Carta de amor perdida
Martín-Miguel Rubio Esteban
sábado 18 de octubre de 2008, 21:01h
Madrid, a 27 de diciembre de 1940
Mi querida Madrina:
No sabes hasta qué punto habéis vuelto en calor mi alma congelada en este Madrid frío, hambriento y arrasado por una guerra fratricida, en donde los piojos y la mugre se extienden por todas partes. Con perdón. Este Régimen, tu Régimen, alma mía, había prometido otra cosa. “Ningún hogar sin fuego, ningún hogar sin pan”, creo recordar. Con vuestra invitación a comer en vuestra casa ayer, 26 de diciembre, he tenido mi única celebración navideña. Desde hace cuatro años no había bebido sidra y de la carne de cabrito ya no me acordaba. Por cierto, vuestra cocinera es magnífica. ¡Tenía que ser santanderina, claro! Me recibisteis como alguien de la familia, como un primo o algo así. Tienes unos hermanos magníficos. Lo mismo digo de tus preciosas cuñadas. Y de tu madre, ¿qué voy a decir? Yo, que le debo todo.
Se ve que R te adora, y yo creo que tú también a él le amas…
Será un magnífico marido para ti. Además es el mejor guitarrista de España. Seréis un matrimonio entregado al arte; tú a la literatura, y él a la música. Quiero que seas muy feliz, J, mi amor…
Tu hermano L, además de médico afamado, es único contando chistes. Hacía mucho tiempo que no me reía así. Gracias a todos. Y qué hermoso es verte reír a ti, reina de la fiesta. Tu belleza deslumbraba, y tu elegancia casi me esclavizaba el alma. Sin el casi. Supongo que después del viaje a América, cuando tú y tu madre regreséis te casarás con R. ¡Qué suerte tiene! Harás bien.
Supongo que nuestros inocentes encuentros acabarán. Tiene que ser así. Sólo soy un joven de veintiún años del bando derrotado. Pero tú y yo transcendemos lo físico con lo espiritual e intelectual. Tú vivirás en mi cabeza y en mi corazón, y yo quiero que me acomodes en una pequeña habitación de tu alma limpia y buena, tersa. Sólo la ausencia del aliento de tu boca, que crotalotea con todos los olores de la montaña, mantendrá un dolor vivo el resto de mi existencia, Madrina. Pero ese dolor lo sublimaré y acabará siendo también dulce. Tú también tienes que ser fuerte. Mi cuerpo también siente la vibración de tu pasión.
Tienes que tener cuidado. Yo ante R me sentía tenso con las cariñosas atenciones que me prodigabas, Madrina mía. Aprenderé a besarte la mejilla “sólo” como tu amigo, tu fiel servidor.
Con tu hermano V lo pasé también muy bien. Pero, claro, no puedo mirarlo sin verle como lo que es, mi jefe. Mi Director. Y, sobre todo, el mejor periodista de España desde que escribiese en el diario "El Sol".
Cuando salí, en la calle, seguía haciendo frío, un terrible frío.
Por cierto, la Guerra en Europa puede alterar vuestro viaje. No sé. Pido a los Ángeles Custodios de tu madre y de ti que os protejan con celo.
Mientras, nos veremos el martes donde siempre. Tuyo hasta el fin.
L de Santullán.
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Doctor en Filología Clásica
MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín
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