La nueva novela de Édouard Louis (Hallencourt, 1992) destaca por su brutal y conmovedora honestidad. Vuelve a ser autobiográfica y a centrarse en su extenuante periplo vital, en el proceso continuado de transformación que el autor francés, nacido como Eddy Bellegueule, tuvo que llevar a cabo sobre sí mismo para conseguir alejarse del seno familiar, de la miseria, la incultura, la exclusión social y la parálisis conformista que habían definido su infancia.
No quería ser como sus padres, no quería pasarse la vida ajustando gastos ni racionando comidas, ni perder las tardes viendo la tele, ni vivir de subsidios, ni crecer sin horizontes, ni estar condenado a constantes renuncias. Lo quería todo y lo quería rápido, estaba dispuesto a sacrificar lo que hiciera falta. Desde pequeño sufrió “la enfermedad del cambio”, un impulso irrefrenable de conquista de nuevos horizontes, una forma insaciable de superación personal que lo catapultó a los escalones más altos de la pirámide social. La necesidad de alejarse, de ser otro en otro lugar, de vengar todos “los complejos de sangre y de origen” y encontrar una persona nueva al mirarse en el espejo resultó un proceso agotador y doloroso.
El “cansancio extremo de la metamorfosis” parece que mereció la pena. Con solo veintiún años, el chico que logró escapar del pueblo para ampliar horizontes en Amiens, el que consiguió ser aceptado en la prestigiosa Escuela Normal Superior de París, el que había logrado cambiar su nombre, su acento, su risa, su aspecto, su forma de moverse y de existir, alcanzó el éxito editorial internacional con la publicación de su primera novela Para acabar con Eddy Bellegueule. Público y crítica reconocían el indudable valor literario de unas confesiones íntimas que no se refrenaban ante ningún tipo de censura, sino que exponían con pelos y señales la “violencia del mundo” y la brutal fuerza motora del rencor. Escribir “para vengarse del pasado”, hacer de la literatura un vehículo “para librarse de la pobreza de una vez por todas” dio resultados. Instalado en su lujoso ático de uno de los más elegantes barrios de la capital francesa, traducido a una treintena de idiomas, recibido con honores en medio mundo, premiado y reconocido como miembro destacado de la élite cultural, Louis siguió jalonando su carrera con éxitos como Historia de la violencia, Quién mato a mi padre o Lucha y metamorfosis de una mujer, todos ellos publicados por la editorial Salamandra.
Cuando uno se fija en el título, parece que Cambiar: método va a ser un libro de autoayuda, uno de esos en los que se dan las claves para conseguir la felicidad y alcanzar los objetivos deseados. Pero no. Es un striptease emocional extremo. Asombra la brutal franqueza, la aparente frialdad con la que Louis reconoce haberse aprovechado de tantas personas. Afloran sentimientos contrapuestos, una especie de cargo de conciencia por haber utilizado a amigos y amantes para lograr saltar de rama en rama hasta el éxito final. Por supuesto, también hay un sincero agradecimiento hacia todos los que le ayudaron, (“escribir mi historia es escribir la historia de las mujeres que me salvaron”), gente como Elena, su amiga en Amiens, o como el filósofo e historiador Didier Eribon, o como Ludovic, Philippe, Eric, algunos amantes-escalón.
En este ejercicio de autoconocimiento hay también algo de psicoanálisis. Se percibe que esa constante carrera tras la zanahoria del éxito ha dejado secuelas psicológicas. Hay un claro sentimiento de eterna insatisfacción, una ansiedad desmedida difícil de solucionar. Cuando Louis reconoce que “huir fue luchar por una felicidad que nunca he llegado a sentir”, que vive con la dualidad de “odié mi infancia y la echo de menos” y que, en el fondo, ahora, tras el éxito, le gustaría “volver a esa época en la que tenía sueños”, el lector comprende qué complicado es vivir dentro de algunas privilegiadas cabezas.