Luis Antonio de Villena publica biografía libre y violenta sobre Francisco Brines: La vida secreta de los versos (Renacimiento). Las memorias maricas son deliciosas: al final del libro Brines por los sexshops locales buscando una cinta para levantar el mástil, a la mitad con pastillitas azules para lo mismo, y al principio intentando sodomizar a un muchacho árabe en su propia casa, cabreado en calzoncillos por el pasillo porque no se deja, mientras Villena juega con el compañero y su lengua. Lo dicho: pura literatura, versos secretos, noches de tiro y esquinas dobladas. Un destape.
Cuenta el librito el peregrinaje por calle Almirante en auto arriba y abajo, la pecera del drugstore de Velázquez con todas las miradas de pantera arañando el chasis, la búsqueda eterna e inmisericorde de chaperos, “chicos venales”, gallos extrarradiales, héroes de cine quinqui con algo de billar y el bozo todavía asomando por el labio superior. Se escuda Villena en que, sí, claro, le prometió a Paco Brines que no hablaría de él vivo, pero muerto ya es otra cosa, porque el Premio Cervantes se debe a sus lectores y nada debe ser respetado. Todo cojonudo, pero aquí el aludido no puede defenderse, y del régimen de vientos del biógrafo, hoy te saludo y mañana no, mientras la culpa la tiene el personal ajeno, ni te cuento, rey.
Se glosa la riqueza monetaria de Brines, de sus naranjeros y limoneros, de su vida secreta en Madrid sin oficio conocido, de sus premios puntuales por libros muy separados en el tiempo, y de su atuendo humilde, corriente, dejado, entre representante de cepillos de dientes y sombra anónima. El canto a la lujuria no tiene fin, y el subrayado aburre, la búsqueda de chicos de la calle, reyes de la faca y la navaja cachicuerna, golfillos, quinquis, chulos de billar, navajeros entre cadenas y ajustados, peones del argot, mendas sin una libra, gamberros impecunes y puro malevaje. En una ocasión desde Velázquez, siguen a Brines y al muchacho, al día siguiente tocan al timbre, y el poeta no abre y parece que toca saldar cuentas.
En la vida nefanda se acaba siempre con ceniza en la boca, se dice en alguna parte que tampoco voy a buscar, se empieza con brillos y se acaba con sabor a tierra, masticando piedras, porque la lujuria quizás sea tuerta pero delincuencia y venganza son fiebres ciegas. Hace gracia que un amigo íntimo se meta incluso con la foto final de Brines recogiendo el Cervantes en Elca, Valencia, y la apostilla de que esa imagen de sabio bonachón e inofensivo jamás obedeció a la realidad. Todo cojonudo, nuevamente, la misma óptica e idéntica lupa, y aquí nadie rechista, toca asentir y seguir leyendo el pregón a pies juntillas. Hasta en otra ocasión ven al pobre Claudio Rodríguez, como una cuba sobre un capó, y la pareja de libertinos ni se detiene, Almirante arriba y abajo, ya lo recogerá el camión de la basura, claro. Y nuevos duelos a florete, pellizcos de monja, entre Brines y Biedma, entre Brines y Claudio, cuando éste último, recién recuperado del capó recibe la amonestación de vete a casa a dormirla, y el otro responde que con tu madre, por supuesto.
La vida secreta de los versos es un campo de tiro al uso, abierto y en dirección única, donde Brines, no obstante, se erige como un Kavafis de vagabundajes varios y secretos, a su bola, a su aire, sin el menor interés en el medro literario, lujurioso, jubiloso y rabioso por la carne fresca y rosa de la primera hora de la noche o del alba. Casi abstemio, ajeno a alcoholes, su vicio todo iba por otra parte, sin recato y desatado, donde Villena va de comparsa, sin vehículo ni sitio muchas veces. La casa de Brines en María Auxiliadora ejerce las veces de picadero, dormidero de acogida, música de colchón, muelle eterno y posada para náufragos –venales- mientras el sol en la ventana comienza a ser otro limonero en la mañana recién estrenada y abajo, junto al portal, se afilan los filos y las facas. Viajes siempre a Marruecos o Portugal con idéntico motivo, travesías anales o donde el ojo del culo ejerce de norte en la brújula mojada.
Se busca el dibujo pretendido, quizás por no haber contraste: el poeta vividor, nocturno, disfrutón, lujurioso, secreto, carnal, homosexual, profundamente madrileño y cañí. Al primer Brines el doctor Marañón se lo dice en breve pócima, haz tu vida y sé discreto, no te preocupes por el resto. Va naciendo el escritor con lecturas de Juan Ramón (masturbaciones incluidas al trato con “Poemas mágicos y dolientes”) y el Luis Cernuda de todos los coloquialismos y brillantes ambigüedades. Llega a decir Brines que sin chicos y esa vida no merece la pena seguir, y aquí paz y después gloria, se acabó el cuento. Buenas noches, princesa. Buenos días, navajazo. Un beso, mamá.
Habla David Pujalte en el prólogo de “devolver a Brines una biografía”, sí, porque la vivió, muy bien, porque también la escribió, cojonudo, pero aquí, repito, nadie puede contestar al rollo. El homenajeado muerto y por allí no había nadie más. La vida secreta de los versos , asunto curioso, huye de todo mundo literario (cuyo fuego sempiterno es hablar mal del ausente) pero ejerce una confesión (no sé si confusión) de sentido único. Divertidas memorias de la verga, divertidos conciertos del ano, divertidas correrías por las aceras pegajosas, divertidos tiros de palabras a desconocidos, divertidos anzuelos a bacalaos muy curtidos, divertido tiempo ido. ¿Cómo cabras están los poetas españoles? Siempre. La mejor garantía de su éxito. Con dinero o sin él, jamás se aburren. El amor venal es sexo de garrafón. Punto final.