Veía yo a un grupo de salvajes, manada analfabeta, con unas camisetas tras la escritora secreta en cuyo frente podía leerse: "Aída Sandoval/ qué buena estás/seguro que follas fenomenal". La escritora secreta presenta texto inflamable, imposible parar de leer, un centón de páginas que corren entre los dedos e incendian los ojos pasmados: Animales hambrientas (Difácil). Fuerza la gramática en dicho marbete, donde una cuarentona desorientada exprime sus amores con yogurín extrarradial mientras, de un lado, el perro del ictus devora a su hermana y, del otro, muerde el mal de Alzheimer a su marido hasta el hueso.
Resulta imposible empezar un libro de Aída Sandoval (qué buena estás) y no acabarlo. La supervivencia animal salta cualquier dificultad: estamos vivos para el deseo y su peligro ("Una mujer triste siempre tiene el doble de peligro para sí misma que para los demás"). Emerge de la ciénaga verdosa y sofisticada Rebelión en la granja, pero no como sale el Tristram Shandy en los libros de Vila-Matas, Marías o Loriga, mero adorno, sino como auténtico diálogo y duelo al natural. El muchacho de la sudadera llamado Gabe conoce los mandamientos de los animales de Orwell y como premio: "¡Hoy toca follar a cuatro patas!". Ella, Tante, abandona el túnel profundo por medio de colores vivos, uñas y labios, mientras no hay más zombi en el pasillo que su hermana, a la que el lado izquierdo no funciona. Fornican Gabe y Tante como animales salvajes: " (.) sin compromiso, sin pudor, sin promesas que no son más que palabras vacías que adornan la historia". Los dedos tienen memoria plástica y no nada más que seguro que una erección. Los animales no duermen en las camas, los cincuentones sólo follan una vez al mes, y las relaciones mejor llevadas no tienen futuro.
Así los mejores mensajes de móvil tienen dos palabras: "Voy empalmado". Las mejores camas permiten no quedarse a dormir pero sí soñar despiertos. Una lengua dentro de otra boca despeja la espesura: "Me quito las bragas con ansia, sin ayuda, no tengo tiempo para preliminares o la nube negra me alcanzará y tendré que echarlo de mi lado. Le agarro las nalgas con fuerza para que me penetre, abierta de piernas sobre el colchón, con la camisa puesta y la vista centrada en sus ojos color mar. Pero los cierra, me niega la paz de las aguas cristalinas para disfrutar del placer de nadar dentro de mí. Mírame, le pido. Y lo hace, obediente en el sexo como no lo es en el trato diario". La novela adúltera (La Regenta, Madame Bovary) sigue teniendo sentido porque todos somos tenedor, cuchillo, cuchara y hambre atrasada.
La novela huele a medicamento, a gominola, a tristezas que son bofetadas, a ojos vidriados por la emoción, a enfermos que nos aferramos cercanos a la muerte: "La ausencia de emociones es otro tipo de muerte, más liviana, menos estudiada, considerada menos agresiva, aunque igual de destructiva. El momento en que descubrimos quienes somos de verdad es cuando admitimos a qué estamos dispuestos a renunciar para continuar". La inercia no frena el embate: "Aunque no tengo ni puta idea de qué muerto arrastras, quiero dormir contigo de todas formas". El cadáver frente al espejo siempre es uno, entre olor a hierba crecida y piel que no huele a hombre ni pupilas habladoras: "La decadencia es la pérdida total de la inconsciencia; porque la inconsciencia es el fundamento de la vida". La desolación de la rutina.
Él le llama "bebé" como en el reguetón y un condón usado sobre la mesita siempre es final de algo: "Me la pones dura pero intento que no se note para que no me acuses de insensible". La muda viene con el río caliente empapando sus bragas. El banquete avanza sin retroceso: "No tengo ni un centímetro de piel por la que no haya pasado su lengua". La generación Millennial no entiende de "peros" y ser joven es siempre entregar sexo a cambio de nada. No quiere la mujer percibirse como mayor y todos los silencios explotan preñados de ruido mientras el llamado "gusano paralítico" nos premia con una bella sonrisa torcida. La hermana enferma no llora "pero lleva anclados en sus ojos todos los inviernos del mundo". La derrota es victoria: "No te fíes de alguien vencido, puede reunir fuerzas del dolor y acabar contigo". La mujer madura se ve follatriz en los espejos limpios pero solo un faro salva al barco a la deriva: "Estoy mojada solo de pensar en él. Mi indócil cuerpo desobedece el mandato de olvidarle y mis pechos se hinchan sediciosamente de deseo; la piel tiene memoria y recuerda al placer"; "Sus aparentes frágiles brazos me colocan encima y le veo rendido, aferrado a mis nalgas como un bote salvavidas, moviéndome, adaptándome a sus ritmos, y yo voy lentamente acercándome al éxtasis donde nada me importa salvo mi propio placer".
La intriga entre los personajes crece como un vaho callejero. Algunas lágrimas mojan cabellos con paciencia de lluvia y aroma a salitre. Los cerdos de Orwell son al final quienes leen. Las verdades duran lo que tardan en ser mentira: "Ya no somos los animales de la granja de Orwell, Gabe. Ya no somos inocentes como ellos, ahora somos humanos que nos hemos perjudicado, nos hemos hecho daño adrede". Aida Sandoval ventila drogas legales, perfumes sucios, ojos rojos, rencores ásperos, pies fríos, muertos vivos, fraudes habituales. Que nadie te cure las heridas, princesa. Aida Sandoval: resaca, oro y mucho frío.