Dar una fecha concreta y oficial del comienzo de la campaña electoral del 28-M resulta un sarcasmo. Se supone que hasta ahora estaban en precampaña, cuando todos los partidos políticos llevan meses inmersos en una eufórica e imparable actividad propagandística. Los líderes y los candidatos han celebrado mítines cada fin de semana, han alquilado y adornado con sus banderolas cientos de locales para propagar sus eslóganes. Se puede entender ese esfuerzo de los políticos por convencer a los electores, por conseguir los votos que necesitan para alcanzar sus objetivos. Porque todos se juegan mucho. Pero, ahora, tendrían que aclarar qué partidas presupuestarias han expoliado para sufragar esos gastos de desplazamientos, de alquileres, de dietas… Pues, al final, ese dinero sale de las subvenciones del Estado a los partidos; esto es, del dinero de todos los españoles.
Pedro Sánchez ha abusado más que nadie de ese dinero de todos los españoles. Se ha desplazado en el Falcon a las ciudades a las que acudió a pronunciar sus mítines, cuando el avión solo debería utilizarse en viajes oficiales del presidente. La campaña electoral solo se diferencia de la precampaña en el empapelado de paredes con el careto de los candidatos, en los millones de pancartas que cuelgan en farolas y postes y que, en lugar de alquilar locales privados, los grandes partidos invaden estadios deportivos y plazas de toros. Otro dineral que también convendría auditarse. Un dineral que, además, resulta difícil de evaluar si los candidatos salen beneficiados electoralmente por mostrar su falsa sonrisa desde todos los rincones de las ciudades.
Tampoco hay que olvidar que todos y cada uno de los Ministerios de este Gobierno de coalición llevan una eternidad anunciando sus supuestos éxitos mediante la llamada publicidad institucional. Se trata, más bien, de una campaña intensiva en los medios de comunicación a los que los partidos del Ejecutivo dedican un buen pellizco de sus presupuestos. El dinero de la caja común empleado para obtener más votos. Entre la llamada precampaña y la campaña oficial, buena parte de los políticos han dedicado más tiempo a la propaganda que a la gestión. Un eterno e insufrible bombardeo propagandístico de los partidos. Se trata, en fin, de la campaña electoral más larga y más cara de la historia de la democracia.