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TRIBUNA

El antojo del yo

domingo 02 de abril de 2023, 20:16h

Vivimos tiempos vertiginosos en un mundo revuelto, conturbado y frenético en donde se respira un ambiente de claro desconcierto y franca desorientación. Hace un siglo Ortega y Gasset ya advertía de que “Vivimos un tiempo que se siente fabulosamente capaz para realizar, pero no sabe qué realizar. Domina todas las cosas, pero no es dueño de sí mismo. Se siente perdido en su propia abundancia. Con más medios, más saber, más técnica que nunca, resulta que el mundo actual va, puramente, a la deriva”. Quizás el extravío moral sea consecuencia directísima de la elevación de la técnica a la categoría de mito. El mito nace de creer solo en el mundo, de creer que todo, incluso Dios, brota del mundo, concepción inconciliable con la existencia de un Dios creador, eterno y misericordioso.

La idea cristiana liberadora de que el hombre tiene un lazo de unión con el Creador que lo había hecho a su imagen y semejanza se siente ahora como un yugo. Y Dios comienza a parecérsele como un antagonista, como el adversario de su libertad. El hombre elimina a Dios con el fin de forjar un nuevo humanismo con desprecio del humanismo cristiano. El “eclipse de Dios” conlleva la anulación del orden natural y, simultáneamente, la demolición de límites al poder del Estado, el cual persigue la eficacia a través de procedimientos tenebrosamente tecnificados. El resultado son falsas ideologías liberadoras, erróneas teorías científicas y engañosas promesas de felicidad mediante un catálogo de deseos consagrados como derechos. Y entre una humareda de egoísmos, sobresale el antojo del yo.

La rampa por la que se va deslizando el hombre actual conduce directamente hacia una existencia acomodaticia y facilona que haciendo añicos los espejos de virtudes, erige como valores superiores la seguridad por encima de la justicia, el bien particular por encima del bien común. Elevando el maquiavelismo a método de acción, se practica una política fingida, disfrazada de argumentos huecos y sin vuelos, que entroniza la anarquía legal y fomenta el odio y la discordia. Se buscan insólitos negocios excitando instintos, provocando pasiones o fomentando la banalidad o la petulancia. Se relaja la moralidad y se promueve el hedonismo. Se extiende la burla hacia la religiosidad. La cultura presenta síntomas de un grotesco snobismo, que, con ausencia absoluta de gracia y finura, rezuma vulgaridad y chabacanería rayando, en ocasiones, con la obscenidad.

Para contribuir a la arquitectura de la nueva sociedad, primeramente, alguien debiera advertir a los malaventurados albañiles de que sus arcos se están construyendo sin clave. Que todo empeño resulta pueril y estéril si se desecha la piedra angular. Porque la naturaleza humana en su origen es buena, pero imperfecta. No puede mantenerse un estado de miopía cuando las circunstancias están exigiendo a diario e imperiosamente la mayor amplitud de visión. Surge hoy un imperativo de misión. Llamadas fuertes a conciencias dormidas. No se hará nada de profundo y duradero para un nuevo orden sin una previa llamada imperiosa a la conciencia del hombre y a sus virtudes. El aprendizaje es duro como todas las rutas de perfección. Y la perfección también está sembrada de cruces.

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