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TRIBUNA

La cosa y el voto

jueves 18 de mayo de 2023, 20:20h

Sobrevivir en el pantano social de nuestro tiempo empieza a requerir habilidades extraordinarias: un sentido de la orientación a prueba de conmociones telúricas, una firmeza de voluntad capaz de torcer el pulso al hado, una inteligencia de sutileza lógica y profundidad espiritual como la de un santo, pero calculador y refinado. En conclusión, que vamos a velocidad creciente al gran despeñadero de la historia.

El fenómeno global adquiere en España matices siniestros. La sociedad española se hunde entre brindis festivos y lúgubres llantos, los criminales de entonces son ahora candidatos legales, con la legitimidad dividida según la ocasión. En este piélago de sinsabores y mutuas masticaciones vamos hundiéndonos en la nada. España, para unos honor y para otros estigma, es un innegable signo en la historia del mundo cuyo significado parece, sin embargo, ambivalente. Un signo en la historia del mundo cuando el mundo puede darse hace tiempo por acabado. Mientras tanto, entre flecos del pasado y aventuras del porvenir, se van hilando nuestros días en una trama sin esquema, ni abecedario. Como el libro de un lunático, el presente prolonga la historia inverosímil de España.

Otra vez, como tantas antes, queda de España un elemento terco y consistente que apenas podemos llamar "pueblo", que no merece el espantajo de "ciudadanía" o el impostado "gente" que es del gusto de los revolucionarios de salón. Queda el personal disperso o el escéptico espectador del número que se le ofrece. Lejos del escenario de opereta de la política española trabaja una multitud desorganizada de personas reales, inconfundible con la plétora de señorías electas, unidas por sus intereses de parte y a menudo de partes remotas de esta pequeña patria resistente.

Esa multitud no organizada es el único apoyo de esta cosa hispánica tan dividida que puede juzgarse distribuida en una multitud de singularidades inarticuladas, lejos de la unidad inconsútil de un cuerpo integrado. Son la multitud de renegados - a los que se niega nombre y constitución - que resisten la demolición definitiva de una patria que, en su mínima expresión, identifican con el suelo que pisan y al aire que respiran. Es todo lo que necesitan para construir su comunidad. Resisten, simplemente, su propia negación porque tienen vida suficiente para querer seguir siendo y son, me parece, la última esperanza. La vieja metafísica encontraba en la substancia una tendencia a sostenerse, a seguir siendo, y es ésta la substancia mínima que conserva la cosa hispánica. Mínima pero bastante para impugnar la nueva metafísica posmoderna de la infinita plasticidad. Se empeña el presente en decirnos que no somos y podemos ser lo que nuestra voluntad decida. Nos empeñamos, en contra, por corregir esa falacia afirmando que somos españoles y podemos ser cualquier cosa que no contradiga lo que somos, que no destruya las condiciones históricas de nuestra humilde condición. Los profetas de la voluntad triunfante, esclavos de los poderes comerciales del mundo, quieren emanciparnos de nosotros mismos, y nosotros les señalamos unas cadenas que queremos bruñir y hacer deslumbrantes, que queremos llevar con orgullo porque son cadenas que nos definen antes de que nuestra voluntad se manifieste. Son las cadenas que nos hacen libres.

Es digno de ver cómo se convulsionan los liberados ante la libertad real de los que animamos la cosa hispánica. Su libertad negativa y mortecina no es comparable a la libertad positiva de los que hacemos algo por estar a la altura del signo que España dibujó en la historia del mundo. Ellos quieren estar a la altura del futuro, nadie les ha debido advertir de que es fácil estar a la altura del futuro porque el futuro no es y admite, por tanto, cualquier medida. Ante el futuro todo vale, pero el pasado nos da la medida de nuestra realidad. Estos zánganos del futuro sueñan un mañana estéril y grotesco al que contribuyen con sus fórmulas estrafalarias.

Nada es más ajeno a esta congregación que el problema del voto, que se nos avecina. Ahora bien, como es algo y no puede decirse que sea nada, tiene una mínima dogmática. Tan elemental que se limita a no votar a nada que contradiga o amenace eso - sea lo que sea - que llamamos España, aunque resulte tan poca cosa ser español que - como al parecer dijera Cánovas - es español el que no puede ser otra cosa. Si es de éstos, será bienvenido a la cosa hispánica.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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