto de su floración. La primavera prematura se celebraba adornando de farolillos los dos lados del río Meguro en que crecían estos árboles. Por su parte, el monte Fuji se muestra escurridizo en su visión, pues gran parte de los días se desarrollan nublados en su zona, dominada por el paisaje montañoso. En sus macizos se enganchan o cuelgan numerosas nubes, privando al paseante de la contemplación de este promontorio que el citado Hokusai supo inmortalizar en sus treinta y seis vistas. No obstante, viajar en busca de su vista merecerá la pena, ascendiendo por el funicular y el teleférico de Hakone, y descubriendo ya a gran altura esa vista tan sublime de las minas de azufre, que hacen ascender al cielo nubes densas nubes amarillas. Finalmente se llega al lago Ashinoko, que se atravesará a través de un barco de reminiscencias piratescas, rumbo de regreso a la estación.

Podrían escribirse regueros de tinta en torno a ese “duende” japonés al que nos referimos, pero conviene mejor cerrar la tapa del libro o abandonar todo artículo para abandonarse al conocimiento directo, al aprendizaje vivo que regala viaje, para valorar un país insular tan fascinante. Tras su conocimiento palpable, nunca volveremos a ser los mismos.

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