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LETRAS, CEROS Y UNOS

Celebre el día del libro con una macarrada literaria

martes 18 de abril de 2023, 18:52h

Ahora que estamos el mes del libro por excelencia, en vez de acercarme a unos grandes almacenes y comprarme un tochote con cubiertas brillantes con el que hacerme una foto y luego dejarlo cogiendo polvo en una estantería de casa, lo que he decidido hacer este año es homenajear a los libros repasando con ustedes las gamberradas literarias más deliciosas de la historia de la literatura. Soy así, me gusta el hardcore.

Con gamberradas literarias me refiero no al exabrupto sin base técnica ni artística porque sí, —en otra ocasión recuérdenme que les hable del peor libro que he leído en mi vida y como, por azares del destino por poco acabo presentándolo en la librería más prestigiosa de mi ciudad—, sino que hablo de marcianadas o lo que es lo mismo, artefactos literarios inútiles y sin embargo bellos. Pecios de las letras que pasan desapercibidos por las librerías o bibliotecas pero que, según mi punto de vista, merecerían tener un rincón dorado en las estanterías por ser consideradas auténticas proezas dentro del absurdo que es su existencia misma.

Me refiero a empresas literarias tales como la obra de George Perec “El secuestro” en la que comienzas a leer y ves que hay algo raro. Si no sabes de que va la cosa puedes tardar unas cuantas páginas en enterarte del trampantojo. Juguemos. Lea este párrafo hasta el final y a ver qué le parece. Sobre esto mismo escribió en su momento Perec, que con sus diferentes composiciones creó confusión. Compuso un texto complejo e insólito, no visto en otros tiempos ni sitios y muy poco creíble si no hubiésemos sido testigos del experimento; el mismo que en este momento le sucede leyendo este texto con nuestros propios ojos. Sorprende y supone torpe poder leer el invento sin percibir el motivo de su vehemente esfuerzo. Leerle es sentir como que el discurso escrito tuviese que ser menos retorcido. El propio hecho es que no pudimos percibir un motivo evidente ni emitir un veredicto que describiese el porqué de lo sucedido. Son misterios únicos de los excéntricos escritores que esconden en sí mismos el oscuro color de sus designios. Solo Perec, otros pocos elegidos y desde este momento usted lo conocen. Hemos percibido el experimento. Espero que, como inteligente lector de este periódico, lo entendiese.

Bueno, ya. Seguimos. Cela, gamberro en vida y también en obra escribió en 1988 su “Cristo versus Arizona” y a algún comprador ocasional de libros le dio más de una cefalea aguda intentar leer una obra tan extraña que consta de solo una enorme oración subordinada cientos de veces sobre sí misma de doscientas treinta y ocho páginas presentada en forma de monólogo narrativo. Es un texto legible pero no apto para todos los estómagos lectores. Su digestión fue pesada y tras terminarlo me sentí aliviado por ello y a la vez admirado por el uso del lenguaje del que al año siguiente de la publicación de este texto fue galardonado con el premio Nobel de Literatura. La novela constituye la oración más larga jamás escrita hasta el momento en lengua castellana. Parece fácil, pero besaría al diablo por haberla escrito. Una gamberrada deliciosa.

David Foster Wallace también fue un buen mangui literario. Son sublimes sus artículos “Hablemos de langostas”, que siempre pongo a modo de ejemplo en mis clases y talleres literarios mostrando una forma perfecta de darle la vuelta a un tema tan, a priori, insulso como puede ser ir a cubrir una feria de la langosta en Maine. Sus reportajes sobre tenis en el US Open en los cuales se detiene a hablar de los camellos que bajo las gradas se dedican a surtir al personal de todo tipo de sustancias estupefacientes y psicotrópicas, o cuando en un crucero por el Caribe decidió no bajarse a las excursiones y dedicarse a seguir las tuberías de los wáteres por todo el barco, o cuando hace que los premios Adult Video News de 1998 nos interesen todavía a día de hoy por lo bien que poco a poco va revelando los secretos del porno a los que accede en esa velada o cuando es capaz de escribir una macarrada suprema como es La broma infinita con sus notas al pie y a la vez notas al pie de las propias notas al pie en una narración extraña de narices que al final va de tenis o eso creo, o cuando deja a medias una novela como El Rey Pálido que va sobre la burocracia, el aburrimiento y la intrascendencia poniendo como coartada para ello lo de suicidarse y por lo tanto morir. Habrá que aceptar su excusa. Soy muy de Foster Wallace y se me nota, lo siento.

