Me he presentado a un concurso literario y estoy ansioso por saber el resultado. Me imagino ya agraciado, con la corona de laurel y la flor natural con la que se premia a los poetas vencedores en la primavera. La misma que ansiaban aquellos vates muertos de hambre de Cela en “La Colmena”; la misma que ansío yo, que ya me veo sobre un pedestal en la playa mayor de mi ciudad de cuatro a ocho todas las tardes para que niños y mayores admiren la proeza de haberme alzado como vencedor entre los cientos de miles de relatos y poemas presentados al concurso.
Siempre que alguien me habla de un certamen literario pienso en Manuel Terrín Benavides. El hombre tiene más de noventa años ya y hace algún tiempo que no se sabe nada de él, aunque en realidad pienso que conocerlo por su nombre es solo para freaks de la literatura y coleccionistas de gente extraña, que también los hay. Supongo que el señor Terrín seguirá escribiendo y presentándose a concursos, pero lo más sorprendente de este hombre no es que tenga noventa y pico de años, sino que tiene el honor de es el ser considerado como el español que más premios ha ganado a nivel mundial con cerca de 1800 condecoraciones.
Piénsenlo. 1800 premios, todos ellos, parece ser, con remuneración económica, pero no solo es eso, sino que, además, se lleva el orgullo de haber sido elegido por encima de otras muchas composiciones presentadas, por haber destacado, por haber logrado algo tan diferente que haya llamado la atención de un jurado random o de mil ochocientos que a saber, quizás sean expertos en literatura como puede que sean el alcalde del pueblo y un par de amigos que sacó del bar o de sus quehaceres para que le ayuden con el rollo este de los cuentos o los poemas, a saber. A todos ellos Manuel Terrín deslumbró. Una y diez e incluso en cien veces es comprensible, pero mil ochocientas no alcanzan a ser comprendidas por mi razón. Tela.
Mil ochocientas ocasiones premiado. Las “eses” de la cifra son como miel que baña de éxito a quien la haya conseguido. Estos premios ocupan, día a día de seguido, cerca de seis años de los noventa y uno del bueno de Manuel que, me imagino, habrá vivido de subidón tras subidón.
Ser premiado da un chute, aunque sea pequeño y momentáneo, de adrenalina. Te sientes bien, joder, lo has conseguido. Además, el acto de que te llamen cuando estás, que se yo, sacando los platos del lavavajillas, comprando galletas de avena en el súper o cambiando una bombilla, por decir algo, es ya algo que genera buenas vibraciones per se. El bueno de Manuel, especialista en electrónica aeronáutica, al parecer, lleva una vida ordenada y no creo que sea un yonki de la adrenalina y de las emociones fuertes. Ganar vicia. Nuestros mecanismos neuronales siguen identificando, al igual que nos sucedía cuando éramos simios, que ganar es sobrevivir, es perpetuarnos, pasar a la siguiente generación. Ser inmortales, dicho de alguna manera.
Ganar mola, de forma que, selectivamente, nuestro cerebro prioriza ante todo las sensaciones de victoria y de fracaso no solo en zonas específicas cerebrales, sino en todo nuestro cerebro. De ahí, y de muchos otros subprocesos relacionados, que triunfar genere dopamina, es decir, la “gasolina” que nos hace sentir fuertes, sanos, motivados, con buen sentido del humor…
Sin embargo, Manuel Terrín no parece ser considerado como un gran poeta o cuentista. Sus referencias literarias en la red son más bien escasas y pasan desapercibidas en el maremágnum editorial actual. Leo sobre él en el diario “La Información” un artículo de 2010 en el que le consideran una leyenda de la “serie B” literaria. Al final del artículo aparece una fotografía suya, la de un hombre normal y corriente que ni sonríe entre decenas de copas y placas que a saber donde guardará este escritor albaceteño, ya que casi dos mil galardones tienen que abultar y mucho.
Manuel Terrín Benavides, no parece tampoco el nombre de un triunfador nato. Me viene a la cabeza el episodio de los Simpson, —siempre hay un momento de los Simpson para cada situación de la vida real —, en el que Homer se cambia el nombre por Max Power y, de repente, comienza a ganar amigos, reconocimiento y dinero. En el fondo es todo pose.
Tengo como máxima aquello de “en literatura no existen las mentiras” y les voy a ser sincero. Pensé esta columna cuando estaba esperando un resultado de un concurso, pero la escribo muy a posteriori, una vez que el teléfono no me interrumpió aquella tarde de viernes en la que esperaba ese chute cerebral mientras pasaba la aspiradora a las alfombras de la casa. Aun así pensé en Manuel Terrín; pensé en escribir un cuento para presentarme a otro concurso y tener constancia de que Terrín también se presentaba solo por vencerle. Solo por ser una especie de Buster Douglas, el boxeador desconocido que derrotó a Tyson en su prime. Un cuento en el que un don nadie vence a Terrín tras escribir que le vencerá en una columna literaria en un periódico en el que escribe, y además, en esa columna hará referencia a Buster Douglas, otro ganador extraño, raro, diferente. Un cuento con pinta de columna literaria o una columna literaria con forma de cuento sobre Manuel Terrín, o un artículo sobre política, sobre las próximas elecciones, quien triunfará y quien cascará, políticamente hablando, para luego buscarse las castañas en alguna segunda o tercera fila ministerial o sindical. ¡Ay si yo escribiera sobre política, la de cosas que podría contarles aquí y ahora…!, pero por ahora no lo haré. Me pasa un poco como al grupo de rock radical vasco Eskorbuto, que tengo ya demasiados enemigos y que, además, estoy en modo zen. Para la próxima.
No se ustedes, pero yo ya me veo con mi flor natural en el pedestal de todas las plazas mayores de todas las ciudades, porque en literatura no existen las mentiras, por lo que, si quiero, puedo estar en todos los pedestales y todas las ciudades a la vez. Al menos en mil ochocientos pedestales a la vez. Allí pueden ir a buscarme en cuanto triunfe como Manuel Terrín o como Buster Douglas. Y si pierdo pues seguiré escribiendo porque tengo el veneno de las letras dentro; así que, créanme que lo siento, yo creo que no se van a poder librar de seguir leyéndome por ahora.