Otro buen vándalo de las letras fue Stanislaw Lem que con “Vacío Perfecto”, publicado en 1971, nos habla de inteligencia artificial, una novela contada en sentido negativo (no fue, no la vio, no le dijo que le quería...), nazis en Sudamérica, o una cosmogonía representada en un traslado de un preso desde la cárcel al patíbulo donde va a ser ahorcado. Este libro reseña otros libros que no existen con tanta pericia e inteligencia que apetece escribirlos y romper así el hechizo de la inexistencia. Aquí no solo besaría al diablo, sino que… en fin, ya saben, por haberla escrito. Una auténtica golosina para bibliófagos gourmet y terroristas literarios.

Qué decir de Asimov, uno de los autores más prolíficos del siglo pasado que ejerció el terrorismo literario de baja intensidad durante toda su carrera, causando extrañeza, miedo y sembrando la duda en lectores que, tras la segunda guerra mundial, buscaban como locos en las bibliotecas un ejemplar de la revista en la que el ruso, por aquel entonces pastelero a punto de examinarse de su doctorado, escribe un artículo científico revolucionario sobre un compuesto químico que no existe y que se disuelve antes de mezclarse con el agua pero solo si se sabe a ciencia cierta que se mezclará. También sus gatos robóticos descritos a principios de los años cuarenta alucinaron a más de un par de lectores, a la vez que inspiraba a una auténtica legión de futuros científicos, inventores y agitadores científicos en general. ¡Más como él, por favor!

Marinetti, otro rupturista, tras tener sufrir un accidente de automóvil en 1908 cae en un foso del que es rescatado aparentemente ileso a la vez que parece haber sufrido una revelación tal vez a causa del golpe recibido en la cabeza. Sintiéndose un hombre nuevo rechaza todo lo que propugnaba anteriormente y se vuelve un ser disruptivo que redacta su célebre, --o no tanto, dado lo difícil que es poder encontrarlo impreso hoy en día--, “Manifiesto futurista”. En él dice que es más bello el rugir de un automóvil que la mismísima Victoria de Samotracia a la vez que incita a destruir y quemar museos y bibliotecas, que hay que escupir a diario sobre el Altar del Arte o que “El calor de un pedazo de hierro o de madera es para nosotros mucho más apasionante que la sonrisa o las lágrimas de una mujer.” Diez años después escribió “El manifiesto fascista” tras ver que el futurismo comenzaba a ser una corriente decadente en tiempos en lo que estaba en boga era pertenecer a una de las nuevas vanguardias. Vamos a echarle la culpa al golpe en la cabeza como causa de su deriva final hacia el fascismo, cuyo manifiesto también escribió en 1919.

Cerca de mi tengo algún que otro paradigma de literato punk, por ejemplo, mi amigo y columnista aquí en EL IMPARCIAL Ernesto Colsa que me dio a conocer la colección “La última canana de Pancho Villa” en la que cada autor es su propio editor y donde hay auténticas joyas con mínimas tiradas. Colsa publicó de esta forma varios textos de enorme calidad y mínima distribución como el “Manifiesto y estatutos del Equipo de Acción Sonora” que el mismo elaboró y distribuyó en forma de plaquette con lenguaje jurídico y formato de legajo. Una curiosidad irrepetible en mi biblioteca.

Estimados lectores, si han llegado hasta aquí les invito a ser diferentes en este mes del libro. No vayan a lo evidente. Posteguillo, Julia Navarro o Risto no se morirán de hambre sin su compra. Busquen y rebusquen. Visiten sótanos, librerías de viejo, rastros y bibliotecas con olor a humedad donadas al Centro Reto de una localidad vecina. Tengan cuidado, eso sí, porque allí fue a parar ese libro, el peor que he leído en mi vida, pero también he encontrado en esas estanterías de formica obras de Borges, de Cortázar, de Pizarnik y de Rosalía. Mi “Ulises” salió de un mercadillo de libros al peso, mi “Quijote” fue regalado un día de eclipse. En el rastro Remar de Oviedo encontré gran parte de mi colección de clásicos Gredos a un euro cada uno. Confieso que he rescatado libros de la basura, pero con un gin-tonic rosa en la mano se lo voy a negar y hablaré de lo mucho que me ha impactado “Lejos de Luisana”, aunque en realidad mienta como buen macarra. Lo bueno no es caro. A veces hasta es gratis. Ahí están las bibliotecas como reducto del “paga por todo” y refugio del indigente, del investigador y del padre que espera a que salga su hija de la academia de música. Rebusquen en sitios raros, malolientes y diferentes. También en las estanterías esquineras de la biblioteca, en sus baldas bajas. Ahí están los auténticos tesoros, no en lo evidente.

Sean también en lo literario un poco marcianos y un poco más de quinquis, que, en esta, nuestra organización de libros extravagantes, raros y diferentes estamos faltos de militantes. Si así lo hacen tomen las armas que en este caso son los libros, apunten y lean; lean, lean, que es lo que les jode.

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